Amor, amor I

Amor, amor… I

Levantarse temprano no es buena idea. El mundo diurno no parece ser para mí. Desde el despertar, todo este viernes me había salido mal. Ya para la tarde, las cosas iban componiéndose. Trabajo en mi estudio sobre un proyecto. Una casa habitación para una amiga. Tiene pareja. Viene a verla este fin de semana. Me gusta el arte de crear el espacio para ella y aún siendo cursi me da un poco de reserva aventurarme a crear un nido para las dos. Me decanto por la corriente individualista y funcionalista. Que le sirva a ella y que la otra chica se adapte a lo que se le ofrece. Sin embargo, saber que van a verse, me hace apresurarme para entregarle un boceto que vean las dos para hacer las correcciones necesarias según el gusto de ambas. Pensar en pareja es determinante para cuestiones de futuro. Ilusa de mí que pienso que con un fin de semana para verse tendrán tiempo de ver un plano cuando lo que quieren es amarse.
Dibujo líneas que algún día serán paredes. Quizá sobre ellas haya un beso furtivo a media luz. Quizá alguna lágrima caiga por ahí. Más que arquitecta me siento escenógrafa. Y dentro de mi soberbia hasta quisiera escribirles el guión. Pero eso no me toca. Esa es su vida y ahí no me debo meter.
Suena el teléfono. Que nos vamos a ver, pero no en el estudio sino en una librería. Compartiremos un café. Ya no hay tiempo para terminar el plano, sólo me llevo los bocetos de trabajo.
Mi coche necesita gasolina. Una chica se acerca a mi ventana. Bonita y dulce me ofrece un lubricante Akron o algo así. No, chiquita, (con una criatura como tú) no lo necesito. La dama ignora mi albur de tercer nivel mientras asumo que su agudeza sobre el lenguaje anda por el sótano. Además, ella anda ocupadísima queriendo incrementar las ventas, mientras yo busco con quien abandonar mi estatus de autosexual. Lo del paréntesis se queda en el silencio de mi sonrisa que teje fantasías.
El tráfico está terrible. Viernes. Seis de la tarde. Quincena. Ni modo. Pasar por esto vale la pena para ver a las amigas. No llega. Contrario al D.F., Gandhi no me trae buenos recuerdos en Monterrey. La espero mientras curioseo en los estantes, pienso en mis proyectos literarios no terminados, me entero de las novedades, escucho buena música y recuerdo una vez más el triste momento de una salida intempestiva y poco decorosa. Siempre hay un tiempo para hacer el ridículo. Quizá todos lo olvidan pero si te sientes humillada siempre lo recordarás. El viernes negro seguía siendo tal.
Llegó, apresurada. De siempre es leve y práctica. Ahora venía estresada. Válgame, pensé, este viernes nos ha cargado a todos. Nos sentamos a platicar mientras compartíamos un café. Me sentí en sitio seguro y casi le contaba mis tragedias, pero no era el momento. Además las lágrimas amenazaban con traicionarme.
Vimos el plano. No le gustó lo mismo que a mí. Necesito esforzarme más pues es su casa. Me gustó exponerle el plan maestro para ella y con virtud de compartirlo con la otra chica. Sonrió. Luego vino el asunto de la lana. Soñar no cuesta nada, lo que cuesta es construir los proyectos. La cruz no pesa, lo que cala son los filos, dice el Charro Avitia.
Escogimos un libro para una amiga suya. Tropezamos con una curiosidad que podría gustarle a su mujer. Lo compró. En su coche traía un ramo de tulipanes amarillos. Tal cual lo dije en las instrucciones de CK ONE. Tenía ilusión en la mirada y por contagiarme de esa emoción había valido la pena verle.
Nunca se ha destacado por ser tierna, tiene cierta dificultad para la expresión, sin embargo, sin empacho alguno y soportando mi carrilla escribió una dedicatoria sencilla y sensible para su mujer. Delicadamente femenina sugería su deseo y afirmaba su amor. Sus ojos brillaban, su cuerpo delataba su nerviosismo. Nos despedimos, pues iba al aeropuerto a recibirla y a mi me esperaba una última reunión con un amigo que partiría a estudiar al extranjero.
El tráfico de nuevo estaba imposible. En mi coche sin radio y sin seguros eléctricos pensaba en su emoción conduciendo hacia el aeropuerto. Llegué a mi casa. Suspiré por el amor de los que conducen y me dispuse a contarle mis penas a mi sutil confidente. No había sido un viernes sencillo y quería ser escuchada por alguien que me comprendiese.
Mi celular sonó. Era de nuevo mi amiga enamorada. Camino al aeropuerto, en su coche con estéreo, disfrutó un cd que le regalé con una selección de mis canciones favoritas. Así me gusta compartirme, a través de historias contadas que me hubiera gustado escribir, a través de amores que me gustaría vivir. A través de pasiones que me encantaría volver a sentir.
Me dio gusto acompañarla. Me dio gusto escucharla tan emocionada. Hablamos de nuestro cariño mutuo. Colgamos. Seguí contando mis penas, buscando soluciones e imaginándola esperanzada en su presente, dispuesta a darle a su mujer ese abrazo lleno de todo lo que puedes sentir cuando tienes la certeza de que todo lo que has deseado lo tienes en ese momento en tus brazos.

Lorena Sanmillán; Octubre de 2004

One Response to “Amor, amor I”

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