Amor, amor II

Amor, amor … II

Mi viernes negro continuaba, parecía que nunca iba a terminar. Todavía tenía pendiente asistir a una reunión. Aunque a Roz le apetezca paladear una pastilla tic-tac de menta al tiempo que se fuma un Viceroy, no es muy inteligente lavarse los dientes y acto seguido tomar café. Eso hice, y luego cuestiono a los que se suicidan. Todos tomamos nuestras decisiones y hacemos nuestras combinaciones de eventos.

Luego del café, había que lavarse los dientes de nuevo; pero me había maquillado. Eso quiere decir que me había pintado los labios. Dos acciones no muy inteligentes en un tiempo récord. Lucida estaba, pero la vida me iba a regalar un momento mágico.

No tengo cigarros. Chin. Lo menos que puedo hacer en una reunión en donde sólo conozco a una persona es llevar cigarros. Evitan platicar y sin embargo puedes aparentar estar atento a la conversación. Ni modo, en el camino pararé a comprar algunos.

¡El croquis! ¿El croquis? Na…sí sé llegar, ya he ido varias veces. Lavar los dientes de nuevo. ¡No! ¡No ensucies la mascada… la pasta es difícil de quitar! Ok. Me quito la mascada y la dejo sobre el restirador. Cuánta falta me haría después. Vámonos, le digo a mi esquizofrenia.

Me llevo la imagen de mi amiga, Lady Enamorada, en el aeropuerto. Qué rico. Ya deben estar juntas.

Se me pasan todos los Super 7 de camino a casa de mi cuate. Uy. Aquí en la esquina es la vuelta. Bien, buscaré la calle. Ahí hay un Oxxo, paro por los cigarros. Oiga, conoce la calle…¡cómo se llamaba la calle? La memoria me juega una mala pasada. Una triste lógica me lleva a recorrer las calles: viendo los nombres me acordaré.

Varios minutos, vueltas y kilómetros después yo seguía sin encontrar la dichosa calle. Buscaba la “Sultana” pero no la encontraba. No sé cómo demonios se les ocurrió apagar el letrero justo cuando yo lo necesitaba encendido. Encontré la nevería pero la calle no me decía nada.

Sí. Podía llamar a la casa del sujeto en cuestión pero mi orgullo me lo impedía. Esa iba a ser la última opción. Un repartidor de pizza detuvo su moto delante de mi coche. Me acerqué a él y como por arte de magia el sublime esfuerzo de mi memoria fotográfica hizo su aparición. Recordé el nombre de la calle al evocar una carta escrita por él. Seguí las indicaciones del motociclista y llegué justo a tiempo para coger el mejor sitio para estacionarme: frente a su casa y sin estorbar a nadie.

Se veía feliz, a pesar de que la tarde anterior había intentado hablarle de su sentir a una enigmática mujer que no soltaba prenda sobre su correspondencia de sentimientos. Buena pareja, ella misteriosa, cautelosa y discreta y él tímido, cauteloso y sensible.

Me senté en una mesa donde no coincidía casi con nadie. Sentí el peso de la edad y la falta de empatía. La noche estaba preciosa, acompañaba a mi cuate y eso era lo principal. De pronto, la chica enigma hizo su aparición. Él –anfitrión- iba y venía intentando convivir con todos. Yo hacía mi lío en la cabeza, suponiendo que feliz nos cambiaría por quedarse a solas con ella.

Eso no sucedió. Llegaron más amigos y amigas. Me dio gusto saberlo tan querido. Sentí nostalgia y comencé a extrañarlo. En vez de eso decidí disfrutarlo el tiempo que restaba de esa noche. Eso implicaba involucrarme en las pláticas de los demás. No, el sentido del humor ácido no parece pegar. Chin. Y yo que no sé ser de otra manera. Entonces escucharé, practicaré la tolerancia que dice Grace que tanta falta me hace.

Mi primera lección de tolerancia debió haber sido algo de kinder, algo light, pero no, la vida decidió que si iba a hacer la prueba, que empezara por el doctorado. Junto a mí se sentó una chica que lo único que tenía en la cabeza era su cabello planchado. Hablaba de casarse y yo la veía incrédula pensando en quién podría pensar en casarse con ella. Mi flojera ha traído consigo algo de sobrepeso, por eso, evito ponerme algunas blusas que le darán a mi figura calidad de embutido. Mejor algo flojito, total, para esas nenas no aplico. Pero a la chica en cuestión nadie le avisó que se puso la blusa de su hermana menor y que sus pechos casi salían del mini sostén que usaba. Eso hubiera sido muy bueno, excepto porque sus pechos mostraban estrías.

Su léxico reducido era insultante. Impactaba por el arte de hablar sin parar y no decir nada. Yo pensé que eso sólo se veía en Big Brother, pero no, la tenía en cuerpo real junto a mi sentada. Tomé el tiempo, en 3 minutos, dijo 35 veces wey. Lo único sensato que dijo fue que no quería tener hijos. La chica enigma en algún momento abandonó la mesa y la reunión.

Lady Hueca hablaba con desparpajo de una bolsa Louis Vuiton que se compró en USA al mismo tiempo que se terminaba mis cigarros. Podría haberle callado la boca diciéndole que yo me compré una en París, en la tienda original sobre los Campos Eliseos, pero no le vi el caso de entrar en una discusión tan estéril. Sólo la escuchaba, deseando tener mi mascada para colocársela en su cuello. Como dijo aquel que dijo: “Señor, ilumínala o elimínala”. Pero eso no pasaba. De pronto sonó mi ladricel. Mi celular contrastaba con las miniaturas tecnológicas de las presentes pero no me importó. Vi en el identificador un número conocido, me puse mis anteojos para verificarlo: era el dueño de la casa con una llamada que le agradeceré toda mi vida. “Puedo percibir lo incómoda que estás, vente para la sala”.

Ya en la sala, le agradecí el detalle con un abrazo silencioso donde le refrendaba mi afecto. Me quedé un rato más. Luego me despedí. Tenía planeado ir al aeropuerto aunque no era seguro, así que había que tomar la despedida como la verdadera.

Me acompañó a mi coche. Entonces habló: Me costó mucho despedirme de Lady Enigma. ¿No va a ir al aeropuerto? No y mañana no nos vamos a ver. Lo lamento. Sí, pues ni hablar. Te quiero. Yo también.

Regresé a casa con las dos partes de una historia. Con mi viernes negro medio diluido por el sábado que iniciaba. Él estaba triste por su despedida, Lady Enamorada seguramente estaba en esos momentos haciendo el amor con su mujer, yo estaba sola con todo lo que soy. Antes de dormir, leí un poco del libro de “La Cultura: todo lo que hay que saber” pues me perseguía la amenaza y el pánico de ser tan hueca como aquella otra mujer.

Lorena Sanmillán; Octubre de 2004
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