La venganza de los pilates

Obviamente, para Indira

Indira. Vaya nombrecito. Sólo he conocido tres y ellas son un muestrario de lo que un nombre puede ser. Indira, mi prima, que por sí sola se merece un comentario y un relato aparte; Claudia Indira, la morena hermosa de vida simple y desenfadada que insistía en que yo le gustaba para cuñada, ella me gustaba para otra cosa pero esos no son asuntos que se discuten cuando estás en secundaria. Y por último, Indira Gandhi, líder hindú asesinada por uno de sus escoltas. Aún recuerdo la noticia de su muerte cuando estaba en la primaria. Aún me pregunto qué pasó con la lealtad.

Deberías salir con tu prima Indira, dijo mi madre. El deberías por sí mismo ya es una obligación; la palabra, si viene de los labios de mi madre, se transforma en una obligación doble. Hay que hacerlo. Ojalá mi madre interviniera en mis citas con mujeres cuando me falta decisión. Si ella me dijera Deberías salir con … de inmediato yo sabría que la mujer en cuestión es la pareja que he buscado toda mi vida.
Cuando mi prima Indira tenía un año de nacida le hice lo peor que pudiera hacerle alguien jamás: nací. El caso es que ella y yo nacimos antípodas y nos convertimos en antipáticas mutuas. Me corresponde ser la hija menor del hijo mayor de mi abuelo mientras que ella es la hija mayor del menor de mis tíos paternos. Consciente o inconscientemente, mi abuelo estableció una rivalidad entre hermanos que nos salpicó y nos llenó de enemistad. La muñeca era para Indira, mientras que los carritos, los soldaditos, los luchadores y un sinfín de regalos eran para mí. El eterno debate del singular contra el plural, la dicotomía de cantidad y calidad. Y encima de todo esto, la nula posibilidad de jugar juntas porque Indira era muy particular.
Practicaba la cero tolerancia y el inexistente sentido del humor. Aún no entiendo por qué yo sí podía aceptar que mis luchadores se sentaran a jugar a las aburridas comiditas que ella convocaba mientras que ella no podía aceptar que yo tomase sus muñecas y las pusiera a jugar luchitas. Nunca ha sabido valorar mi creatividad: que yo tomase las cabezas de sus muñecas como pelotas de béisbol tampoco le hacía gracia alguna.
Crecimos inmersas en una competencia familiar que poco a poco nos envolvió y engendró aversión mutua. Supongo que lo más sencillo hubiera sido ignorarnos pero decidimos seguir el juego. Además, la presión familiar es más fuerte que una prensa de carpintero.
Indira estudiaba en colegio, yo iba a escuela pública. Ella iba a la Dirección de las escuelas a recibir premios, yo sólo acudía a recibir reprimendas. Indira estudiaría en una universidad privada, pagándole sus papás, yo obtuve una beca para universidad pública; Indira era la noticia, yo era la simple contraportada. A mí no me importaba, yo seguía mi vida –entonces y ahora- a mis anchas. Mi abuelo murió. La familia se desgranó. Parecía que la competencia había terminado.
¿De quién es esa invitación? Pregunté mientras veía encima del comedor de casa de mis papás el sobre que contenía la participación de una boda. Tu prima Indira se casa, respondió mi madre. Me asombré de que algún hombre soñase en casarse con ella. Ni hablar, para gustos hay sabores y si la Serrano se casó alguna vez, no veo porqué mi prima no pudiera realizar tal menester. Evité hacer algún otro comentario, bien sabía que las comparaciones comenzarían, inclementes, de nueva cuenta.
Así fue. Que el muchacho era la octava maravilla de la vida moderna. Que tenía dinero y además le gustaba trabajar. Que la respetaba y que la iba a dejar que terminara de estudiar. Fascinante, dije yo, fascinante. No manden los reflectores para mi lugar. Recién dejada –literalmente en la calle de la amargura- por mi último romance femenino. Siendo que nunca figuraron los masculinos, no sé porqué sigo especificando el género.
Tragedia de tragedias, la entrega de una maqueta frustró mis planes de asistir a la boda. Me perdí el evento del siglo. Lo cortés no quita lo cabrona y además seré todo lo que soy pero además soy hija obediente y atiendo las solicitudes de mi madre y por eso le llamé para felicitarle por su enlace. Supongo que notó lo forzado de mi tono y de inmediato contraatacó. ¿Y tú para cuándo…? dijo la consabida pregunta, pero la complementó con un sablazo espectacular, ¿Y tú para cuándo… piensas madurar? Qué linda, prima, sigues igual, nunca cambies, fue lo que acerté a decirle cuando pude volver a hablar. Tal comentario irónico se instaló en lo más profundo de mi corazón, en búsqueda de venganza, en búsqueda de revancha, desde entonces hasta hoy.
Deberías salir con tu prima…ya no es necesario que mi madre mencione el nombre, ya sé a quién se refiere…pobrecita, se acaba de divorciar. ¿A poco? Pregunto como si me importara. Mi madre encantada de contarme el asunto entero. No me hace feliz su divorcio, pero tampoco puedo decir que lo lamento. El fulano maravilla resultó ser un haragán, que sí que le gustaba el dinero, sobre todo el ajeno. Supongo que el fracaso de su matrimonio debió ser un duro golpe a su vanidad.
Así que le llamo. Dentro de una fría cordialidad establecemos una cita más a fuerza que por ganas. No se ha dejado vencer por la adversidad, se ha separado y tiene su propio negocio donde distribuye no sé qué cosas de belleza, un asunto por demás ajeno a la carrera que estudió, pero el caso es que le va muy bien. Además, me dijo, está haciendo pilates y ha recobrado (¿es que tuvo?) su belleza (¡ah, pero insiste!) de mujer. Camino a su oficina, mientras manejo, pienso en que este puede ser un buen momento para conocernos y disfrutarnos como primas que somos. Se supone que ya hemos crecido y que podemos dejar las rivalidades infantiles en el recuerdo y posteriormente, en el olvido.
Pero todo es vernos y atacarnos. La aversión fluye tan natural como en otras personas ocurre el amor. ¿Así que tenías libre cualquier tarde? No has de tener mucho trabajo. Así de cordial me recibió en su oficina. No es tu asunto, le contesté en silencio, mientras sólo sonreía, esperando que terminara su conferencia telefónica. ¿Terminaste tu carrera? ¿Qué estudiaste? Soy arquitecta (y no lo dejé a medias por casarme). Es que, ¿sabes?, NO, NO SABES, tengo muchos clientes. Insistía en molestarme, continuaba su plática. La úlcera iba reapareciendo en mi estómago.
¿Éste es tu coche? Dijo mirando con displicencia mi pointer. Sí, dije orgullosa de mi adquisición. Mi Xtrail está en mantenimiento, usemos tu carrito. Mi carrito…mi carrito, si no ando en Waltmart para usar carrito. Le abro la puerta y le bajo el vidrio, sonrío diciéndole que esa es la forma de prender el clima. ¿No tiene clima? No. ¿Tampoco tiene radio? No, es un coche sin distracciones, para disfrutar a la gente que llevas contigo platicando con ellos. Seguro no subes mucha gente. No contesto. Presiento que este es un café que no disfrutaré.
Así fue. Ninguna de mis opciones para tomar café la convenció. Ajena al mundo bohemio intelectual, y por lo tanto de presupuesto limitado, su elección fue el Chili’s. Ni hablar. ¿Te importaría apagar tu celular? ¿Nadie te busca, no eres necesaria, puedes estar media hora sin usar el tuyo? Sí, aún soy dueña de mi tiempo y esta tarde es para ti (no porque lo merezcas, sino porque ya he venido hasta aquí). Pues no, no lo puedo apagar; va a hablar un proveedor, un cliente para aprobar un presupuesto, ya sabes, NO NO SABES lo que es esto.
Mis intenciones de establecer una plática humana y cordial se diluyen con sus estocadas. ¿Cuántos años me llevas? Tú me llevas un año a mí (¿Qué no te acuerdas?) Ah, es que te vi y me pareciste más mayor, sólo de aspecto, porque sigues llevando tu mismo estilo de vida. Ya sabes a qué me refiero.¿Qué me dijiste que estudiaste? Ah, sí, arquitectura. Seguro ya tienes tu buffete. No. Ves, sigues igual. Decía al momento que tomaba otra llamada. Eres mujer de muchos talentos…casi le agradezco el comentario, cuando agrega…todos desperdiciados. Puf.
Hacemos corte por toda la familia. Evitando hablar de nosotros. Elude hablar de su divorcio. Intuyo que el asunto le ha calado hasta sus más profundos interiores. Para todos y para todo lo demás tiene opinión y solución. Al mencionar mi viaje a Europa, igual que todos los envidiosos pregunta ¿Y ya conoces México? Yo, primero mi país y luego el resto del mundo. Tercermundista resentida, digo para mis adentros, eso es como comparar a los Rayados con el Realmadrid. Nada que ver.
Terminamos el café que me sabe amarguísimo. ¡Ay, madre, cómo te quiero! De regreso a su oficina, insiste en el bombardeo. Que si no sé manejar, que cómo es posible que no entre a Gonzalitos, que si es bien fácil meter la reversa, que no debe tener licencia quien no sabe manejar, que no deben venderle un coche a cualquiera. Todo suena sensato excepto porque es demasiado personal. Mi tolerancia me sorprende, quizá porque la veo vulnerable; soy méndiga pero una cosa es eso y otra ser miserable.
No, mi coche tampoco tiene espejo de vanidad, le contesto mientras busca tal accesorio queriéndose maquillar. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. He dado al clavo a su lado flaco. ¡Ja!
Se baja de mi coche –sin clima, sin radio y sin espejo de vanidad- nos despedimos de mano, sin beso ni abrazo fingidos ni fuera de lugar. Busco la última frase para coronar la tarde. Ahora el silencio será de su parte, ya lo tuve de mi lado gran parte de la obligada velada, aguanté vara como dice la raza, ahora toca la de al revés. “Por eso te dejaron”, la frase me pica en la lengua, pero es demasiado cruel dado el momento que atraviesa.
La inspiración llega viéndola maquillarse a prisa, pongo cara de interrogación mientras le pregunto como si me interesase: Oye, Indira, ¿dejaste los pilates? Su rostro se le cae a pedazos mientras se queda con la interrogante. No le doy tiempo de nada. Huyo porque quiero carcajearme. Me subo al coche y me alejo, triunfante. La venganza, en frío, qué rico sabe.
Lorena Sanmillán; Noviembre de 2004
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One Response to “La venganza de los pilates”

  1. Janover Says:

    Valor te sobra.
    Mi única manera de responder a este tipo de personas, es no responder. Me consuelo pensando que no es cierto que quien hiere primero hiere dos veces: cuando damos la vuelta y pasa el tiempo, a unos les toca volverse excelentes contrincantes en el juego de hacer menos al de enfrente. A mi me tocó enseñarme a no dar importancia a lo que no lo es. Escoce mucho, ver al otro encumbrado y uno con tantos peros. Pero como decía la frase del bital…es mas bueno ser grande.
    Por eso mi héroe favorito es Diógenes.

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