Martini

Martini

Si supiera su nombre

le pondría que está dedicado a ella.

Nos saludamos en el vestíbulo del barco. A pesar de que las dos íbamos hacia la cubierta, decidimos subir cada quien por una escalera distinta, para volver a coincidir en la puerta que delimitaba exterior con interior, paisaje natural con paisaje artificial, muchedumbre con soledad, seguridad con incertidumbre. Le cedí el paso y además le abrí la puerta. Sonrió, agradeciéndome el detalle. Llevaba una mascada preciosa atada a su cuello por demás hermoso, gafas oscuras y un rostro bellísimo. Ansié la mascada, sobre todo porque yo no había podido comprarla. Ignoraba aún mis dotes innatas para el regateo y me había quedado con las ganas. Me gustaba mucho la prenda y me gustaba aún más la percha.

Subí a la cubierta egoísta, para buscar en mi soledad un momento para mí, lejana de mis compañeras de viaje y en comunión con el Nilo que se desplegaba majestuoso delante de mis ojos. Se sentó cerca de mí y aunque la cubierta no tenía dueño, sentí un poco invadido mi espacio personal así que me moví un poco alejándome de ella. La cámara fotográfica en la mano fue mi pretexto, aunque no tenía porqué darle ninguna clase de explicaciones acerca de mi repentino cambio de ubicación. Sonrió. Sonrió como dándome permiso. Me sentí extraña y observada. Congelé el Nilo en un dispositivo digital del que aún no comprendo su funcionamiento pero estoy maravillada por las imágenes que me permite recrear para siempre en la pantalla de mi computadora y compartirlas con mis amigos ya sea impresas o por correo electrónico.

Me quedé pensativa e hipnotizada viendo el río ancestral, lleno de agua, palmeras, falukas e historia, cuando de pronto interrumpió mi silencio con su cercanía y su frase. Que sí que hay que tener miedo de lo que dice tu boca, puesto que si que es verdad que tienes cada ocurrencia. Reí ante su comentario, volteando a verla, recordando que durante las visitas de toda esa mañana me había portado especialmente simple, desesperando hasta al guía con mis comentarios irónicos sobre asuntos trascendentes al mismo tiempo que mis compañeros del viaje se partían de la risa compartiendo el momento hilarante. Aihmed, el guía, estrenó la frase que sería icónica para referirse a mí: Que vaaamos aaa haaacer contigo.

Su intromisión a mi intimidad me molestó, ¿es que no sabe que si estoy aquí, sola, es precisamente porque quiero estar sola?, pero al mismo tiempo me alegró la posibilidad de entablar conversación con ella. Alburéala, Lorena, me dijo el polo vengativo que existe en mi, alburéala, que bien que ha interrumpido tu momento de introspección.

No sólo debes tener cuidado con lo que dice mi boca, sino también con lo que sabe hacer. Abrió los ojos enormes, encantada del albur, rió, levantó las cejas en un movimiento a la vez elegante y seductor, al mismo tiempo que se le subió el color al rostro. Inauguramos una burbuja de complicidad navegando por Egipto. ¿Inauguramos? Más bien debería decir que la continuamos.

La noche anterior en el bar, yo pasaba por su mesa y me detuvo pidiéndome que le tomara una foto con sus amigos. Accedí entendiendo que es la dinámica de comportamiento en los grupos de turistas. Hoy tomo fotos para ti y tú mañana tomas fotos para mí. Se comparten puntos de vista literal y metafóricamente de tal manera que al término del viaje, no sólo tenemos nuestros momentos captados en nuestra cámara y memoria, sino que además nos quedan los que los demás nos han dado. Es tan simbólico el momento en que te ponen la cámara en la mano y te conviertes en protagonista de su recuerdo. Viene además la responsabilidad de tomar bien la foto, pues podrían recordarte siempre como la persona que no supo usar bien la cámara y arruinó la fotografía. En fin. Al entregarle su cámara me preguntó si la acompañaba a la barra a pedir una bebida. No me gusta el asunto multitudinario, pero su sonrisa era tan espontánea que no tuve más remedio que volver a decir que sí.

Mientras preparaban su bebida, lanzó un comentario estilo curricán. Parece que en el grupo sólo hay parejas de recién casados y lesbianas, ¿ya te fijaste que todas las demás somos pares de mujeres? dijo como si cualquier cosa aunque mi paranoia percibió cierto retintín. Reí con pose de monalisa, mientras quería decirle ¿dónde! ¿dónde para ligarlas!. Ofreció invitarme una bebida. Yo, que ya había leído la carta de bebidas y me había enterado de los precios, altísimos por ser un país donde las bebidas alcohólicas no son costumbre, decidí que no era el momento de ser aprovechada y de que bien podía pedir algo que no viniera en la carta y así salvaba el momento, ella quedaba bien ofreciendo y yo aceptando. Aunque me sonaba raro el papel de invitada me escuché decir Te acepto un martini.

El barman ofreció disculpas por no tener Martini. Mi estrategia funcionó. ¿Algo más que se te apetezca?, preguntó en el mejor tono seductor que encontró. Tú, dije para mis adentros pero me lo callé y armé una frase artificial aunque de algún modo verdadera. Soy de gustos definidos, si no hay lo que quiero, prefiero no tomar nada. Sopesó el albur de mi frase, sosteniendo la mirada. Nos estábamos descarando de una manera inconfundible. Lenta quizá, pero inconfundible.

Y ahora ahí estaba a un lado mío, observando el atardecer navegando, cayendo el sol sobre su piel morena. Me gustaba su cabello ondeando al viento. ¿De qué historia vendría ella? ¿cuántas anécdotas le habían dado vida a su sonrisa? ¿cuáles vivencias habrían hecho rodar lágrimas por sus mejillas? Qué más me da, dije para mi. Qué me interesa. Sólo quiero que me deje sola con este atardecer. Pero no se iba y platicaba cosas que yo no escuchaba. Entonces pensé que estaba siendo injusta puesto que ella me escuchaba a mi sin opción, aunque con derecho de silenciarme, durante las visitas que inevitablemente teníamos que hacer juntas.

Así que puse la cámara a un lado y me senté junto a ella a ver el atardecer mientras dejé fluir mi vena sensible y le conté lo emocionada que estaba viendo ese paisaje desde ese sitio. Me escuchaba y sonreía. Se dejaba observar y también fluía. Era la hora del té y la cubierta se estaba poblando de los demás turistas. ¿Vas a tomar té o seguirás buscando Martini?, preguntó con sorna. Sé lo que deseo tomar y por cierto no lo ofrecen en este barco, respondí a mi vez, a ser posible, con más sorna que ella.

Durante el resto de la travesía, coincidíamos de cuando en cuando en el desayuno y nos dábamos, cordiales, los buenos días, o bien, en la comida y bromeábamos con los postres. ¡Qué rico bizcocho! ¿Se te antoja? ¿Se puede probar? ¿Me dejas probar? Por supuesto, también la veía durante las visitas, donde intercambiábamos cámaras fotográficas y comentarios chuscos. Mi fama de negociante con los mercaderes egipcios se extendió por el barco y me pidió que la acompañara de compras porque quería unas blusas y no se las bajaban de precio. Yo te bajo lo que quieras, le respondí tomándola de la mano.

Las palabras estaban acercándonos. Los albures se convirtieron en una espada de tres picos, que hacía las veces de sombrero para cubrir las veladas intenciones. Sonreíamos en los pasillos. Levantábamos las cejas. ¿Ya conseguiste Martini?, me preguntaba burlona cada que podía. En el bar no hay martini, ¿qué me ofreces tú? No me gusta quedarme con las ganas de lo que deseo.

Sorpresivamente, nos encontramos una tarde en el mercado. Me sumé a su excursión solitaria y la acompañé de compras. Quería unas blusas. No tengo la menor idea de cómo hablar árabe, pero yo hacía la negociación mientras ella se dedicaba a escoger la ropa que quería. Hablando con el egipcio, me dijo que era más conveniente que se comprara una talla más grande, porque según él le iban a quedar muy justas por la cuestión de los pechos, e hizo un ademán tan gracioso y simpático para que no me quedara duda de lo que estaba diciéndome. Aproveché la ignorancia y la distracción de mi acompañante para hacer la traducción a mi manera: dice el señor que te debo tocar en los pechos para ver cómo te quedan. Se le subió el color al rostro una vez más y dijo que prefería no comprar ahí. Reí a carcajadas y no sé si el dueño de la tienda también entendía un poco el español, pero de cualquier modo nos acompañó con nuestras risas. Finalmente, los gestos son universales.

Seguimos en el inmenso y colorido mercado; mientras se probaba una blusa, con un bordado a la altura de los pechos, le toqué uno de sus pezones a través de la tela para darle a entender que le quedaba bien. Qué bonita blusa, le dije, mientras le acariciaba el pezón sin recato y la seducía con una mirada de intenciones inequívocas. Junté mis labios y lancé un beso al aire en línea recta imaginaria hacia su boca. Más claro ni el agua de Nubia. Nos separamos después de sus compras.

Oye, ¿tú sabes para qué es esa especie azul? Me dijo de nuevo cuando volvimos a encontrarnos un poco más tarde. A mí también me había llamado la atención pero no me había atrevido a preguntar para qué era. Su duda me llenó de valor. No lo sé, le dije, pero ahora mismo lo investigo. Así que me planté frente a un puesto de especies, preguntando todas las dudas que ella tenía. Servida, señorita, a sus órdenes para resolverle todas sus dudas. ¿Le puedo servir en alguna otra cosa? Por respuesta, jugueteó con su lengua en el borde de sus labios, agregando, ¿cómo se lo puedo agradecer? Consígame un martini, le dije, y me di la vuelta y me fui caminando en dirección opuesta. Ahora sabía para qué servían las especies, pero no era algo que me importara. Ahora sabía que había un coqueteo recíproco… y eso sí me importaba.

Nos encontramos más tarde en la fiesta de disfraces. El espectáculo de la danza del vientre robó mi total atención y mi casi inexistente prudencia. Me quedé absorta observando a la bailarina, hasta que sentí unos ojos sobre mí. Me sentí descubierta en mi travesura, vi expuesta mi lujuria y sólo acerté a sonreír comprometidamente cuando topé con su mirada. Levantó la copa y brindó al aire. Nos tomamos una foto de grupo y no sé cómo fue que quedó a un lado mío. ¿Me cuidas mi copa para acomodarme la shilaba? Te cuido las dos copas, si te hace falta, que tengo dos manos y no sé dónde colocarlas.

Partimos hacia el Cairo y ahí tomé conciencia de que eran los últimos días que convivíamos y de que aún no sabía su nombre. Cada que me refería a ella le cambiaba el apodo, le llamé Esfinge, Hatchepsut, Nefertari, Nefertiti, Iris, Isis, siempre volteaba, sabía que me refería a ella. Era como nuestro código para comunicarnos. Tramamos una dinámica doble: con el grupo muy propias y cuando nos topábamos a solas nos afloraba la seducción y el coqueteo.

La perdí de vista en las pirámides de Giza. De pronto, al entrar en Micerinos, me tomó del brazo y me pidió que tomara unas fotos en el interior. ¿No te vas a meter? ¿Quieres que me meta? Basta que te metas tú. Gracias a esos comentarios con la mirada entornada sentí electricidad fluir a través de la cámara que me extendía. Un silencio, una mirada y ¿deseo?. Salí de la pirámide con su cámara fotográfica en la mano y exigiéndole una pluma y un papel para anotarle mi dirección. ¿Vives en Madrid? Sí. ¡Yo también! ¿Por cuál rumbo? Cerca de la Plaza de Lavapiés. No me digas, yo vivo cerca de Atocha. Te llamo y quedamos para algo. Un martini, si te apetece. ¿Vale? Sale y vale. Tantos países, tantas ciudades, tantas colonias y resulta que vive cerca de mi casa.

Nos despedimos con un par de besos después de las pirámides. Te llamo y quedamos para algo, recuérdalo. Sí. Perfecto. Le dije mientras cruzaba la calle para seguir mi camino sobre El Cairo. Y aún no sé su nombre. ¡Adiós, Martini! Le dije desde el extremo de la calle. Volteó, sonrió, de sobra sabía que me refería a ella.

Nos pusimos en contacto ayer. Reconocí su voz de inmediato. Las palabras fueron grandes aliadas para jugar con los significados y con las intenciones. Ya en mi casa, me tomaba un martini mientras platicaba con ella. Reíamos. Es tan fácil escudarse detrás de una bebida. El martini me suelta la lengua. ¿y qué hace tu lengua si se suelta?; Descúbrelo. Suena interesante. Te conviene. ¿Cómo sabes que me conviene? Lo sé porque sé que te gusta lo bueno. ¡Ah! Dijiste que eras arquitecta, no psicóloga. Puedo ser y hacer lo que necesites. Eres presuntuosa. Soy, simplemente soy. ¿Qué vaaaaaaaaaaamos aaaaaaa haaaaaaaacer contigo? Me dijo, imitando al guía. ¿Qué quieres hacer conmigo? Yo a todo me amoldo. Entre cada par de frases desdibujábamos la línea entre el atreverse y quedarse en el límite. Las bordeábamos, coqueteamos con la posibilidad de una verdad en medio de tantas frases sueltas.

Entre broma y broma, la verdad se asoma. ¿Qué tanto haces? Nada especial, pero tengo ocupadas las manos. Déjate ahí. No puedo hacer lo que piensas, tengo muy largas las uñas. Cuéntame cómo fue tu primer orgasmo. ¿Eh? ¿De dónde salió esa pregunta? ¿Con quién? ¿En dónde? ¿Cómo? ¿Cuántas veces? ¿Te gustó? ¿Cuándo?¿No me vas a decir cómo se llamaba? Las damas no tenemos memoria. Mencionar los nombres, por mi parte, hubiera puesto en la mesa la carta que deseaba esconder por lo menos hasta que ella se atreviera a destapar la suya. Continuamos las preguntas íntimas y si bien no evidenciábamos la orientación sexual con adjetivos en femenino al mismo tiempo la dejábamos entrever al usar los indefinidos.

El martini se te ha subido. Pues sí, mejor se sube el martini antes que subirte tú. ¿Subirme a dónde? ¿A dónde te quieres subir? Te podría llevar hasta el cielo si me dejaras reinventarme con algunas caricias sobre tu cuerpo moreno. Calla, que no es eso lo que quiero, se te sube el martini y te pones de incoherente. No se me ha subido nada. ¿Te da miedo sentir que eres deseada? Lo que acabas de mencionar está fuera de lugar. Se defendía como podía y aunque ya estaba vencida no era fácil acorralarla. Estaba nerviosa, su voz la delataba.

Necesitaba escapar del juego de palabras que terminó por aprisionarla y excitarla y de pronto dijo que ya estaba cansada. Pues bien, si ya estás cansada, vete a dormir, ¡hala!. No me quiero ir a dormir. ¿Preferirías dormir acompañada? Quédate, que puedo transformar tu noche. ¿Qué propones? ¿Qué propones tú? Se me hace que todo lo que dices son puras promesas. Sé cumplir promesas. Mejor ya me voy. Tú te la pierdes. Me pierdo ¿qué? Una experiencia intensa. A ver, me interesa, que de todo hay que probar. No soy algo que se prueba. Sería mi primera vez. El diablo que te lo crea. Es mi fantasía. ¿Así, de buenas a primeras? Sí. ¿Y porqué conmigo? ¿Y porqué no? Me inspiras confianza por lo auténtica. Más vale arrepentirse de lo que haces que de lo que no haces. No me convence ese argumento gastado aunque tenga su parte de sensato. No me importa, sólo vivámoslo. ¿Fantasía o curiosidad? Un poco las dos cosas. Ya, di que sí, deja de pensarlo. Me lo estás poniendo difícil. Es bien fácil, lo tengo claro.

Comenzamos a bajar las defensas. Cambiamos el tono de la voz y la respiración se transformó más que un suspiro en un anhelo. Ya no sé qué decirte. Sólo déjate fluir. No se me ocurre nada. Sólo deja caer como fluyan las palabras. Cierra los ojos, siente mi abrazo. Recibe sobre tu piel el beso más tierno que nunca te hayan dado. Imagina mis manos y llévalas donde tú quieras. Basta ya, que me calientas. Precisamente, esa es la encomienda. Me prendes. Me desconciertas. Me humedeces. Me desesperas. Yo estoy empapada. Me excita que te pongas guarra. Quiero arañarte la espalda. Quiero lamer tu cuello. Quiero renacer en tu cuerpo. Quiero morder tus hombros. Quiero besar tu vientre. Quiero recorrerte entera. Me gusta tu perfume. Lo usaré cuando suceda. Me gustaría despacito. Será como tú lo quieras. Ya, por favor, basta. ¿En tu casa o en la mía? Vale, vale, donde sea.

Y colgamos el teléfono, excitadas, descubiertas, citándonos en Chueca. Relatar nuestro encuentro me sirve para ocupar los minutos de la espera. Va llegando ya; Martini, Martini Rosso, dice la botella que en las manos lleva. Y lo que suceda después, puede ser y será más que un poema en mi existencia, pero eso no lo escribiré, porque esas cosas, definitivamente, no se cuentan.

Lorena Sanmillán; Febrero 23 de 2003

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