Las ciudades

Y estuve a punto,
de cambiar tu mundo,
de cambiar tu mundo,
por el mundo mío
María Dolores Pradera

Ojalá las decisiones de la vida, especialmente de la vida amorosa fueran tan sencillas como abordar un autobús en la Central Camionera. ¿Veracruz, Reynosa, Monterrey? Quizá al final así son las cosas. Si metafóricamente nos concibiéramos como una ciudad, entonces el destino dependería del dinero y la intención. El dinero puede llegar a gobernar hasta donde llegas pero la intención y los significados determinan cuánto tiempo te quedas ahí.
En este ensayo de fantasía, conoces tu ciudad porque en ella has crecido. Ha sido el escenario en el cual se ha transformado tu vida. De pronto la ciudad te queda pequeña y empiezas a buscar algo más. Se apodera de ti un Diseñador Urbano. Arreglas, hermoseas la ciudad para compartirla, para recibir visitantes distinguidos o simplemente es tu vanidad que requiere tenerla en buenas condiciones para ti misma. En algún momento asumes que es necesaria una gira para que conozcan tu ciudad sobre todo si ésta es un cenzontle que busca en donde hacer nido.
Vas a la Central de Autobuses. Observas los posibles destinos. Compras tu boleto, porque quieres marcharte, necesitas moverte o expander horizontes. Te vas a otra ciudad. El mundo es demasiado para permanecer en un solo lugar. Tienes ansias de conocer y de que te conozcan. Quieres trascender. Ese lugar que conozcas transformará tu forma de pensar. Dejarás el pasado atrás si lo que conzocas te nutre o volverás a donde estabas si descubres que no era lo que tú necesitabas.
Abordas el autobús llena de ilusiones. Dices que vas a hacer tal y tal cosa. Dices que no esperas nada. Dices que lo que venga es ganancia. Llegas al municipio, ciudad, país o continente. Todo es nuevo, todo te llama la atención. Te gusta y te gusta mucho. Te llena el ojo, supera tus expectativas, aunque hayas dicho que no tenías ninguna. Si es París, no sabes describir lo que sentiste la primera vez que viste la Torre Eiffel; si es Madrid, sucede lo mismo con La Puerta de Alcalá; si es Monterrey te enamorarás del Cerro de la Silla; si es México, de inmediato adorarás el Ángel de la Independencia.
Así vivirás hasta que te la acabes. Exprimirás la ciudad hasta que vuelvas a sentir lo mismo, las mismas ansias. Entonces te molestará el olor del Metro de París, lo cosmopolita de Madrid, el calor de Monterrey y el tráfico de México. Y a mudarte de nuevo a ver qué ciudad te complace. No asumes que te falta madurez para vivir las cosas como son. No te percatas que es tu capacidad de adaptación la que está en juego. No te das cuenta que la insatisfecha eres tú. Y tomas otro autobús en la búsqueda de la tranquilidad.
También pasa que luego viene alguien a conocer tu ciudad. A veces es respetuosa de lo que encuentra y deja las cosas intactas, sólo se limita a observar. Habita el espacio pero no se funde con él. Otras veces es un gran complemento, paisajista innata le da forma a tus arbustos para decorar tu particular macroplaza convirtiendo aquello sin orden en algo mucho más hermoso que los jardines del Palacio de Versalles. En las más dramáticas ocasiones es una tromba que azotó la ciudad casi borrándola del mapa. Y te queda el proceso de reconstrucción para ti sola. Te quedas inerme, desolada, te sientes vulnerablemente incapaz de volver a levantar el imperio que habías formado.
Mas hay que seguir. Las ciudades tienen su dinámica existencial. Coexisten para que la vida tenga donde desarrollarse. Sin ciudades no hay historia. París fue una hermosura; Madrid se inscribió para siempre dentro de lo mejor de mi vida. Veracruz no alcancé a conocerla y a Reynosa no tengo nada qué ir a hacer. Me queda Monterrey para hacer arquitectura, sabiendo que este proceso no admite cobardía. El privilegio de ser arquitecta tiene que ver con atreverse a modificar el paisaje de acuerdo al sentir y al pensar.
Tengo mi ciudad. Ya es hora de comenzar. Que me guste a mí. Ya luego veré lo demás.

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