Taller de novela II

Yo voy a escribir una novela. Sí, de las peripecias que tienen lugar los martes cuando tengo mi clase. Todo se conjugó para que llegase a tiempo pero un poco tarde, esto es, llegué a la hora justa pero ya estaban ahí gran parte de mis compañeros. Entonces me senté a la derecha del profesor, frente a ellos y ellas. Me vino a la mente eso de que según la posición en la que te colocas es tu temperamento. Dada mi ubicación me autocoloqué de líder. ¿Me? Válgame, a pesar de la prisa, del cansancio y de los pendientes, llegué y me instalé en posición privilegiada; quizá así ocurre en la vida. El que llega al final se instala sin importar la permanencia de los demás. El lugar estuvo disponible desde siempre pero nadie lo había querido tomar.
Pensé también en mi dedicación, en la puntualidad, en la disciplina.
Somos menos que la vez anterior. ¿Desertores o faltistas? ¿Desertaré?
La clase transcurre. Dice Anteo que los personajes se muestran en relación con el diálogo. Debemos evitar dar lecciones de moral. Que los personajes se presenten por medio de sus acciones. Pos sus hechos los conoceréis…
Se recomienda seguir la estructura clásica: principio, antecedentes, protagonistas, conflicto (antagonista), resolución y final (abierto/cerrado). No existen los personajes absolutos: hasta el más malo tiene algo de bueno.
En la cotidianeidad existen temas profundos. Debajo de la mesa de estudio se puede estar tejiendo el mundo. Sí, con imaginación.
Hay que poner atención a las voces narradoras, dice el maestro, mientras yo me dejo ir sobre las costuras de una blusa de manta que deseo clonar. Algún día haré algunas y les bordaré diseños singulares. Necesito bajar de peso para lucirla en su totalidad.
La voz narradora puede ser protagonista, omniscente, objetiva o testigo. Es quien presenta el relato. Los narradores protagonistas están en todo; me gusta ese tipo de voz. ¿será el momento de mencionar que no sé armar diálogos?
Parece clase de arquitectura. Entre menos es mejor. Cuatro o cinco personajes son demasiados.
Me gusta identificar las barreras intelectuales. Yo también las tengo. Todos prefieren, preferimos, hablar de lo que se ha leído, presumir las películas que se han visto, rememorar historias. Todo es preferible antes que soltar la neta. Me aburro. Me quedo en silencio escribiendo en mi libretita y en mi agenda. ¿Estaré desconectada o me estaré volviendo exigente? ¿Estar en contacto conmigo me ha beneficiado en algo? ¿Tengo talento o sólo soy una chiflada que cuenta sus historias? ¿Alguien pagaría por leer mis cuentos?
Mientras escribo dibujo varias veces el número 9. Nunca he podido hacerlo como Marisa. Ni el 9 ni el 7. ¿Sirve de algo dibujarlo igual, sirve de algo no poder hacerlo? ¿Porqué siempre vuelve a mí aún en los contextos menos esperados? ¿Y si exploro la posibilidad del borrador de “Frío” como un diálogo de dos personas, dándole voz a mi interlocutora? Creo que es una buena idea.
Mis compañeros siguen hablando. De cuando en cuando me reintegro aunque no me ido del todo. La tarea para la próxima clase es: escoger el protagonista y hacer un retrato del mismo con los rasgos morales, emocionales y físicos. ¡Zaz! ¿Quién es mi protagonista? ¿Lorena, Soledad o Montserrat?
Aterrizar al protagonista, esa es la prioridad; tiene razón el maestro, ni hablar.

Lorena Sanmillán; mayo 2 de 2005

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