Taller de novela II: lo que me temía…

Sucedió. El tema nos atrapó a todos en el Taller de novela. El haberme sentado al lado derecho del maestro me confirió el privilegio y la obligación de ser la primera que expusiera su tema. Y todavía no había decidido nada al respecto; seguía con mis tres opciones.
Mi tema es un triángulo amoroso. Así interrumpí el silencio expectante del salón. De inmediato comenzaron los comentarios desilusionados. Mis compañeros fueron el coliseo romano. Que si es un tema trillado, recurrente, presente siempre en la literatura, que si no hay originalidad. El maestro trató de mediar: Falta ver el giro especial que le quiera dar su compañera. Sonreí por debajo de mis nervios.
Cuéntanos, dijo Anteo, ¿son dos hombres y una mujer?, ¿dos mujeres y un hombre? No, le dije viéndole a los ojos y evitando al mismo tiempo las miradas de mis compañeros: somos tres mujeres. Él levantó las cejas en un gesto que aún no sé descifrar. El resto de mis compañeros guardaron silencio. Tan poquito bastó para acallar a los leones del coliseo.
En los triángulos todos deben saber todo, de otro modo no hay tensión. Hay que evitar dar lecciones de moral y destacar el detalle de originalidad. Ok, asiento en silencio incapaz de hablar. De pronto me siento desnuda en medio del salón. ¿No era eso lo que yo quería? No sé si tendré el valor de seguir exponiendo mi tema. Sólo sé que necesito aprovechar el tiempo y exprimir este taller al máximo y escribir mi noveleta con ellos o sin ellos. Me evado y sigo pensando en “Frío”. El resto de mis compañeros exponen su tema, claro, ellos son muy originales y no tocan cosas trilladas.
Un matriarcado. Una chica se enreda al exponer su novela. Habla de un personaje que ha inventado y de pronto se confunde al poner adverbios personales. Bueno, sí, el personaje es mi suegra… ¡Oh, oh! comienzo a divertirme. Corazón, tendrás problemas en tu matrimonio.
La señora de enseguida, que comparte mi apellido paterno y la vez pasada trató de establecer un árbol genealógico para encontrar la rama en la cual coincidiésemos expone su inquietud: un romance entre un soldado romano y una chica judía que van a tener sus fajes en el muro de los lamentos. Todo se oye bien, excepto porque en el tiempo en que ella sitúa su historia algunas de las cosas que menciona todavía no tenían lugar ni concepto. Me parece una historia grata pero enredada.
El hombre a su lado, tiene una amiga con múltiples personalidades y quiere hablar sobre ella; lacónico no dice una sola palabra más. El universitario que siempre dibuja cosas extrañas en su libreta escribirá sobre el secuestro del “reparador de sueños”. Lo enuncia como si todos supiésemos de qué está hablando. ¿Qué es un reparador de sueños?, me animo a preguntar puesto que parece ser que soy la única que no ha entendido de qué habla. No, no soy la única pero soy quién sí se avienta a preguntar. El chamaco, pone cara de incredulidad y me voltea a ver mientras que en su mirada puedo leer “además de pérfida y lesbiana, ignorante” y me contesta con una sonrisa cínica haciendo exactamente una de las cosas que más me molestan en el mundo: responderme con una pregunta. “¿No has oído la canción de Silvio Rodríguez?”
¿La canción?, contesto instalándome en el cinismo que él inauguró, ¿es que sólo tiene una? Ríe y ríen todos, yo no. Sigo viéndolo con cara de pregunta. Entiende la mirada inquisidora. “Hay una canción de Silvio que habla de un reparador de sueños…lo secuestra una banda y yo hablaré de eso…” Ok, gracias, le digo en voz alta, mientras en silencio expreso el infaltable por eso te dejaron. Vaya, pudo ser peor, pudo hablar del destino del unicornio azul.
Un obispo nunca llegó a la capilla del pueblo, donde todos lo esperaban y se la pasaron haciendo los preparativos para el evento. Me gusta el tema y me encanta la manera tan estructurada y amena que tiene mi compañero de exponerlo. Suena muy, muy bien.
De pronto me pierdo en mis pensamientos y pienso en “La Academia”. ¿Y si esto fuera así?, ¿Y si se cada martes uno de nosotros saliera expulsado?, ¿Y si hubiera un rating para la literatura? No soy nada original y me sorprende la sincronía con gente desconocida, pues justo después del compañero del obispo que nunca llegó, el compañero de al lado dice que siente que está en el reality de Azteca. Comienzan a imitar a los críticos y otra vez nos vamos por la tangente.
Reanudamos la exposición de temas. La vida de una mujer a través de las estaciones del metro. Un italiano que se enamora de una mujer que reencarna en un delfín. Historias de tres mujeres que luchan en lo cotidiano. Un desdoblamiento de personalidad, de lo más espiritual a lo más mundano. Mutilación de brazos a los obreros para abaratar la mano de obra (asunto que a nadie le quedó claro). Un individuo perverso cuya única satisfacción era correr maratones. Una chica que tiene un romance con su jefe y problemas en su trabajo debido a lo mismo, además el jefe es casado (como lo dije antes, temas sumamente originales, nada trillados). Una madre soltera que sacó adelante a sus once hijos. Los romances de Cuauhtémoc, no, no Galilea Montijo, sino los romances de las tribus y situaciones prehispánicas. Sólo de escuchar los nombres me parece complicado… Cuitlacoche, Cuitláhuac, Cuitaquilos…
Me percato que todos los hombres evaden hablar de ellos mientras que para las mujeres escribir es una proyección. Ellos inventan, las mujeres relatan su vida. ¿Será el talento para crear o la evasión de lo personal?, ¿será vanidad o tendrá validez literaria? Siempre nos involucramos…
Hay que dejar las entrañas en lo que escribamos, sin importar el tema. Soltar la neta, dejarse ir, olvidarse de la censura. Entre más personal sea el escrito más auténtico es. Como dice La Agrado, “Auténtica es aquella persona que más se acerca a lo que ha soñado de sí misma”. Así quiero ser.

Lorena Sanmillán; 3 de mayo de 2005

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