Taller de Novela VI

Dicen que hace calor. He sudado todo el día y me he bañado dos veces. Imprimí el inicio de “Hay mucha gente”. Sólo son cinco hojas pero me cuesta mucho leerlas de continuo. Entre que les agrego cosas y que de pronto me gana el llanto, no consigo leerlas de una sola vez. Ando cansada también. Mis horarios han cambiado mucho. Es obvio que me siento inestable. Con todo y eso, voy feliz a mi Taller de Novela.
Aunque llego a tiempo, mis compañeros ya han llegado. Sobre la mesa hay cuatro escritos por delante del mío, por lo tanto me toca el número cinco para leer. El maestro comienza su exposición y nos sugiere la dinámica a seguir: El autor leerá, sin ser interrumpido; los demás tomaremos notas y al final cada quien expresará su punto de vista.
Podemos ser francos pero no groseros. Hay que procurar no herir susceptibilidades. Para el autor es muy importante lo que está leyendo así que hay que evitar burlarse o hacer comentarios irónicos o demasiado personales. Debemos entender que todas las críticas son por el bien de la obra y no mostrarnos a la defensiva.
No hay que defender el texto: si éste no se presenta suficientemente claro no bastará explicación alguna para complementarlo, el texto necesita explicarse por sí solo. Se pide el compromiso de involucrarnos en la obra ajena. ¡Órale, si apenas puedo mantener el interés en la mía! OK, lo intentaré.
“El reparador de sueños” es el primero en leer su material. Silencio. Se ve que el chico tiene las ideas claras, sólo me gustaría entender de qué está hablando. Inmediatamente me transporta a Madrid y la plaza justo frente al Reina Sofía. Cuántas tardes bellas pasé ahí. Cuántas veces me encantó su elevador, su publicidad, el patio. Las comidas en “El Tres”, las cañas en los bares de la calle transversal. El Retiro. No me doy cuenta, pero mientras él lee yo tomo un avión y me regreso a Madrid, a caminar por Argumosa, a subir por Tribulete, claro, siempre de la mano de Grace.
El chico termina su lectura. Espero que alguien diga algo. El maestro invita a una lectura personal del escrito, una lectura rápida. Cuento a los asitentes. Ahora somos 10. Poco a poco va bajando el número de compañeros. Siguen sin aparecer las pulseritas de mil colores. Releo el escrito. No le entiendo nada.
Me cuesta mucho trabajo adentrarme en la fantasía que el chico domina tan bien. Me siento muy cansada. No sé a qué chingados vengo, con tantas cosas que tengo que hacer. El consultorio y otras cosas. Estoy tratando de entender, me cuesta trabajo. Por fin es mi turno de hablar. Confieso mi desconcierto y con ello parece que doy permiso a que los demás manifiesten un sentir similar. Además me parece que el cuadro de Dalí no está en el Sofía. Me pregunto si cuando lean mi noveleta se sentirán igual.
Consumimos casi las dos horas con el reparador de sueños. Luego sigue la novela de la suegra. Muchísimas faltas de ortografía como para siquiera leerla. Necesito afinar mi empatía, concentrarme en contenidos para ser mejor compañera y brindarme y brindarles la oportunidad de un aprendizaje mutuo. Concilia, Lorena, concilia. Me sumo a los comentarios de los demás. Me molesta un poco que en realidad casi nadie le pone atención pues casi todos están pendientes del reloj. Se debe sentir feo, ojalá que eso no me suceda.
La señora del soldado romano reparte feliz su escrito. Se supone que debo leerlo para la próxima semana. El del asunto del italiano y el romance con las sirenas también. Me animo y yo también hago lo mismo. “Hay mucha gente” está siendo leído.
Lorena Sanmillán; mayo 25 de 2005

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