Del Ancira al Alamey

Bette y yo tomamos un café en el Lobby del Ancira. Es nuestro momento de compartir espacios emblemáticos. Poco a poco se va integrando a mi vida. Escribo, le cuento, mi cita con Ximena, aquella noche de martinis con María y la madrugada retando a Mine y Grace.

Estoy feliz porque tengo una escucha comprometida que no interrumpe. ¿Más café? Sí, gracias. Con mucho cuidado el mesero sirve la cantidad exacta. Aunque huele delicioso, no quiero que ni los vapores le lleguen a mi muchacha. No quiero maltratarla, por eso tampoco fumo si estoy frente a ella.

Una niña brinca y curiosea cerca de mí ¿Dónde estarán sus padres? La laptop le llama la atención. Le sonrío por inercia. Disfruto la red inalámbrica platicando con Jordi. Multitasking, en otra ventana trato de resolver una cotización. Actualizo archivos, reviso cuentos, leo el periódico.

La amenaza se acerca de nuevo. Vence la mínima distancia prudente. La volteo a ver con mirada fría y una mueca inequívoca de “Ni te atrevas” A Bette nadie la toca y menos tú, chavalilla con tus manos pringosas.

No hace caso de mi advertencia. Pone la mano en el centro de la pantalla de mi computadora. Un ¡No! me sale desde mis entrañas. Se paraliza el movimiento del hotel y milagrosamente revive la ausente madre.

La señora se aproxima, viene hacia donde estamos Bette ultrajada, la chavalilla asustada y yo encabronada. Comenzamos a discutir. Me duele horrores la imagen que veo en la pantalla.

Que no le grite. Que no toque mi computadora. Que es su hija. Pues entonces que la cuide. Alzamos la voz y discutimos. Molesta y dolida, apenas levanto la mirada. Sólo veo a mi Bette, consternada.

Todo puede empeorar. Toma mi taza de café y lo vacía entero sobre el teclado. Veo en su rostro cómo disfruta la crueldad innecesaria. Me duele el alma. Remata la faena con una cachetada que cruza mi cara. Me arden las mejillas pero no pondré la otra. La fulana ignora que yo no doy cachetadas de señorita ofendida, por respuesta le suelto un puñetazo, que no por nada he sido siempre fan de “El Santo”.

Un escándalo es el nuevo huésped incómodo. Los empleados de Seguridad nos separan. Alguien le ha llamado a la policía. En la revuelta pierdo el celular, la laptop y la dignidad. Quedo esposada. La granadera nos lleva juntas a las celdas del Alamey. Vocifera más que habla; yo apenas si puedo llorar. Tiemblo de coraje y estoy de luto por Bette.

Sigo esposada a las rejas. Alguien toca la puerta. Me parece ilógico que un guardia lo haga. Insisten. Me enderezo. ¡Pase! Es Grace, que ha venido a visitarme. Dicen que en la cama y en la cárcel se conocen los amigos. Ella no me juzga ni condena, se concentra en preguntarme ¿Qué te pasa? ¿Qué tanto guerreas? ¿No te ibas a ir temprano?

Suspiro aliviadísima. Sobo mis muñecas liberadas. Bette, intacta, duerme a mi lado.

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