Pintando futuros teñidos de pasado

Pintando futuros teñidos de pasado

Todo lo que sucede es una falacia, pero cuántas invenciones son más verosímiles que la realidad o más completas aún que la realidad misma. Las circunstancias somos nosotros; nosotros las creamos de acuerdo a lo que pensamos, a lo que anhelamos y soñamos y a lo que es posible, dentro del espectro, realizar. En fin, lo que ahora sucede en mi vida es peor aún que la realidad, va más allá de lo que mi pobre imaginación pudo inventar, a aquello que en las novelas sucede, a lo que Julio Verne, o Poe o Borges escribieron, va más allá y sin embargo, es auténticamente cierto.

También es verdad que no me duele. Es decir, no me duele por mi. Me duele por ella, sólo ella. Su dolor fue mío. Me lastima tanto verla llorar y lloró. Ojalá que mi presencia y mis palabras le hayan servido de algo. La quiero.

Tengo que escribirlo para desahogarme, con ella me desahogo pero hoy no es posible. Ella, mi amiga incondicional, mi escucha comprometida, mi confidente dispuesta, mi amante intrínseca. Marisol, otra amiga, no está. Sólo tengo esta máquina de escribir, afortunadamente con tinta, que hará que las palabras perduren y cuando este dolor pase me harán recordar que todo inicio es duro pero que vale la pena continuar por la recompensa del final. El dolor pasa. La anécdota se queda y ella sigue conmigo. Y seguiremos hasta que el amor, nuestro amor, quiera.

Hace una semana, en Cadereyta, me invitó a pintar su cuarto en su casa, aprovechando que el viernes sería día festivo y por lo tanto no teníamos clases. Acepté apenas lo dijo, encantada de colaborar en algo tan personal con ella. Ayer que confirmamos el contrato o el compromiso sólo pensé en las horas que compartiríamos. Hoy, desde que desperté y lavé el automóvil junto con mis hermanos, estaba feliz. Llegué a su casa y algunos de sus hermanos se estaban yendo al gimnasio, otros de paseo, su papá se quedó a descansar y su madre también. Saludé a la familia, conversamos un rato y pasamos a su recámara.

No era la primera vez que estaba en su cuarto, pero ahora lo veía de un modo diferente. Conociéndola un poco más cada vez, adentrándome en su universo, ahora conocía detalles de algunos de sus simbolismos y estar allí de invitada en su santuario particular me confería un privilegio que poca gente ha sentido en todo el universo. Me encantaba conocerla cada vez más.

Nos quedamos solas en su cuarto, disfrutando del eco que se produce en los espacios vacíos. Pintando y con música. Mecano, Milanés, Silvio Rodríguez, Perales, Vivaldi, Rocío Banquells, Alberto Cortez, Gipsy Kings, María Conchita, Mijares, rodeadas de música, pintando y cantando. Con nuestros gustos musicales, que sólo coinciden en Mecano, formábamos un arsenal de música variada. Entre canción y canción iba surgiendo poco a poco otro color.

Al mediodía, su mamá le pidió que fuera al mercado a comprar limones para preparar agua de limón, mi bebida favorita. La señora y sus detalles, siempre tan amable. Claudia me pidió que la acompañara al mercado y le dije que no, que prefería seguir pintando; así acabaríamos más pronto y si no estábamos tan cansadas podríamos salir a caminar o ir a algún lado para aprovechar el resto del día haciendo algo distinto, compartiendo el momento nosotras dos. Aceptó diciendo que le parecía una idea excelente. Me besó en la mejilla y me dijo que me quería y que no se tardaba. Se fue. Apenas se fue y la nostalgia me invadió. Sin ella el espacio se convertía en un sitio inmensamente vacío.

Su bromista padre llegó a hacerme compañía preguntando por la patrona que me hacía trabajar en días festivos, que además me tenía como chofer y que yo me aguantaba, que su hija era una caprichosa pero que tenía mucha suerte porque nunca le faltaba quien fuera cómplice de su jugada. Me reía con sus comentarios, sintiéndolo cercano a mi y disfrutaba su mirada de aprobación respecto al trabajo que estábamos realizando; efectivamente, era la alcoba de su hija, pero no dejaba de ser su casa.

De pronto, me pidió que retocara la esquina de una ventana que Claudia estaba pintando justo antes de marcharse y donde estaban un corazón, una flor y una C unida a una S. ¿S? ¿Había visto bien? Platicamos de asuntos intrascendentes y de pronto me dijo que le gustaba mucho el binomio que formábamos su hija y yo. Que qué bonita amistad y que era raro que Claudia tuviera una amiga para todo y que esperaba que no me botara porque hacía poco tiempo, quizá unos cuántos días antes de conocerme, su hija había tenido una amiga, una gran amiga, algunos años mayor que ella con la que compartía todo y que se acordó porque también pintaron el cuarto una vez. Se llamaba Sandra, dijo.

Todo a mi alrededor se volvió confusión. Todo. No sabía lo que estaba haciendo aunque seguí pintando. Primero ese corazón, luego ese nombre, Sandra. ¿Será acaso la dueña de la S? ¿S? ¿C y S? ¿Porqué no me había dicho nada? ¿Porqué no me dejó a mi pintar esa ventana? ¿Quién es Sandra? ¿Una amiga? ¿Una pareja? ¿Una amante? ¿Un amor? ¿Una compañera? ¿Una conocida? ¡No!, señor, ¿quiere quedarse callado un minuto? ¡Por favor!, pensé para mis adentros. Él seguía hablando, “No me agradaría que usted tuviera el mismo destino que Sandra, usted es también una buena persona”. En eso entró su madre y al enterarse del tema en cuestión, añadió más palabras hirientes, “Sí, Sandra fue su amiga, no voy a comparar, pero se asemejaba mucho a su amistad, pero de pronto se enojaron y Claudia dijo que eran, ¿cómo dicen en las telenovelas? ¡Ah! Diferencias irreconciliables”. No supimos porqué, dijo su papá, integrándose de nuevo a la plática. “Mi hija guardó silencio y nosotros lo respetamos”.

– ¡Mamá –Claudia entró gritando a la casa- estaba cerrado el mercado y tuve que ir hasta Soriana, y todo para hacerle agua de limón a la pintora!

El rostro de su padre cambió al verla, y con enojo, tal vez, le dijo: “Consigues limones en el mundo entero, pero no eres capaz de contarle nada acerca de Sandra”. Claudia me buscó con la mirada. Yo seguía pintando, su preocupación era evidente, sus ojos eran pregunta irremediable.

Callada, yo pensaba solamente que una historia ya pasada hubiera sido Sandra quien hubiera sido no debía importarme. Soy su presente, y lo demás está demás. Sólo me duele el modo de enterarme, pero en fin el modo es ahora lo de menos. Sandra no importa. Sólo quiero saber lo que piensa y lo que siente Claudia. No importa Sandra, importa Claudia.

Prendió la grabadora y aumentó el nivel del sonido, Mecano chillaba… aire, soñé que era aire… oxígeno, nitrógeno y argón, sin forma definida, ni color… y me pidió que bajara de la escalera. Bajé, nunca había visto tanta desesperación en ella, tuve ganas de abrazarla y de decirle que no pasaba nada, pero no me dio tiempo. Empezó a pedirme que la escuchara, que tenía que escucharla, que no me había contado de Sandra porque no se había prestado la ocasión.

– Claudia, cálmate, no importa, ya pasó.
– Sí importa, cómo demonios no te va a importar.
– No me importa, sólo me duele el cómo me entero. Tal vez todavía no era el tiempo. Se precipitaron. No tiene caso. No levantes la voz, nos van a escuchar. Acabamos aquí y si quieres hablar salimos y platicamos. No importa. A mi no me importa quién es Sandra. Es pasado y se acabó. A mí sólo me importa cómo estás tú. Ahora somos nosotros, nosotros, nosotros.
– Yo sé que a ti sí te importa. Por favor no me mientas.
– No te estoy mintiendo.
– Te quiero
– Yo también
– Pero es que tienes que escucharme…

Sus lágrimas me destrozaron… no sabía qué hacer, la abracé y le dije que hablaríamos. La besé y la manché de pintura reímos, si podía reír, estábamos a salvo.

– ¿Sabrás escucharme y perdonarme?
– Nada tengo que perdonar. ¿Me has mentido? Jamás.
– No me hagas sentir mal.
– Gorda, anímate. No debe ser tan malo. Tendremos problemas pero nosotras juntas somos más grandes que nuestros problemas. Basta. Ayúdame a pintar.
– Eso quiero creer. Pero tenías que saberlo. Más vale ahora a antes que te quiera más. Es decir, muchísimo, y separarme de ti me parta en dos. Lo hablaremos. Te quiero.

Seguimos pintando, sólo pensaba en que en realidad no me importaba. Evidentemente, el asunto era más profundo de lo que pensaba. Soy su presente, esa es la verdad, sin embargo. ¿porqué ella se descompuso tanto? ¿Acaso no fue y es? No, no puede ser. ¿Y si la compartí? No tampoco puede ser. Me odié por mis dudas. Ella es sincera. Bueno, eso era lo que yo quería creer. Debo agradecerle su confianza al contarme algo que por lo que veo para ella significó demasiado. ¿Y si la pierdo? Ella está antes que yo, si necesita toda mi comprensión, mi comprensión tendrá.

Comimos todos juntos; sus papás y yo platicando de todo y ella callada, ausente de la plática cotidiana.

Terminamos de pintar temprano y salimos. Apenas subimos al maravilloso Atlantic empezó a llorar. Nos fuimos a nuestro parque y continuó llorando, la abracé, la besé en su cabello, le dejé llorar y cuando se tranquilizó, empezó a hablar. Me abandonó y yo la quería –dijo- me dejó, no le importé, fui su diversión, alguien con quien coger, sexo sin amor y yo creía en ella y fui solamente su entretenimiento, no se dio cuenta cuánto la amé, me dejó…

Claudia sollozaba y yo la escuchaba con el alma destrozada por ese dolor que compartía, y dentro de mí por saber que no era la única en su vida. La tenía llorando en mi hombro por otra persona a la que amó.

Claudia continuó su confidencia. Ella era seis años mayor que yo. Ahora es dentista. Duramos un año juntas el más hermoso de mi vida. Me enseñó a amar, era para mi lo más importante sólo que de pronto le parecí muy niña, y me abandonó por otra mujer de su edad, yo te tomé a ti por desquite. Aunque desde que te conocí me pareciste muy especial, muy muy especial. Tres días antes de aquel día de campo, inicio de lo nuestro, fue cuando me dejó. Inmediatamente planee la venganza, qué mejor que contigo que sabes ser discreta, si me tomabas a bien, qué bueno, gracias por seguir mi juego. Si te extrañaba tal vez me darías un consejo y guardarías el secreto, y si te molestabas, ya sabía que en tus enojos pones a la otra persona antes que tú de modo que no te perdería…

La escuchaba hablar y no tengo palabras para decir cómo me sentía. Sus palabras no se agotaban, continuaba hablando… Pero al sentir tu cuerpo, al saberte, algo brilló en mi interior y después con tu comportamiento, caí en mi juego y me fui enamorando de ti. Cada vez que pensaba dejarte era porque no estaba segura de lo que por ti sentía. Pero de ti he aprendido tantas cosas, hasta aprendí a amarte contagiada por tu amor. Me duele que ella me haya abandonado pero tú has hecho que esa herida cada vez sea menos y si lloro es porque no sé lo que tú estés pensando, no quiero perderte así. Empezamos uniendo nuestros cuerpos sin amor y ahora el amor me une a ti. Estoy hablando en serio. Tú me enseñaste que el amor no está en la cama, aunque esto es parte del amor. El amor es sufrimiento, es alegría, es todo lo que se vive diariamente, es todo…

La callé. No le permití seguir hablando. Fue, se acabó. Aprendiste de ella lo que necesitabas aprender en su tiempo y en su momento. Gracias por contarlo. No ha sido algo fácil, pero no importa. Ella no supo apreciarte. No importa que la primera vez no haya sido por amor. Importa lo que vino después, lo que está sucediendo ahora y ya lo hemos discutido. Oye ¿siempre volvías a tomar este tema como punto de discusión para ver si te animabas a hablar de Sandra?

– Tú sabes todo. Sí, pero nunca tuve valor. Me ganaba el miedo.
– No importa. Todo lo que hemos compartido ha sido maravilloso y seguiremos así…

Y me interrumpió, poniendo por primera vez en palabras todo lo que sus ojos dicen, todo lo que hace diariamente, todo lo que yo siento por ella, todo eso que nos queremos decir cuando nos entregamos completamente, todo eso que no sé cómo resumió en sólo dos palabras, a las que sumó mi nombre:

– Te amo, Lorena.

La besé y todo a mi alrededor volvió a sonreír.

Sanmillán; Noviembre de 1989

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