Código Postal

Todo es momentáneo excepto recordarte.
Amarte ha sido un filtro cruel
bajo el que todas las demás
han tenido que tamizarse.
Perfecta y etérea;
sutil e inalcanzable.
Si alguien canta,
tú ya cantaste.
Lo que cualquiera haga
tú lo inventaste.
Caigo vencida en lágrimas
al recordarte.

Vuelve siempre la gran pregunta
cual flagelo para martirizarme.
Yo, tan determinante
la más trascendental decisión de mi vida
se la dejé al destino.
Por valiente: por cobarde.

No querías hablar conmigo.
Imposible buscar un encuentro.
Era nula la opción de acercarme.
Pero no podías impedir que te escribiera.
Con eso debía bastarme.
Armada con las letras
tenía un recurso insuperable.
No debía darme el lujo de equivocarme.

Así que me senté a escribir
y más que eso confesarme.
La situación emotiva
predominaba sobre cualquier técnica narrativa.

Hojas y hojas de sentimientos, explicaciones
intenciones, oportunidades.
Escúchame. Entiéndeme. Perdóname.
Volvamos a intentarlo.
Te espero a tal hora en tal sitio.
Ese era el mensaje.
Releí la carta mil veces
hasta transparentarme.

Una idea vino a mi mente
sin todavía hoy
poder explicarme.
Cambié de opinión de pronto
en un brusco giro
que gobernó ese momento
y con ello todos mis instantes.

Sí.
La volvería a escribir
mas esta vez
con diferente intención y descenlace.
Escúchame. Entiéndeme. Perdóname.
Que te vaya bonito.
Tal era el nuevo mensaje.

Las dos cartas
en peso y tamaño
eran similares.
Conseguí sobres de opalina
exactamente iguales.
Las rotulé con el mismo cuidado
para no poder diferenciarles.
Una vez terminado esto
en las dos pusemis iniciales con lacre.

Caminé hasta el correo
jugando con las cartas
como si fueran dos naipes.
Dándoles vuelta constantemente
para no poder identificarles.

Una carta en cada mano.
Ambas sobre el mostrador.
La primera que tomó el empleado
fue directo a tu buzón.
La otra la destruís
in la menor compasión.
Diez mil pedazos dispersos
metaforizando mi corazón.

Vivo con la duda cosiéndome un grito en los labios.
La cobardía pasa factura.
Eternamente incompleta.
Nadie ha podido llenar tu espacio.
La valentía recoge los daños.
Voy, con esperanza
a buscarte mes tras mes
en el lugar señalado.

Tengo tu ausencia por respuesta
pero no me resigno a aceptarlo.
¿Cómo saber cuál recibiste?
¿Qué mensaje llegó a tus manos?
Las mismas preguntas vuelven,
aún después de catorce años.

Lorena Sanmillán; Noviembre de 2005

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