Credo de Ximena Peredo

En este apartado de la Otredad, les compartiré textos de otras personas que de una forma u otra han conmovido mi existencia. 

Inicio esta sección con el Credo de Ximena Peredo, artículo publicado en El Norte en abril de 2001. Aunque han pasado seis años ya, sigue vigente y es altamente disfrutable.

Gracias, Ximena, por la magia de tu talento.

LSM; Julio 16 de 2007

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Credo 

Ximena Peredo

Confieso que he cambiado. Amistades iniciadas hace un año hacen un gran esfuerzo para cambiarme etiquetas, mucho más les cuesta a las viejas amistades.

Les sorprende que ya no me escandalice tan fácil, que no me ensañe cuando emito juicios morales y que pueda escucharlos sin lanzar automáticamente sentencias aprobatorias o desaprobadoras. He cambiado en estos años porque he crecido, claro. Pero además reconozco que los últimos seis meses han marcado definitivamente mi personalidad.

Aunque en mi casa la imagen de Dios no ha sido nunca un modelo vengador ni policiaco, reconozco que las escuelas en las que me crié sí mantenían un patrón de un Dios rígido. Es evidente que esta concepción no fue transmitida con alevosía, sino con la mejor de las intenciones de que mi vida siempre transcurriera “por el buen camino”. Estos instructores, en su mayoría muy queridos por mí, no supieron el daño que le propiciaron a mi escala de valores.

Desde adolescente, aunque me distinguía por mi energía, fui muy estricta conmigo y con los demás. No en el plano material (orden, reconocimientos, cuidado) sino en el espiritual (voluntad, actitudes, sacrificio), mi precoz madurez pudo haber servido mucho más si en mi cabeza no hubieran rondado tantos prejuicios morales heredados por una imagen de Dios humanizada: vengadora, sentimental, materialista y que perdonaba sólo cuando existía arrepentimiento.

Tuve una temporada de angustia permanente porque las cuestiones litúrgicas y doctrinales que aprendía no me mostraban a un Dios amoroso por esencia, sino a uno amante de las formas, lo que me produjo aún más conflictos.

Mis amistades de la adolescencia, paradójicamente, me veían como una persona incorruptible, que tenía muy claro la diferencia entre “bien” y “mal”, pero esta etiqueta sólo me esclavizó, porque ahora mis pensamientos, opiniones y acciones estaban condicionados a esta concepción que los demás tenían de mí.

Sin embargo, pesaba más ese ojo triangular que me vigilaba desde arriba, Aquel que ya había hecho diferencia entre cabras y ovejas, que vomitaba a los tibios y que nos mandaba a las tinieblas si no cumplíamos sus preceptos. Así que me preocupaba continuamente por mi “salvación” y la de los míos.

Dejé de ser feliz por lo menos tres años. No me daba cuenta cuál era el motivo pero me despertaba desganada y no tenía muchas motivaciones para moverme de la cama. Nunca me percaté que era la imagen distorsionada que tenía de Dios la que tantos problemas me estaba causando.

Sucedía que a Dios lo había apretujado en un disfraz de humano que no le sentaba bien. Eso poco me importaba, nunca tuve las agallas para preguntarle a ese Señor si se sentía confortable, en realidad lo encasille por la cómoda certidumbre de sentir que lo conocía, aunque esto no fuera cierto.

Pasé mucho tiempo como “espía” del poder divino. Observaba a los demás y movía la cabeza negativamente, como si el mundo estuviera al revés y sólo yo tuviera el extraordinario poder de mantener los pies en el suelo. Me alejé de muchas amistades y me perdí de muchas carcajadas.

Aunque había detectado que esta rigidez me hacía daño y vengo luchando contra ella desde hace poco más de tres años, han sido los últimos meses los que mejor han sanado mi alma. Esto se debe sin duda a que mi imagen de Dios ha cambiado. Vuelve a ser amor.

Sigo buscándolo pero ya me libré de la macana que le había pintado y del supuesto contrato para amarme que estipulaba que debía ser buena, cumplir los mandamientos y señalar los pecados. El amor de Dios, comienzo a comprender, es aún más vasto que el de la madre que ama al hijo delincuente que se rehúsa a arrepentirse.

Dios-Amor no puede creer en los castigos, como nosotros los hacemos. Mi figura anterior de Dios me obligaba a creer que al final habrían llamas y rechinar de dientes para los mal portados, pero ahora he dejado de creer en el infierno como castigo divino. Creo que el infierno se lleva en el corazón cuando nos alejamos de Dios o cuando su figura es de tal manera distorsionada que nos volvemos contra la caridad que Cristo vino a profesar.

El mismo Jesús conoció el infierno cuando sudó sangre de angustia o cuando clavado en la cruz le reclamó a su padre, “¿Por qué me has abandonado?” Ese Cristo que se me hermana en mi fragilidad es en el que creo y el que conmemoraré en este semana.

Creo en un Dios sin fórmulas. Creo en un Dios tan grande que ninguna religión es capaz de atesorar. Creo en un Dios de paz.

peredo@prodigy.net.mx

Artículo Publicado en El Norte de Monterrey el 9 de Abril de 2001

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2 Responses to “Credo de Ximena Peredo”

  1. marat Says:

    Una imágen de Dios humanizada quizás no podia ser de otra forma.

    Muy importante la frase. Cuatro palabras lo dicen todo, aunque muchos no entiendan nada. Lamentable que cosas asi causen sufrimiento…

    Saludos!

    Marat:
    No cabe duda del talento de Ximena Peredo. Leerla siempre será una invitación a un reencuentro con la sensibilidad y la sensatez.
    Un abrazo
    LSM

  2. olga nelly estrada Says:

    Definitivamente la sensibilidad de Ximena para expresar la nueva imagen de Dios es revitalizadora para que muchos reflexionen y no vivan la vida culpàndose de pecados imaginarios y de dogmas hechas por la cultura patrircal para sometimiento y màs de las muejres. Vivan el amor de Dios tal cual que es de amor y felicidad y no apartarnos por ser diferentes sino que la misma diferencia nos una aùn màs.

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