Dame un beso que me sepa a café

Desperté sobre las seis. Había puesto la alarma para ver el noticiero de Loret. Sí. Subestimé el cansancio. Prendí la televisión y me volví a quedar dormida. Si él estuviera en persona, seguro no dormiría. Desperté un poco más tarde. En el programa de Hoy anunciaron el deceso de la madre de Ericka Buenfil. Jez pasaría en un rato más por mí.  Tiempo justo para bañarme. El dolor de espalda seguía ahí.

Las azoteas de los hoteles vecinos eran el paisaje inmediato en la ventana, sin embargo, una pequeña figura también se empeñaba en decirme buenos días aunque la contaminación hacía que se notase muy poco. Era la Victoria Alada, hasta ese momento no había podido contemplarla. El famoso Ángel que los mexicanos visitarían por la noche si la selección ganaba. Me perdí en un viaje íntimo instantáneo con un nudo en la garganta.

Jez llegó. ¿Cómo sigues de la espalda? Mejor, gracias ¿Pudiste dormir? Sí. Acomodé las almohadas como ustedes dijeron ¿Tomaste las pastillas? Sí, mamá ¿Qué tal la fiesta? Genial, en el camino te platico ¿Qué quieres desayunar? Café. Sí, pero ¿qué se te antoja? Cafécafé. Sí, pero yo digo de comer. Cafécafécafé. Ya entendí. quieres café. Sí. Pues te llevaré al mejor sitio para tomarlo.

Salimos del NH con rumbo a Coyoacán. Entonces comprendí que algunos defeños son muy predecibles y con una sola definición de cáfé. Seguro me llevaba a El Jarocho. Me dejé conducir como si fuera la primera vez. Señalé la esquina del Starbucks como el sitio destino. ¡No, cómo crees, no vamos al Starsucks, vamos por café de verdad, cafécafé como el que tú quieres! En definitiva ese jarocho tiene lo suyo.     

Cuando se estacionó frente a la plaza ya habíamos cambiado de idea para desayunar. Primero haríamos escala en el mercado para comer quesadillas de guisos varios. Mrs. Dalloway sería feliz si viniera a visitar ese sitio, tropezaría con las flores por todos lugares. Gladiolas exuberantes, alcatraces soberbios, azucenas imponentes, crisantemos abiertos, gerberas femeninas, claveles románticos, rosas con espinas, nardos aromáticos. Mrs. Dalloway said, I will buy the flowers myself…

Jez  y yo somos un par de morenazas, pero los comerciantes nos cambiaron el tono de la piel para conminarnos a comprarles. ¡Tanto que gastó Michael Jackson en lo mismo! Nosotras, con un Pásele güerita casi casi nos sentíamos albinas. Por supuesto, ahí nos sentamos de inmediato a rendir cuenta de media docena de quesadillas acompañadas con jugos de toronja y naranja y una plática digna de confesionario. ¡Buenísimas!

Salimos del mercado con el estómago y el alma sosegadas. Llegamos al Jarocho por un par de cafés para llevar. Tal como lo recordaba. Sabía a los ojos de mi madre ofreciéndome una taza de café de olla cuando voy a visitarla. Sabía a lo impronunciable. Sabía a esa parte del cuerpo que más me gusta probar. Sabía a ese lugar al que siempre quiero regresar. Sabía a beso. Sabía a eternidad. Sabía a mariposas revoloteando en el caparazón de una caracola melancólica. Sabía al roce discreto de una mano en el punto simple de la espalda. Sabía a sol de medianoche en la Antártida. Sabía a mediamañana de miércoles en Coyoacán.

Ella me llevó a mi citaentrevista. No me atreví a pedirle que se quedara. Me abandonó a mediacalle. Ahora sí que sola y mi alma. Temblaban mis piernas de nervios y dolor y dolor de nervio. Ciática, dice Mónica; Noática, dice Sanmillán. A falta de bastón, me aferré a mi vaso de café. No obstante lo anterior, se abrió la puerta y la empatía afloró. Bauhaus usaba muletas, debido a un esguince en el tobillo derecho. Entonces me relajé. No sólo el arte hermana a personas que otrora fueron tan lejanas.

Nada más habla si te preguntan resonaba en mi mente el consejo de mi madre pero no me sale ser tan fría y cuando menos acordé ya me sentía a mis anchas. En esa mesa estaba una oportunidad muy importante en mi vida literaria. Después de dos horas seguíamos charlando. Fue una buena y sustantiva plática. Expusimos proyectos, tomamos acuerdos. Intercambiamos la información necesaria.

Al despedirnos, Bauhaus sugirió La próxima vez que vengas tendrás que probar el Café del Jarocho. No pude más que sonreír. Ya lo probé. Le mostré mi vaso y compartimos una sonrisa de conocedoras.

Ahora sé bien a qué sabe un beso que sabe a café.  Express. De esos que despiertan lo insomne y erizan ese umbral del cuerpo, sitio de contacto, al que mucha gente le llama sólo y simplemente piel.

LSM; julio 19 de 2007

3 Responses to “Dame un beso que me sepa a café”

  1. Enis Says:

    Yo no he ido al famoso Jarocho, shame on me.
    😛

    Enis:
    Pues chamaca, ve en cuanto tengas oportunidad. Si no te gusta el café, dicen que el chocolate también está buenísimo.
    Saludos
    LSM

  2. Beatrix Says:

    Lorena querida,

    Como no supimos antes del Jarocho? caray con que ganas te hubiera invitado un cafe. Pero bueno, sera a la otra.

    Te dejo un beso, el texto me encanto.

    Beatrix

    Beatrix:
    Gracias por la invitación, bueno, yo lo tomo como una invitación a tomarnos un café Jarocho la próxima vez que coincidamos en México D.F. Gracias también por tu comentario y tus textos también tienen un disfrute exquisito. Encantada de conocerte.
    LSM

  3. oliviaenazul Says:

    Hola Lorena, pues ya estoy acá leyéndote. Con tu crónica me has despertado la nostalgia. No hay café que me guste más que el del Jarocho. Yo trabajaba cerca de ahí, a unas pocas cuadras, y era de ley que cada día pasaba a comprar mi capuchino con canela.

    Qué ganas de adelantar los meses, de que sea julio y sentarme en Coyoacán con mi café…

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