Frida Kahlo: Homenaje nacional

Adamo Boari invita. La Ópera de París preludia. Todas las ninfas dan la bienvenida. Frida está en su casa. ¡Vamos a visitarla!

Si bien el sitio es totalmente afrancesado, la explanada es siempre una fiesta mexicana. Llena de colores, gente singular, turistas leyendo mapas, vendedores ambulantes, organilleros ancestrales, fotógrafos alucinantes. Las pupilas se dispersan volteando hacia todas partes. Correo Mayor, la Gandhi, la Nacional, la Torre Latinoamericana, Los Azulejos. La promesa del Zócalo al final de la calle.

El periódico señaló que el domingo inmediato anterior cinco mil personas hicieron fila para ver la exposición homenaje nacional a Kahlo. A unos les gusta, a otros no. Yo decidí que no me lo quería perder. No soy fanática ni contra. Además el contexto determina mucho el leitmotiv de la exposición. No será lo mismo verla en la frialdad de las paredes legorretescas de Marco, en Monterrey. No. No me lo podía ni me lo quería perder.

El café del Jarocho, escogió ese momento de llegada al Palacio de Bellas Artes como el indicado para iniciar el éxodo de mi cuerpo y necesitaba un baño en calidad de urgentísimo. Subí las escaleras en perentoria situación. Mármol negro, cornisas doradas, columnas clásicas, dinteles yuxtapuestos, emplazamiento renacentista. Simetría que define y difama el espacio. Los muros gritan la música de su historia. A media escalera me diversifiqué ¿en realidad era tan urgente darle cauce a la diuresis? Esto hay que verlo y adorarlo, despacio, en cámara lenta. Esto es un escenario de la vida en el que no siempre puedo estar. Qué más da recorrerlo con los pantalones mojados. Qué más da.

Compramos los boletos. Empezamos la exposición en fila india. Ordenaditos. En la primera sala, fotografías de Frida modelando. Guapa. Es más, guapísima y sin photoshop. A mitad del recorrido una pregunta ¿Frida tiene una canción? Sólo me viene a la mente la frase de Sabina y tarareo la del huipil. Pero creo que no, no tiene corridos, ni danzones, ni cosas así. Habría que sentarse y escribirlas o en su defecto, aprenderlas y cantarlas.

Las fotos de los muertos siempre son espeluznantes. Siempre recuerdo la de mi hermana en su ataúd, con las piernitas abiertas y su vestido de olanes. Apenas cabía la pobre. Sin embargo al llegar a la de Frieda siento la paz de saber que en ese momento ya no le dolía nada.

En la otra sala, y ésta me parece la más extraordinaria, estaban sus cartas. Dispuestas para ser leídas. Fantástica en su escritura y caligrafía. Irónica. Con el grado exacto de ternura para no transformarse en autocompasión. Con la dosis precisa de amor para que nadie la llame cursi, melcocha. Y una que otra palabra altisonante para subrayar su emoción. Leer sus cartas valió mucho la pena. Sentir en código bicromático lo que tantas veces y con tantos colores intentó poner en tela. No cabe duda que siempre las letras transparentan la esencia.

De pie, leyéndola, su carta en mis manos, sentí el escozor al relatar sus operaciones. Su fuerza al comparar diagnósticos y seguir creando. Me avergoncé de mi dolorcito de espalda. Ella seguía y seguía, por más que la flagelaban. Eso en cuanto a dolor físico. Los demás se metaforizaban.

Hay una carta en la que hube de detenerme por más tiempo del que me llevó leerla. No sólo porque se trata de catorce páginas sino por lo que contiene. En ella pone en la balanza su caminar o su maternidad. Sabe que el hijo que espera necesita una madre completa; sabe que la mujer necesita caminar. Analiza las opciones que tiene, con detalles quirúrgicos que de sólo leídos transmiten lo doloroso que ha de ser padecerlos. Comenta los tratamientos posibles, pide consejos. Se muestra humilde, desconcertada y sola. Sin embargo todo el sentir se convulsiona en una sola línea que condensa la esencia de esta pareja dispar, se dirige a su lector “… te lo cuento a ti, porque no quiero distraer a Diego con estas cosas…” Hasta la Estatua de la Libertad volteó con cara de What? ¿Distraer?

No, Fridita, no. Que así no son las cosas. No. Que así no había que vivirlas. No. Que no necesitabas ser madre material. Con Diego, entre otras muchas cosas, viviste siempre tu maternidad. Leer tu carta fue de un surrealismo híbrido. Tan real que sigue impresionándome de lo increíble. Una lágrima sublima mi sentir.

Después de este encuentro estrujante con su realidad cotidiana, un paseo de imágenes por su Casa Azul, y la de Juan O’Gorman, los órganos, los alebrijes, los exvotos. Cuántas cosas lleva una vida, cuánta vida llevan las cosas. La retrospectiva pictórica me permite admirar pinturas de las que nada sabía. Que no todo es autorretratos. Obras con el equilibrio sensato de Remedios Varo. Destellos de lo extraordinario. Siempre un cajón por abrir, siempre algo más por compartir, Frida, Fridísima.

Un comentario de un joven que va delante de nosotros rompe el barullo de la multitud. ¿Tú crees que sería panista o perredista? Hasta la pregunta pasa a formar parte de esta atmósfera dadaísta. Mi acompañante y yo batallamos para no expulsarlo por impertinente.

La tienda parece performance. Postales, relojes, anillos, lápices, llaveros, ceniceros, portavasos, morrales, litografías inaccesibles, mascadas, rompecabezas, libros, billeteras, varios etcéteras. Alguien se está haciendo rico a través de todo esto. Alguienes para ser más precisa. La mercadotecnia es infinita. Hasta el cansancio, Frida.

Ya basta. Demasiado para una tarde; pero aún hay un comentario más, de esos que en Selecciones aparecen en la sección de Oído por casualidad, una chica le comenta a su novio ¡Cómo se parece a Salma Hayek! Madresanta, dicen en silencio mis cejas arqueadas. Un beso a las columnas. ¡Gracias, Bellas Artes!

 LSM; Julio 19 de 2007

2 Responses to “Frida Kahlo: Homenaje nacional”

  1. B. LoraK Says:

    Frida, la gran Frida. Yo admiro lo qué esa mujer nos legó.

    Qué grato me resulta este espacio; el café sabe mejor.
    Un abrazo, dos suspiros.

    Lorak:
    Sí, es de admirársele una cantidad de cosas y de cuestionársele -como a todo artista- otras muchas, pero sin duda es para disfrutarse o por lo menos aventurarse a andar su mundo y sentir un poco de empatía. Ojalá también puedas ir a la exposición.
    Un abrazo
    LSM

  2. gatoenlaoscuridad Says:

    La ciudad está innundada de Frida, para donde voltees está su rostro. Como sea, me alegra que se ella (Y no la Hayek, jaja).

    Yo no tenía pensado ir a ninguna exposición, pero creo que ya cambié de opinión.

    Saludos!

    Gatoenlaoscuridad:
    La verdad es que la exposición vale la pena. Ir a Bellas Artes siempre será un buen paseo. Caminar por el arte es el mejor premio que le puedes dar a tus pies después de una semana de ajetreo. Ve a ver la exposición y la comentamos.
    Un abrazo
    LSM

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