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Génesis

September 4, 2007

La diagonal Luis Mora, que tiene su punto de partida en la Casa de la Cultura, sitio de mi primer encuentro con el arte. Apenas cantar las primeras notas en la audición para el taller de música, me mandaron a pintura o escultura. La calle Juárez y el edificio de departamentos abandonado, hoy guarida de maleantes pero que en los ochentas era de lo más impresionante. Ocho pisos, elegantísimo y en esquina con sus ventanas de aluminio orientadas hacia nuestro centro comercial de infancia, el Mercado del Norte, donde mamá compraba plátanos cuando íbamos a casa de la abuela porque nunca hay que llegar de visita con las manos vacías.  La cafetería de Panchito Peña, donde adquiríamos el pan de la merienda dominical en las quincenas. El coctel de camarones, premio a las buenas calificaciones. Félix, en su joyería, reparando siempre los mismos relojes frente a la dulcería donde surtíamos la tienda.

Las señoritas de la vida galante luchando por hacer gala en su vida. Los fierreros que sabrá Dios cómo sobreviven de vender herramientas oxidadas y bocinas desbocinadas. La señora rubia chamagosa que desarma las balastras quemadas y después las repara; siempre dijeron que tenía a sus hijos estudiando en Canadá. El depósito a media calle, donde se detienen los sedientos a comprar cerveza para seguir la parranda. La paletería Lupita y las paletas de limón que comprábamos al salir de la primaria. Las tostadas de Don Nacho, preparadas con sus manos sucias y envueltas en una margarita. Don Pepe, que vendía silbatos, cerbatanas, huleras y rentaba videomágicos por diez centavos.

La carpintería de Clemente, que saca su virgen de San Juan de los Lagos a la calle para que bendiga su oficio de hacer muebles. La casa de Doña Leocadia, que jamás le cortaba la trenza a  Fernando, porque habría de cumplir una manda cuando cumpliera doce años. Salomé sonriéndome por encima de su Alzheimer, recordando la vez que le hice una broma en el kínder. La frutería de las cuatas, donde su padre siempre me ofrecía mandarinas y piñones. El salón de fiestas de la CTM, donde supe lo que era una piñata y un baile de cintas y que no siempre el eclecticismo es lo mejor para la moda, combinaba un pantalón príncipe de gales con una blusa de palmeras, lo menos gastado de mi guardarropa. De siempre, innovadora. La casa abandonada de Maru, que se sacó la lotería y jamás volvió para el barrio. La casa de los Carvajal, hundida diez escalones con respecto al nivel de calle. Don Sofío vendiendo elotes, diciéndome otra vez que no me preocupe, que él me lo apunta, que tengo crédito abierto. Sus hijos: Rito, Mónico y Carolino, una oda al feminismo.

García Márquez, para que aprendas: la panadería de los Balderas, donde no podíamos ir porque su padre había sido galán de Doña Manuela y hasta su muerte esperó que ésta quedara viuda para casarse con ella. Entoncés íbamos con Juanito, fanático de los Sultanes, que sigue vendiendo su pan chiquito, pan de pobre, a un peso la pieza. Las donas son caras, porque tiene su chiste hacer el hueco del centro con una corcholata y esas cuestan unocincuenta, pero si compras tres, te regala una campechana. La carnicería Minerva, convocando al vecindario con sus olores sobre las seis de la tarde que indicaban que los chicharrones de res ya estaban listos en el cazo, pero primero había que hacer fila en la tortillería Fela para tener el placer completo con las tortillas recién hechas y salsita de molcajete.

Los futbolitos del Warren, donde íbamos a escondidas, pues teníamos prohibidísimo acercarnos por ahí. Después supimos que vendía droga en paquetitos de cigarros Delicados, ¿Delicados o delincuentes? Mucho tiempo me tomó comprender el código de su ilicitud. La casa del Ruso y su hermana Susana, a quien le cantábamos esa canción de Menudo cuando estaba de moda, porque pasaba frente a la casa cuando andaba de romance con Edgar, el guapo y la guapa del barrio. Nunca se ha escrito más original y bella historia de amor. Mi amor de verano se llama Susana, se llama Susana… Para que te lo sepas, él nos pagaba, Susana, y una coca, repartida entre cinco, no era para desperdiciarla. Mucho menos si había que tomarle del pico y pasarla, tal y como lo hacen algunos albañiles con su caguama.

La tienda de los Güeros, donde vendían barajitas para los albums. La casa del General, que no dejaba que sus hijas salieran a la calle a jugar con nosotros y con las que hacíamos torneos de volibol a través de su reja. Planeamos algún día liberarlas, pero crecimos y olvidamos la misión.  La finca del Hermano Lara que siempre dijeron que la hicieron sin cimientos y aún es fecha que espero se caiga. El taller de Américo con sus coches chatarra y sus manos llenas de grasa. Las papelerías contiguas haciéndose competencia para venderme la obligada hoja de papel ministro que encargaban en la escuela. La maldita casa de la cruel Toñita, la única mujer que sabía poner inyecciones. Desde la ventana de un segundo piso, el arquitecto trabajando en su restirador. La Tienda Nueva, donde mi abuelo me compraba jugos y carros y donde se quedó un trozo de mi nariz y la perfección de mi barbilla. La Casa Blanca, residencia del Doctor, por antonomasia el rico del barrio, de paredes blancas, barandal blanco y coche blanco. La estética Del Alto, el paraíso de la transformación.   

El Huevomóvil y ese verano inolvidable cuando abandonaron el camión con plataforma frente a casa de mis padres. Las serenatas espontáneas con la guitarras de Moisés estoico y Román enamorado ¡Eh, Lupe, Lupita mi amor!  El amante de Doña Canuta pasando a visitarla los jueves, cinco de la tarde. Secreto a voces, de esos que todo mundo sabe pero nadie cuestiona pues él era  delegado del ferrocarril y les arreglaría el asunto a los posesionarios. Don Chema Choques, con su coche golpeado.  Don Sasquash camino a Cervecería para llenar su tina de agua, pues no quería darles molestias a los hijos cuando quedó pensionado. La casa de los Mina, que no devolvían la pelota cuando se te iba a su jardín.  El vampiro Víctor, a quien le barría su calle. Nunca dijo gracias, pero cuando fue a Michoacán, me trajo el trompo y el balero más hermosos del mundo. Mi tío Carlos, vencido por su artritis, recargado siempre en el árbol detrás de la camioneta azul. El canelo del que tomábamos provisiones para los tirabolitas.  Todo este camino he de recorrer para llegar de nuevo a posar mis manos sobre el barandal verde en la casa de mi madre, donde todos mis pasos comenzaron.

Sólo quería escribir un poema

September 4, 2007

Triste andaba. Aletargada en lo desconocido de mis cotidianeidades y dándole forma a una lágrima que caería por mis mejillas hasta que lograra el óvalo perfecto para dejarla brotar. Encendí el coche para moverme por inercia en un mundo que poco a poco se va convirtiendo en ruinas a mi alrededor. La frase vino a mi mente mientras metía reversa para salir de la cochera: El bisturí de tu adiós se abrió paso en mi piel ex profeso…bien, buen principio, sonaba bien. La garabatee en mi libreta de notas a como pude frente a un semáforo en rojo.

Llegué al Gargantúa con el germen de lo que pensé podría ser un buen poema. La exposición de fotografías versaba acerca de rupturas. A veces, la sincronía con el mundo no es algo que provoque sonrisas. Diversas heridas colgaban en la pared. Decidí quitarme los anteojos, así percibiría las imágenes difuminadas por la miopía.

Seguí sobre mi idea. El bisturí tendría que llegar al corazón; sí, pero no sabía cómo. No sonaba fácil que sólo al clavarlo fuera a dar al miocardio. Tendría que atravesar diversas capas de piel, membranas, tejidos. Necesitaba documentarme para que el poema tuviera su dosis de realidad y después trabajar en las metáforas. Regresé a casa dándole vueltas a mi primera línea. Cuando vi las placas del coche que estaba estacionado frente a la casa sentí que la sincronía con el mundo había vuelto a su orden perfecto, acordándose de mí, incluyéndome en el ritmo del mundo. Rosario, la doctora, había venido a visitarnos.

Entré a casa con la pregunta en los labios, pero la cortesía demanda primero saludar, comentar las noticias de la nota roja, preguntar por su trabajo, por el hijo. Además la noche era joven, apenas pasaba de las nueve de la noche. Busqué el momento oportuno para askear mi question, pero ninguno me resultaba prudente. ¿Te sirvo café—no sabes qué atraviesa un bisturí para llegar al corazón? ¿Quieres hielos—cómo se llaman las capas de la piel?

La generosidad existe también en los invitados. Fue ella quien sacó el tema. ¿Y cómo vas con tus escritos? Poca cosa, casi nada, por cierto, ¿me podrías ayudar con un poemita que trato de escribir? Sucede que tengo una primera línea pero no sé cómo continuar. ¡Ah! ¡Claro que puedo ayudarte!

La doctora empezó relatándome un caso que llegó a la sala de urgencias durante el primer día de su residencia. Llegó una muchacha desnucada, se había caído de un caballo y la trasladaron en una camioneta, desde el sur de la ciudad hasta el Hospital Universitario. Más de una hora de travesía. La chica llegó muerta. Es que en urgencias ves cada caso. ¿Y el corazón? Preguntaba yo desde el silencio de mi estupefacción.

Ella siguió con el hilo de la conversación, monopolizándola. Argumentó en contra de las series de televisión que involucran doctores, se burló de cómo resuelven las cosas, de la tecnología inexistente, pero defendió al Dr. House. Habló de los casos y de cómo los practicantes se los pelean y de las novatadas a los internos.

Ahogada en sonrisas nos contó cuando en un accidente llegó el director de cierta preparatoria con su acompañante femenina. Todos pensaron que era la esposa y no escatimaron esfuerzos ni recursos para atenderla de inmediato. PRIO-RI-TA-RIO decía en la etiqueta de todos los procedimientos que le mandaron hacer, necesarios o no. Cuando falleció, como el hombre estaba grave e inconsciente, alguien tomó la iniciativa de avisarle a los hijos que habían perdido a su madre. La fallecida no era la esposa sino la amante. La buena noticia significó el despido y el divorcio para alguien.

De Urgencias pasó a la rotación en Ginecología. Entonces vivió muchas cosas que la hicieron temblar cuando se embarazó. Llegó a tener a su hijo por parto natural y éste derivó en cesárea. Supe entonces cómo se llama la incisión esa que se hace en la entrada de la vagina para que el producto pueda pasar con mayor facilidad. Supe de las maniobras que a veces se tienen que hacer para extraer la placenta sin dañar el útero. Supe exactamente cada detalle del nacimiento de su hijo adolescente. ¿Y el corazón? La esperanza, dicen, es lo último que muere y  a las once de la noche aún esperaba que resolviera mi duda.

La cátedra continuó. Sobre los dializados, los enfermos terminales, las exigencias de los que van a cirugía, las veces que le han vomitado sobre su bata limpia, el pleito que tuvo en el consultorio cuando le diagnosticó a una mujer monógama el virus del papiloma humano y cómo el marido casi la asesina por descubrirle sus actividades extramaritales.

A la una de la mañana, bostezando, la despedimos en la puerta de la casa. Afuera hay un mosaico medio flojo. Repárenlo pronto, la otra vez llegó al hospital un hombre con la clavícula rota porque se cayó de un escaloncito así de pequeñito y ya me voy, porque los peores accidentes ocurren de madrugada. Y se fue. Y del bisturí y del corazón ya no supe nada.