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Mira si yo te querré

September 10, 2007

La mirada más bella de todas las miradas posibles. Esta es la última línea del libro que acabo de leer. Atravesé el punto más angosto de un embudo con todas las emociones de la última página envolviendo en un turbante el rescoldo de mi corazón y al final solté la tensión acumulada en forma de lágrima. Hace mucho que no me sucedía eso, por tal razón vale la pena compartirlo.

Los títulos son pieza clave de las obras artísticas. En lo personal, me molestan los poemas, cuentos y pinturas “Sin título”. A mi parecer, denuncian la falta de creatividad, la poca disciplina, aunque también son señales de espontaneidad y permiten que el espectador se involucre con la obra al ponerle su propio nombre. En este libro, Mira si yo te querré, el título tiene tanto que ver con la trama que resulta difícil imaginar otro. Además, condensa la historia en una línea y para resumir en cinco palabras una novela que implica tantas variables, se requiere maestría.

Luis Leante comparte su afán literario en la octava de sus obras de largo aliento, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2007. El título ya me había atrapado, la mercadotecnia también había hecho lo suyo con mi sed de lectura, pero lo definitivo fue la presentación que Felipe Montes hizo en el antiguo Palacio de Correos, en Monterrey. El poeta, sensible por definición, transmitió su visión basado en conceptos literarios. Señaló el ritmo fluido y preciso, la estructura no lineal, el narrador dosificador de la tensión y la información, el desierto como un personaje, la diferencia de clases sociales, el franquismo y una canción como hilo conductor. Por encima de los demás conceptos artísticos, eso de la melodía me atrapó.

Nunca olvidamos la canción que estaba de moda cuando nos enamoramos por primera vez, o la que bailamos con nuestro primer amor o aquella que nos cantaron en una serenata. Nunca. Y este no es un tema relevante, hasta tiene su tinta de cursilería, lo trascendente es saber tejer una historia interesante justo como hace el escritor español.

Hay que tener ciertas dotes de saltimbanqui y una brújula para adentrarnos en la aventura, los personajes y los diversos tiempos en que sucede la acción, pero una vez que estamos inmersos en el desierto, pasando por Barcelona y regresando de las jaimas a la ciudad de Gaudí, ya somos habitantes del universo donde suceden las cosas. La empatía aflora con el diseño de los personajes y el modo en que nos cuentan su vida y su papel en la historia. Todo el tiempo se va desdoblando ante nuestros ojos la realidad tejida con artificios de fantasía. Se nos entregan las piezas de un romántico mecano que se desdobla en la mesa dando paso a un penélope contemporáneo que no renuncia a su dosis de drama.

Compré el libro en Bellas Artes, en mi viaje a México, pero estaba en la fila de libros por leer. El miércoles pasado, fui al IMSS a hacer unos trámites y decidí llevármelo para leer en los tiempos muertos y recuperar la vida. Sin saber, escogí el sitio más adecuado para conocer a la protagonista, Montserrat Cambra, doctora barcelonesa, quien encuenta entre las pertenencias de una paciente agónica una fotografía donde aparece Santiago San Román, su novio de juventud a quien dejó de ver después de encontrarlo en una cafetería con una rubia. Montse quedó embarazada. Santiago se fue a Zaragoza a cumplir con el servicio militar.  

El oficio diario del soldado, es su virtud y defecto existencial.  Lo mismo le sirve para conseguir ascensos que después ameritar el calabozo. Mi frase emblemática todo puede empeorar cobra su cuota en el capítulo donde a pesar de todos sus esfuerzos y habilidades y después de atravesar muchos vericuetos, llega a esa cita que el destino tenía pactada para él desde el día de su nacimiento. La tragedia sucede y lo envuelve. Una capa más en su inventario de infortunios.

Montse, al encontrar la foto de quien creía muerto, da un repaso a su vida y decide ir a buscarlo. Indaga sobre su paradero y esto la conduce al desierto. Planear los viajes es asunto de emoción, que sucedan cómo uno se los imagina resta espacio a las sorpresas. Cuando aterriza cerca del Sáhara, su itinerario de reencuentro orbita fuera del espectro de las cosas esperadas. El dibujo irrepetible de las dunas es una metáfora de las relaciones humanas. La imagen de un dromedario muerto a mitad del desierto es de una amargura tal que no hay dátiles suficientes para cubrirla de dulzura. El veneno de un alacrán conducirá a Montse a dar por terminada su búsqueda.

La misma canción de aquella noche que bailó con él, en ese momento inolvidable, sonará en el desierto de su alma cuando frente a ella vuelva a ver la mirada más bella de todas las miradas posibles. Y entonces, cerraremos el libro, tomaremos los kleenex, aplaudiremos a Leante y correremos al espejo a reencontrarnos con nosotros mismos y con ese pasado que se indigna tanto cuando creemos que podemos reeditarlo; pero todas las historias son distintas y tal vez exista por ahí alguien que haya podido lograrlo. Sí así fuera, que se aplique como Leante y anda pues a novelarlo.

 

 

 

Derecho a la tristeza

September 10, 2007

Comparto ahora otro artículo de Ximena Peredo, “Derecho a la tristeza” publicado el lunes 3 de septiembre en el periódico El Norte.

Algunos amigos me han preguntado si ya leí el libro o vi la película “El Secreto”; ante mi doble negativa, comienzan a platicarme sobre la historia, y, mientras ellos desdoblan el argumento, yo me voy asustando.

Según lo que me han dicho, “el secreto”, básicamente, consiste en pensar positivo, en desear la abundancia y en no dejarse abatir por sentimientos de pesadumbre o desesperación. Los triunfadores de este mundo deben negar su derecho a la tristeza.

El artículo que ayer publicó Carlos Monsiváis en EL NORTE, “Las vicisitudes del humanismo”, me acompañará por mucho tiempo. Monsiváis nos sacude de los hombros y nos pregunta por el humanismo y por los ideales con la nostalgia de un paleontólogo.

Nos pregunta por la deuda de indignaciones que tenemos con el ser humano y con el planeta. La pregunta consecuente a estos cuestionamientos es tal vez más dolorosa, ¿qué nos queda de humanos?

La tristeza es un signo inequívoco de humanidad.

Encuentro una belleza especial en el quiebre de un cuerpo que estalla hacia fuera en gotas saladas, cansado de trabajar, de obedecer y cumplir. La persona se agota de escalar con la mandíbula trabada y cae al primer escalón llorando. ¡Qué hermoso puede ser el fracaso! Mientras los robots y las máquinas nunca se equivocan, el ser humano sí que lo hace.

Por supuesto, esto no es conveniente para la lógica mercantil y cuasifeudal en la que nos encontramos. La trampa de “El Secreto” está justamente en que sobreestimula la negación de la realidad. Bajo el argumento de desear la abundancia, no podríamos quejarnos con el jefe, ni pedir un aumento, ni sentirnos tristes. Todo lo contrario, trabajaremos más, nos quejaremos menos, tendremos por obligación que ser felices.

Es natural sentirse abatido en estos tiempos traicioneros, en donde disminuimos de estatura moral todos los días y casi sin percibirlo. Trabajar tanto y muchas veces con el único estímulo de ganar dinero, a cualquiera debería sacarlo de la jugada. Aunque dejemos de apretar el botón, de conducir el camión o de dirigir la junta, vale la pena recuperar un pedazo de humanidad. Por eso, paradójicamente, la invasión de la tristeza debería alegrarnos.

Pero esta lógica deshumanizante tampoco ignora la posibilidad de que “los débiles” se tropiecen. Para ellos se ha creado un mundo de fantasía en donde pueden ir a recuperar su entusiasmo. En este sentido, me preocupa la felicidad de los centros comerciales.

Las facilidades de pago para comprarse autos, televisores, celulares; obviamente, para la lógica de los seres consumidores, la moda es la sanadora de nuestros tiempos.

Nada puede hablarnos mejor de quiénes somos que nuestra propia tristeza, tal vez por eso la subastamos sin muchos miramientos. La tristeza nos aísla de todos para susurrarnos quiénes somos, a qué tememos, qué nos quiebra.

A veces, me pregunto si no estamos ya todos locos cuando nos atrevemos a vivir como si nada pasara; acostumbrados a los fraudes, a las injusticias, a la nulidad. Salimos a trabajar, frescos, saludamos a los compañeros de la misma forma que lo hicimos ayer, nos resistimos todo lo posible a enfrentarnos a lo que nos duele y perturba.

El secreto de la abundancia no creo que sea una fórmula individual, que cada quien en la soledad deba repetirse una y otra vez. Bienaventurado todo el que repara en el cielo gris y la llovizna. Bienaventurado el que defiende, pese a todo, su derecho a la tristeza.

Ximena Peredo