Derecho a la tristeza

Comparto ahora otro artículo de Ximena Peredo, “Derecho a la tristeza” publicado el lunes 3 de septiembre en el periódico El Norte.

Algunos amigos me han preguntado si ya leí el libro o vi la película “El Secreto”; ante mi doble negativa, comienzan a platicarme sobre la historia, y, mientras ellos desdoblan el argumento, yo me voy asustando.

Según lo que me han dicho, “el secreto”, básicamente, consiste en pensar positivo, en desear la abundancia y en no dejarse abatir por sentimientos de pesadumbre o desesperación. Los triunfadores de este mundo deben negar su derecho a la tristeza.

El artículo que ayer publicó Carlos Monsiváis en EL NORTE, “Las vicisitudes del humanismo”, me acompañará por mucho tiempo. Monsiváis nos sacude de los hombros y nos pregunta por el humanismo y por los ideales con la nostalgia de un paleontólogo.

Nos pregunta por la deuda de indignaciones que tenemos con el ser humano y con el planeta. La pregunta consecuente a estos cuestionamientos es tal vez más dolorosa, ¿qué nos queda de humanos?

La tristeza es un signo inequívoco de humanidad.

Encuentro una belleza especial en el quiebre de un cuerpo que estalla hacia fuera en gotas saladas, cansado de trabajar, de obedecer y cumplir. La persona se agota de escalar con la mandíbula trabada y cae al primer escalón llorando. ¡Qué hermoso puede ser el fracaso! Mientras los robots y las máquinas nunca se equivocan, el ser humano sí que lo hace.

Por supuesto, esto no es conveniente para la lógica mercantil y cuasifeudal en la que nos encontramos. La trampa de “El Secreto” está justamente en que sobreestimula la negación de la realidad. Bajo el argumento de desear la abundancia, no podríamos quejarnos con el jefe, ni pedir un aumento, ni sentirnos tristes. Todo lo contrario, trabajaremos más, nos quejaremos menos, tendremos por obligación que ser felices.

Es natural sentirse abatido en estos tiempos traicioneros, en donde disminuimos de estatura moral todos los días y casi sin percibirlo. Trabajar tanto y muchas veces con el único estímulo de ganar dinero, a cualquiera debería sacarlo de la jugada. Aunque dejemos de apretar el botón, de conducir el camión o de dirigir la junta, vale la pena recuperar un pedazo de humanidad. Por eso, paradójicamente, la invasión de la tristeza debería alegrarnos.

Pero esta lógica deshumanizante tampoco ignora la posibilidad de que “los débiles” se tropiecen. Para ellos se ha creado un mundo de fantasía en donde pueden ir a recuperar su entusiasmo. En este sentido, me preocupa la felicidad de los centros comerciales.

Las facilidades de pago para comprarse autos, televisores, celulares; obviamente, para la lógica de los seres consumidores, la moda es la sanadora de nuestros tiempos.

Nada puede hablarnos mejor de quiénes somos que nuestra propia tristeza, tal vez por eso la subastamos sin muchos miramientos. La tristeza nos aísla de todos para susurrarnos quiénes somos, a qué tememos, qué nos quiebra.

A veces, me pregunto si no estamos ya todos locos cuando nos atrevemos a vivir como si nada pasara; acostumbrados a los fraudes, a las injusticias, a la nulidad. Salimos a trabajar, frescos, saludamos a los compañeros de la misma forma que lo hicimos ayer, nos resistimos todo lo posible a enfrentarnos a lo que nos duele y perturba.

El secreto de la abundancia no creo que sea una fórmula individual, que cada quien en la soledad deba repetirse una y otra vez. Bienaventurado todo el que repara en el cielo gris y la llovizna. Bienaventurado el que defiende, pese a todo, su derecho a la tristeza.

Ximena Peredo

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One Response to “Derecho a la tristeza”

  1. Dora Says:

    Me encantó lo que he leído de ti. Entre algunos amigos creamos esta página: http://www.lacasadeasterion.net ojala puedas echarle un ojo y decidas que vale la pena acompañarnos
    Un abrazo desde Tamaulipas
    Dora

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