Mira si yo te querré

La mirada más bella de todas las miradas posibles. Esta es la última línea del libro que acabo de leer. Atravesé el punto más angosto de un embudo con todas las emociones de la última página envolviendo en un turbante el rescoldo de mi corazón y al final solté la tensión acumulada en forma de lágrima. Hace mucho que no me sucedía eso, por tal razón vale la pena compartirlo.

Los títulos son pieza clave de las obras artísticas. En lo personal, me molestan los poemas, cuentos y pinturas “Sin título”. A mi parecer, denuncian la falta de creatividad, la poca disciplina, aunque también son señales de espontaneidad y permiten que el espectador se involucre con la obra al ponerle su propio nombre. En este libro, Mira si yo te querré, el título tiene tanto que ver con la trama que resulta difícil imaginar otro. Además, condensa la historia en una línea y para resumir en cinco palabras una novela que implica tantas variables, se requiere maestría.

Luis Leante comparte su afán literario en la octava de sus obras de largo aliento, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2007. El título ya me había atrapado, la mercadotecnia también había hecho lo suyo con mi sed de lectura, pero lo definitivo fue la presentación que Felipe Montes hizo en el antiguo Palacio de Correos, en Monterrey. El poeta, sensible por definición, transmitió su visión basado en conceptos literarios. Señaló el ritmo fluido y preciso, la estructura no lineal, el narrador dosificador de la tensión y la información, el desierto como un personaje, la diferencia de clases sociales, el franquismo y una canción como hilo conductor. Por encima de los demás conceptos artísticos, eso de la melodía me atrapó.

Nunca olvidamos la canción que estaba de moda cuando nos enamoramos por primera vez, o la que bailamos con nuestro primer amor o aquella que nos cantaron en una serenata. Nunca. Y este no es un tema relevante, hasta tiene su tinta de cursilería, lo trascendente es saber tejer una historia interesante justo como hace el escritor español.

Hay que tener ciertas dotes de saltimbanqui y una brújula para adentrarnos en la aventura, los personajes y los diversos tiempos en que sucede la acción, pero una vez que estamos inmersos en el desierto, pasando por Barcelona y regresando de las jaimas a la ciudad de Gaudí, ya somos habitantes del universo donde suceden las cosas. La empatía aflora con el diseño de los personajes y el modo en que nos cuentan su vida y su papel en la historia. Todo el tiempo se va desdoblando ante nuestros ojos la realidad tejida con artificios de fantasía. Se nos entregan las piezas de un romántico mecano que se desdobla en la mesa dando paso a un penélope contemporáneo que no renuncia a su dosis de drama.

Compré el libro en Bellas Artes, en mi viaje a México, pero estaba en la fila de libros por leer. El miércoles pasado, fui al IMSS a hacer unos trámites y decidí llevármelo para leer en los tiempos muertos y recuperar la vida. Sin saber, escogí el sitio más adecuado para conocer a la protagonista, Montserrat Cambra, doctora barcelonesa, quien encuenta entre las pertenencias de una paciente agónica una fotografía donde aparece Santiago San Román, su novio de juventud a quien dejó de ver después de encontrarlo en una cafetería con una rubia. Montse quedó embarazada. Santiago se fue a Zaragoza a cumplir con el servicio militar.  

El oficio diario del soldado, es su virtud y defecto existencial.  Lo mismo le sirve para conseguir ascensos que después ameritar el calabozo. Mi frase emblemática todo puede empeorar cobra su cuota en el capítulo donde a pesar de todos sus esfuerzos y habilidades y después de atravesar muchos vericuetos, llega a esa cita que el destino tenía pactada para él desde el día de su nacimiento. La tragedia sucede y lo envuelve. Una capa más en su inventario de infortunios.

Montse, al encontrar la foto de quien creía muerto, da un repaso a su vida y decide ir a buscarlo. Indaga sobre su paradero y esto la conduce al desierto. Planear los viajes es asunto de emoción, que sucedan cómo uno se los imagina resta espacio a las sorpresas. Cuando aterriza cerca del Sáhara, su itinerario de reencuentro orbita fuera del espectro de las cosas esperadas. El dibujo irrepetible de las dunas es una metáfora de las relaciones humanas. La imagen de un dromedario muerto a mitad del desierto es de una amargura tal que no hay dátiles suficientes para cubrirla de dulzura. El veneno de un alacrán conducirá a Montse a dar por terminada su búsqueda.

La misma canción de aquella noche que bailó con él, en ese momento inolvidable, sonará en el desierto de su alma cuando frente a ella vuelva a ver la mirada más bella de todas las miradas posibles. Y entonces, cerraremos el libro, tomaremos los kleenex, aplaudiremos a Leante y correremos al espejo a reencontrarnos con nosotros mismos y con ese pasado que se indigna tanto cuando creemos que podemos reeditarlo; pero todas las historias son distintas y tal vez exista por ahí alguien que haya podido lograrlo. Sí así fuera, que se aplique como Leante y anda pues a novelarlo.

 

 

 

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3 Responses to “Mira si yo te querré”

  1. Jéssica de la Portilla Montaño. Says:

    Tienes toda la razón sobre los textos llamados “Sin título” (¿qué no dicen que el escritor más prolífico de la Literatura se llama… Anónimo?). Ja ja, al “MiniFix” que escribí le iba a poner así: Sin título… ¿qué tal si el título resultaba ser más largo que el propio texto???

    *Gina*

    Gina:
    Hay un nombre para ese tipo de cosas, cuando los títulos son más grandes que el texto. Deja echarle una ojeada a mis apuntes y enseguida te lo comento.
    Un abrazo mientras tanto. En serio, léelo. Vale la pena.
    LSM

  2. Guille Says:

    Yo también me estremecí con ese libro. “Mira si yo te querré”, ufff qué fuerte por todo lo que implica decirlo y sobre todo sentirlo.
    A mí también me estremeció mucho esa última línea del libro, y no sólo una sino muchas lágrimas derramé.
    Saludos.
    MVA

  3. VGM Says:

    Si el contenido es profundo e importante, el titulo considero que no importa tanto

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