¿Serena?

Ya en casa, desahogo mi emoción y comienzo los agradecimientos hablando por teléfono. Marisa feliz. Jez también. Lo mismo mi madre y mis hermanos. Ximena desde Mérida.

Declino ir a la conferencia de prensa. Hay que seguir con la vida real. Llevar a mamá al médico y hacer vueltas. Llevo el libreto a Talparte para que me hagan favor de entregárselo. Me gustaría que sepa que busqué por todos lados la forma de hacérselo llegar.

Más tarde llego a mi taller de escritura cantando ¡Alegría! Los Bocetos empatizan conmigo lo mismo que se burlan. Ironizan sobre que mañana saldrá en el periódico el encuentro. Soporto la carrilla y compartimos emociones y textos. Marcelo se muestra entusiasta. Jorge, Lorena y Daniel, sonríen.

Cuando se termina el taller, aún cantando ¡Alegría!, decido pasar por donde da el concierto privado. Se necesita invitación, de ir, sólo podré escucharlo fuera. Dejo a Lorena en la parada del camión cerca de Fundidora. Me acerco. Se escucha su voz. Encuentro donde dejar mi coche. Me bajo.

Partisano me sirve de alfombra para encontrar un lugar frente a la reja. Hay varias personas afuera. Comienzo a bailar y cantar. Me freno. Son un montón de extraños viéndome hacer el ridículo. La frase resuena en mi mente. Exacto: son un montón de extraños viéndome hacer el ridículo. Me desato. Bailo y canto sola como cuando lo fui a escuchar afuera de la Monumental Monterrey.

Cuando canta Amiga, le doy un repaso a todas las amigas de mi vida. Me detengo en Marisa. Quisiera compartir el momento con ella. Pero nada. Sigo sola. Bailando en una sola pierna.

Un hombre se acerca. Pienso que me va a pedir que me esté quieta. Lo veo feo. Él extiende su mano derecha y me ofrece un boleto al mismo tiempo que pone en mis hombros una camiseta. Es que tú tienes que estar dentro, se ve que te gusta mucho. Cojo el boleto, le planto un beso y le doy un abrazo y me interno hasta un muy buen lugar en el centro del auditorio.

Bosé está en el escenario, disfrutando su hacer. Dame una isla en el medio del mar… ¿Y dónde más la quieres, corazón? Hasta le perdono el pleonasmo entendiéndolo como licencia poética. Yo lo veo y lo veo y lo veo y estática ahora no puedo dejar de pensar que hace sólo unas horas lo tuve entre mis brazos. Termina el concierto cantándome Nena, una ola, una ola, una ola, una ola de emoción. ¡Papito, acá está tu hijita!

Lamento el sudor de mi cuerpo, pues con él se borra toda evidencia de su paso por mi piel. No importa. Yo sé lo que sé. Regreso a casa. Apenas tengo ánimo de escribir un mail. Vuelvo a ver la foto donde estamos juntos. Caigo cual salamandra en su escondrijo, agotada por todas las emociones de las últimas treintayseis horas de mi vida. ¿Sucedió o lo soñé?

LSM; Octubre 17 de 2007

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