Fue tan bello caer a sus pies

Despierto temprano. Ilusionada y enamorada. En la televisión aún no hay noticias. Voy a la papelería a que me engargolen los libretos. Café para la desmañanada. La chamaca me entrega los libretos. Los reviso. En el primero aparecía de portada la página quince, en el segundo la veintidós, en el tercero la cuarenta y uno y así en los demás.

No lo puedo creer. Es tan inconcebible. No sé en qué momento sucedió eso. Se traspapelaron. ¿Cómo? Nunca lo sabré. Retiramos el espiral y comienzo a compaginarlos de nuevo. Sin prisa, despacio, pero acelerada en el alma. La parte sensata de mí me regaña. Y qué tienes tú que andar haciendo estas jaladas.

Ya con los libretos listos regreso a casa por Grace. Marcela Boseída informa. Dice el periódico que se prevee que llegará por la mañana. Ya son las diez. ¿Aeropuerto o Talparte? La decisión me toma un minuto. Vámonos al aeropuerto.

En el coche escuchamos la canción emblemática Te diré, aquí tienes los cuentos que escribí. Camino al aeropuerto veo el carril contrario. Todas las camionetas con vidrios polarizados podrían ser Lacamioneta. Llegamos al aeropuerto.

Pregunto a los taxistas. Llegó ayer. Pregunto a las intendentes. Ah, yo no sé, sólo trabajo de día. Pregunto a los de las tiendas. Los reporteros iban para llegadas internacionales. Voy al otro extremo del aeropuerto. Pregunto a los reporteros. Esperamos a Incubus. ¿Y de Bosé no saben nada? Llegó ayer, en la noche. Uh.

Regreso con Grace. Una persona se ofrece a preguntar a la torre de control, pues algunos artistas piden seguridad. No saben a qué hora llegará, pero sabe que no llegó ayer. Un hombre se acerca y me dice Oiga, pero él llega al Aeropuerto del Norte. Yo ya no sé qué hacer. Sólo esperar. Esperar y confiar, como dice El Conde de Montecristi en su línea final.

Mientras lo esperaba, llega un vuelo. Ahí vienen los de Incubus. Uno de los chavitos arreglaba su maleta frente a mí. Supuse que cualquier fan de ese grupo se cambiaría por mí. Pensé que tal vez en alguna parte del aeropuerto estaba sucediendo lo mismo pero en sentido inverso. Entrevistan a una modelo que viene en el mismo avión. Me acerco para ver si es Rebeca de Alba. No es. Me retiro. Un hombre sostiene un cartel con el nombre de Jordi Rosquillas impreso. Aunque me sonaba el nombre, lo confundí con el cuate que sale con Adal Ramones. Grace me lo lee en voz alta. ¿Qué no es tu amigo? No, yo no me junto con esas personas.

El tiempo pasa en cámara loca. Se va acabando la oportunidad. Me repaso en tantas cosas. Pensamientos inconexos ocupan mi mente. Siempre me han gustado los aviones. Los viajes. Viene a mi memoria la llegada a Madrid, el regreso a México. Todos los abrazos que he dado en esa sala. Todas las alegrías y los dolores de las despedidas. Y entonces, llegó.

Siempre pensé que en cuanto lo viera, mis piernas se derretirían, pero no fue así. Apenas lo vi, aún sin poderlo creer, mis ojos llenos de la imagen por tanto tiempo anhelada. Ahí estaba, frente a mí, a sólo unos metros de distancia. Efímero pero tan real. Mi sueño alcanzado. Mi meta lograda. Voltee para buscar a Grace, que se había ido a curiosear a una tienda.

Apenas lo vi, en mis pies estalló la pólvora contenida por años y me lancé a su encuentro. Le pedí prestados a Jez sus tatuajes de alas de ángel para que mis tobillos me condujeran a sus brazos. Her-mo-so. Se-re-no. Mi corazón se convirtió en el eco estereofónico de un maremoto existencial.

Me acerqué a él, transida de emoción. Abrazó a la chica que había ido a recogerlo. Y entonces sucedió algo mucho más allá de cualquiera de mis grandes sueños. Por inercia me abraza. Hola, mis niñas Su voz. Ah, que será que será que será esa voz… Su voz, lo más cerca de mis oídos.

Me perdí en su abrazo para reencontrarme con su cuerpo pegado al mío. Su imagen, su arte, su figura, su filosofía. Su voz profunda, escuchada en discos, en la tele, en concierto, ahora rasgaba el aire para instalarse en el espacio que para él había guardado desde siempre en mis oídos.

En su abrazo sentí a Dalí, a Picasso, a Andy Wharhol, Camilo Sesto, Lucía Bosé. Trae consigo todo su acervo de personas importantes. Borré de mi mente y del mundo a Paulina Rubio, Julieta Venegas y demás. Y esos mismos brazos ahora rodeaban mi cuerpo. Su barba raspó mi mejilla derecha. Espinas de la rosa de Jericó en mi rostro. Sentí en mi piel una tormenta de caricias arrancándome la última capa de la epidermis. Una cicatriz deliciosa que deseo conservar para siempre. Olía a causas y azahares. Olía a tranquilidad. Olía a cincuenta años de talento. Olía a Don Diablo, a Amante Bandido y al Hijo del Capitán Trueno.

Al soltar el abrazo, de puntitas, le planté un beso en la mejilla. No de esos besos que se dan al aire. No. Un beso a toda regla. Buscando sanar esa cicatriz de infancia, misterio entre sus misterios, que le sienta tan bien. Sus ojos, de un azul verde irremediable, detrás de sus anteojos.

No sé, no recuerdo qué le dije mientras le entregué los textos. Su perfil, las venas de sus manos, la extensión de sus dedos sobre mis letras llenaron la imagen hueca en el centro de mis ojos. Salimos juntos del aeropuerto. Abordó su camioneta.

La chica del periódico me pregunta qué le entregué. Le contesto. Grace me abraza como sólo ella sabe hacerlo. ¡Lo lograste! Sí. Contesto temblando viendo frente a mí el movimiento entero del universo. El aeropuerto sigue siendo el mismo, pero todo el mundo frente a mí se ha detenido. Lo veo en su camioneta. Vamos a pedirle una foto. No, ya déjalo, no lo molestes. Vamos. No, ya déjalo, ya conseguiste lo que querías, ya hiciste lo que esperabas, ya le dijiste lo que necesitabas. ¡No! Se me olvidó decirle eso de tan bello es caer a tus pies! Yá déjalo. No. A eso sí me regreso.

Voy hasta su camioneta. Le pido que baje el vidrio. Lo hace. Trastabillo y tiemblo. Le extiendo mi libreta de notas pidiéndole un autógrafo como adolescente y fan predecible. ¿Cómo dijiste que te llamáis? Para Lorena, por favor. Mientras firma le digo No me quiero ir y no me voy a ir sin antes decirte Tan bello es caer a tus pies. Interrumpe la firma. Se sorprende. ¡Ah! De su extenso repertorio saca la mejor y más espontánea de sus sonrisas. Su voz ronca me acaricia entera. Aire soy. Sí, señor, aire eres. Pues muchas gracias, Lorena. Gracias a ti.

La camioneta arranca. Él se va. Ignora que se quedó para siempre inscrito en la piel de mi alma. Grace y yo caminamos hacia el coche. Yo que era toda palabras, ahora estoy en total silencio. Besé el aire. Abracé el aliento. Llegamos al coche. Olvidó pagar.

Regreso al cajero. Tiemblo, batallo para insertar el boleto. Alguien pone la mano sobre mi hombro derecho. Señorita Sanmillán, qué gusto de verla. Es Jordi Rosquillas, mi amigo. Su rostro encierra la definición de un hombre guapo y afable. No hilé el nombre con su imagen por andar en las nubes, boseída. Te traje con el pensamiento. Todo mi vuelo venía pensando en ti; Bosé venía en el mismo avión. No sabía cómo avisarte.

Es al primer amigo que le cuento mi encuentro. En un abrazo le comparto mi emoción. No cabe duda, tener amigos es fascinante. Saber que tus cosas, por pequeñas que sean, le importan a alguien. Decir te quiero es tan cierto, tan verdadero. Cierro los ojos, guardo en mis párpados la sonrisa de Bosé, los ojos de Jordi, la mirada de Grace y abandono el aeropuerto con el corazón envuelto en una salsa de afectos.

LSM; Octubre 17 de 2007

One Response to “Fue tan bello caer a sus pies”

  1. Gina Halliwell Says:

    UFFF… ¡SUERTUDAAA!!!

    Gina:
    Suerte nunca. Me costó perseverancia y un montón de trabajo. Sudé sangre para lograrlo. Un abrazo
    LSM

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