Archive for February, 2008

Lunes

February 27, 2008

A mucha gente no le gustan los lunes. A mí sí. Me deleito viendo a la gente bañadita, modorra, de mal humor en la parada del camión, apresurada caminando rumbo al trabajo o a la escuela, perfumados, peinados, encorbatados, consultando su reloj. Algo tienen de mágicas estas mañanas. A mí me gusta reencontrarme con mis pendientes, subir de nuevo a la rueda de la fortuna que traza la rutina.

Suelen despertarme las mamás histéricas que vienen a traer a sus hijos a la escuela que está a la otra cuadra de mi casa. Suenan el claxon pues andan de prisa. Mil veces he querido hacer una manta, depende de mi estado de ánimo. “Pendejo.-Dícese de aquella persona que toca el claxon cuando el semáforo está en rojo” o bien “¡Silencio! Artista creando” pero nunca he tenido el valor para hacer ni la una ni la otra.

El primer café de la mañana tiene que estar en mi garganta antes del tercer bostezo. Desayuno pan con mantequilla de cacahuate. Subo al estudio, prendo la laptop y abro mi libreta roja de pendientes. Sigo bostezando. Leo en el periódico la editorial de Ximena Peredo y después el resto. Leo y escribo mails. Nuevos pendientes se suman a los anteriores. Varias llamadas por teléfono.

Mi ropa está planchada desde la noche anterior. Mi uniforme de arquitecta, camisa y pantalón de mezclilla, con la gorra del mismo color que la blusa. En el buró están mis anillos y mi reloj. Bajo a tomar un baño y homenajeo a Valentín Elizalde cantando en la regadera. Salgo bostezando del baño. Me visto. Escribo un poco en mi diario, cargo la lavadora y preparo la comida. Como, tiendo la ropa, me tomo un café y reposo un rato.

Tomo mi flexómetro, los planos, las llaves y salgo a mi coche. Bosé me acompaña desde el reproductor de discos. Tan bello es caer a sus pies… No entiendo mucho la dinámica del tráfico. Eso sí suele fastidiarme. Ojalá tuviera un chofer o fuera teletransportable. Recorro los treintayocho kilómetros que me separan de la construcción en Zuazua.  Pago las facturas pendientes de los materiales. Platico con Don Miguel, con Yolanda o con quien esté. Descubro que de pronto hasta me gusta ser sociable.

Don Jesús, el mayordomo, sale a recibirme. Saludo a todos mis trabajadores. Sus manos ásperas del trabajo se rozan con las mías encallecidas por el volante. Bromeo con ellos. Escuchamos música tropical y corridos en la grabadora. Se están colgando de la luz del vecino y ahora sí tenemos música. Aprendo nuevos vocablos: “la macisez del terreno”, “antonces le hacemos ansina”. Tomo fotografías y anotaciones para la bitácora. Doy nuevas instrucciones según el avance. Construir es caminar sobre las ideas.

Antes de llegar a casa, paso a ver a mi madre. Me ofrece un café que tomo con placer. Platico con ella un rato mientras en la laptop paso en limpio las facturas. Regreso a casa y el resto de la tarde lo paso escribiendo o leyendo. Todo esto mientras empieza el Dr. House, entonces el mundo se detiene sólo para verlo.

House se termina. Bostezo de nuevo. Me arrulla el NatGeo. Ni te imaginabas. Duermo. 

Yo-Ga-Oh!

February 27, 2008

Siete y media de la mañana. La clase de yoga inicia descalzándonos y  con un acto de suprema humildad y fraternidad entre los compañeros, extendemos el tapete para los demás mientras alguno de ellos hará lo mismo por el nuestro.

Juan toma su posición de instructor al frente del grupo, enciende un incienso de olor a sándalo y pone música de relajación en la grabadora. Hoy nos deleita con una versión del Cannon de Pachebel. Los sonidos y el aroma van creando la atmósfera para iniciar la sesión aunque no tengo la menor gana de hacer algo a estas horas de la mañana.

El primer movimiento es el saludo del corazón que se hace con las dos manos cruzadas en el pecho; enseguida viene el saludo de la paz. Contrario a las misas, aquí se desea la paz al inicio y al final de la clase.

Movemos el cuello hacia arriba y hacia abajo, lentamente, y después de un lado a otro mirando por encima de nuestros hombros. Acto seguido, giramos el cuello en el sentido de las manecillas del reloj y después en el sentido contrario.

Encogemos los hombros como si quisiéramos alcanzar las orejas. Arriba y abajo, varias veces. He querido contarlas pero siempre se me olvida; Juan determina los tiempos y los movimientos.

Arqueamos la espalda. En este martirio escogido por mí encuentro mi punto ambiguo. Justo este movimiento me produce al mismo tiempo un dolor insoportable y un alivio infinito. Sucede mi primer quejido. Extendemos los brazos hacia arriba y también las palmas de las manos llenándonos de energía.

Juan indica que el siguiente movimiento tiene que provenir de la cadera. Hacemos círculos guiados por ella, con los brazos extendidos. Así creamos un campo de energía alrededor de nosotros. Aparece en mi espalda la primer gota de sudor y en mi garganta el segundo quejido.

Pasamos a pinza, que consiste en tocar los tobillos con las manos. Me sobran como quince centímetros para alcanzarlos, para hacer la pinza me sobra panza, dejo el intento a media pantorrilla. Sostenemos la postura por varios segundos que parecen siglos.

Extendemos ambos brazos, abrimos el compás y formamos una estrella. Esta postura parece, como casi todas las demás, algo fácil pero demanda tensión, concentración y mucha energía realizarla. Duele menos que la pinza y el simbolismo la convierte en una postura más grata.

De ser estrella pasamos a ser guerreros, con la rodilla flexionada y los brazos extendidos hacia un lado y esto nos va llevando a la estrella de la sesión: el saludo al sol.

La sola mención de tal postura me provoca dolor. El saludo al sol consiste en una serie de movimientos que tienen que hacerse fluidos, casi sin pausas. Empezamos con el saludo al corazón y de ahí alzamos las manos hacia el sol, extendemos la pierna izquierda hacia atrás y la derecha queda semiflexionada hacia delante. Los brazos me sostienen y por eso me tiemblan los codos y aún falta su más grande esfuerzo: pasar a plancha -lo que en el mundo de los mortales conocemos como lagartija-. La estructura sobrepasa por mucho el diseño de las columnas. Ya ni cuento mis quejidos, sólo quiero saber cómo regresar mi cuerpo a su posición normal.

El alivio llega con la postura de ocho puntos en el piso, arqueando la pelvis.  Media cobra enseguida, plancha de nuevo, perro hacia abajo, traer la pierna izquierda al frente, juntarla con la derecha, pinza otra vez, arco y extender los brazos y cerrar con el saludo al corazón. Escribirlo no ha sido sencillo. Hacerlo tampoco. Esto lo repetimos cuatro cinco o siete veces que a mí me parecen cien. Dios y Juan existen: de nuevo su voz marca el final.

Vamos al piso. Nunca antes la tierra me significó tanto reposo. Respiramos siguiendo el ciclo inhalar-contener-exhalar-vacío. El descanso comienza a darse por invitado. La postura fetal y la semilla son el preámbulo de la relajación. Casi podría decir que por eso tomo la clase.

Tirados en el piso, reposando, respirando de acuerdo al mudra anterior, la voz de Juan nos conduce a nuestro sitio de descanso, nuestro refugio. Ese lugar de paz creado por nosotros mismos. Es nuestro momento, nuestro espacio, el sitio propicio para encontrarnos con nosotros mismos.

Entre más cerca estoy de mí, más lejos escucho la voz de Juan. La música, el incienso, el cuerpo relajado, el universo mismo me rodea. Regresamos poco a poco al momento de conciencia. Nos ponemos de pie. De nuevo el saludo al corazón y el deseo de paz. Mi clase de yoga termina y adolorida más que relajada comienzo el día laboral.

En libertad

February 6, 2008

Mi memoria se anda paseando por cosas que sucedieron hace diecinueve años. Ahora me acordé de este otro intento de canción:

 En libertad

Quisiera traicionar las normas de conducta

y robarle al mundo de tu fantasía

la respuesta a todas mis preguntas

para llenar mi vida vacía.

Mas de pronto cae la noche

y mi plan se descompone

pues de nuevo el sol se esconde

y aún no sé nada de ti.

Inconsciente huésped de mis sueños

razón precisa para continuar

destino total de mis anhelos

eterno principio sin final.

Sé que hay cosas por hacer

y materias por estudiar

sin embargo esta vez

sólo en ti puedo pensar.

Y es que es tan difícil

cortarte de raiz

si lo único que quiero

es que respires junto a mí.

Inconsciente huésped de mis sueños

razón precisa para continuar

destino total de mis anhelos

eterno principio sin final.

Inconsciente huésped de mis sueños

paisaje detrás de un arcoiris

entre tanta gente te prefiero

porque junto a ti me siento libre.

LSM

Te quiero

February 6, 2008

Hace diecinueve años, un cinco de febrero, a poco más de una semana del Día de San Valentín, como estaba enamorada pero aún no lo sabía con exactitud y quería regalarle a mi persona mágica algo distinto, algo hecho por mí, algo que me inspirase, me senté y tomé mi guitarra y comencé a escribirle una canción para regalársela.

El título y la idea se los robé a Perales. Llevarle serenata fue otra idea loca que desheché pero no así el escribirle. No me atrevía a cantarle esa canción por considerarla demasiado y además me mostraba contradicciones: Cada vez que te beso me sabe a poco ¡No! Si la sola idea de besarle me parecía el infinito. Te quiero, como la tierra al sol ¿Osea, de lejos? ¿O entre menos intensa mejor? Te quiero, y eres el centro de mi corazón Eso sí era cierto pero sólo de pensarlo me dolía. Una opresión en el pecho me impedía cantársela. Me siento un poco más de tu mirada preso… ¡No! Si justo en su mirada encontraba mi libertad. No entendía el sentido poético de las cosas. Sólo estaba concentrada en lo que yo sentía.

Hoy amanecí recordando eso y junto con ese recuerdo, las primeras estrofas de su canción. Las comparto. Una de mis primeras canciones.

 

Te quiero

He venido ante ti

porque quiero decirte

lo que intenté callar

y que ahora es imposible.

(coro: imposi-i-i-ble, imposi-i-i-ble).

Me estoy poniendo nerviosa

no sé ni qué hacer

voy a decir “Te quiero”

por primera vez.

Un “Te quiero” sincero

el primero que digo

el primero de muchos

que diré para ti.

 

Y desgraciadamente ya no recuerdo la segunda parte. Sólo recuerdo que en un círculo de Re, y con un signo de admiración en la tonada finalizaba diciéndole “¡Te quie-e-e-e-e-e-ro!. Tenía dieciseis años y decirle “Te quiero” me parecía y me sigue pareciéndo lo máximo. Se la regalé sin decírselo. Sólo la canté como una canción más dentro del ensayo de la rondalla. La cobardía pasa factura y los hubieras calan, por eso no hay que quedarse nunca con las cosas calladas. 

Desde Cursilandia cruz con Sentimientópolis 

LSM