Yo-Ga-Oh!

Siete y media de la mañana. La clase de yoga inicia descalzándonos y  con un acto de suprema humildad y fraternidad entre los compañeros, extendemos el tapete para los demás mientras alguno de ellos hará lo mismo por el nuestro.

Juan toma su posición de instructor al frente del grupo, enciende un incienso de olor a sándalo y pone música de relajación en la grabadora. Hoy nos deleita con una versión del Cannon de Pachebel. Los sonidos y el aroma van creando la atmósfera para iniciar la sesión aunque no tengo la menor gana de hacer algo a estas horas de la mañana.

El primer movimiento es el saludo del corazón que se hace con las dos manos cruzadas en el pecho; enseguida viene el saludo de la paz. Contrario a las misas, aquí se desea la paz al inicio y al final de la clase.

Movemos el cuello hacia arriba y hacia abajo, lentamente, y después de un lado a otro mirando por encima de nuestros hombros. Acto seguido, giramos el cuello en el sentido de las manecillas del reloj y después en el sentido contrario.

Encogemos los hombros como si quisiéramos alcanzar las orejas. Arriba y abajo, varias veces. He querido contarlas pero siempre se me olvida; Juan determina los tiempos y los movimientos.

Arqueamos la espalda. En este martirio escogido por mí encuentro mi punto ambiguo. Justo este movimiento me produce al mismo tiempo un dolor insoportable y un alivio infinito. Sucede mi primer quejido. Extendemos los brazos hacia arriba y también las palmas de las manos llenándonos de energía.

Juan indica que el siguiente movimiento tiene que provenir de la cadera. Hacemos círculos guiados por ella, con los brazos extendidos. Así creamos un campo de energía alrededor de nosotros. Aparece en mi espalda la primer gota de sudor y en mi garganta el segundo quejido.

Pasamos a pinza, que consiste en tocar los tobillos con las manos. Me sobran como quince centímetros para alcanzarlos, para hacer la pinza me sobra panza, dejo el intento a media pantorrilla. Sostenemos la postura por varios segundos que parecen siglos.

Extendemos ambos brazos, abrimos el compás y formamos una estrella. Esta postura parece, como casi todas las demás, algo fácil pero demanda tensión, concentración y mucha energía realizarla. Duele menos que la pinza y el simbolismo la convierte en una postura más grata.

De ser estrella pasamos a ser guerreros, con la rodilla flexionada y los brazos extendidos hacia un lado y esto nos va llevando a la estrella de la sesión: el saludo al sol.

La sola mención de tal postura me provoca dolor. El saludo al sol consiste en una serie de movimientos que tienen que hacerse fluidos, casi sin pausas. Empezamos con el saludo al corazón y de ahí alzamos las manos hacia el sol, extendemos la pierna izquierda hacia atrás y la derecha queda semiflexionada hacia delante. Los brazos me sostienen y por eso me tiemblan los codos y aún falta su más grande esfuerzo: pasar a plancha -lo que en el mundo de los mortales conocemos como lagartija-. La estructura sobrepasa por mucho el diseño de las columnas. Ya ni cuento mis quejidos, sólo quiero saber cómo regresar mi cuerpo a su posición normal.

El alivio llega con la postura de ocho puntos en el piso, arqueando la pelvis.  Media cobra enseguida, plancha de nuevo, perro hacia abajo, traer la pierna izquierda al frente, juntarla con la derecha, pinza otra vez, arco y extender los brazos y cerrar con el saludo al corazón. Escribirlo no ha sido sencillo. Hacerlo tampoco. Esto lo repetimos cuatro cinco o siete veces que a mí me parecen cien. Dios y Juan existen: de nuevo su voz marca el final.

Vamos al piso. Nunca antes la tierra me significó tanto reposo. Respiramos siguiendo el ciclo inhalar-contener-exhalar-vacío. El descanso comienza a darse por invitado. La postura fetal y la semilla son el preámbulo de la relajación. Casi podría decir que por eso tomo la clase.

Tirados en el piso, reposando, respirando de acuerdo al mudra anterior, la voz de Juan nos conduce a nuestro sitio de descanso, nuestro refugio. Ese lugar de paz creado por nosotros mismos. Es nuestro momento, nuestro espacio, el sitio propicio para encontrarnos con nosotros mismos.

Entre más cerca estoy de mí, más lejos escucho la voz de Juan. La música, el incienso, el cuerpo relajado, el universo mismo me rodea. Regresamos poco a poco al momento de conciencia. Nos ponemos de pie. De nuevo el saludo al corazón y el deseo de paz. Mi clase de yoga termina y adolorida más que relajada comienzo el día laboral.

2 Responses to “Yo-Ga-Oh!”

  1. Dra. Lewis Says:

    Dichosa tú que puedes realizar todos esos complicadísimos ejercicios. Yo no aguanto ni una abdominal… y vaya que me hace falta.

  2. Muerdecabras Says:

    Excelente!!
    Hace mucho practiqué yoga, mi clase era un poco mas “agresiva” porque
    después de un ligero calentamiento, nos mandaban a bañar con agua fría, a esas horas de la madrugada, en que ni Dios esta despierto, sí, a la misma hora en que Ud. toma su clase, sin embargo ese baño se sentía increible, muy contrario a lo que yo pense la primera vez.

    Luego ponernos ropa blanca, pera iniciar con las posturas. La yoga como la meditación en algunas artes marciales, tiene el fin de acercarnos a nuestro centro luminoso, donde se encuentran todas las respuestas a los problemas y conflictos que vivimos. Ahí se encuentra la sabiduría con la que nacemos y a la que pocos le prestan atención

    Si tuviéramos mas tiempo y voluntad para meditar, el mundo seria otro.

    Y por si fuera poco, yo que padezco de insomnio, me resultaba genial darle un descanso a mi cerebro, pues 10 mins de meditación profunda equivalen a 10 hrs de sueño.

    La felicito arquitecta.

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