Archive for March, 2008

Orgullosamente universitaria

March 31, 2008

El sábado comenzó temprano. Después del trabajo regresé a casa. Nos iríamos al estadio a las cuatro de la tarde siendo que el partido daría inicio hasta las siete. A pesar de ello, la idea de puntualidad de Grace nos condujo al volcán sobre las cinco de la tarde. La expedición a tierras indómitas consistía en Grace y su nieto, Lilia y dos de sus sobrinos con su camiseta bien puesta, una madre abnegada y yo. Lo que nos motivaba a ir al juego era que los chamacos lo escribieron como parte de su tarea ¿Qué me gustaría hacer en mis vacaciones? Tía y abuela se propusieron cumplirles la ilusión y de pasada me invitaron.

Compramos semillitas en las afueras del estadio. Si no es beisbol, me dijo Grace. No me importó, ya con mis semillitas me sentía inmersa en una situación que se me antojaba extraña en mi vida. Desde nuestro asiento, en el último anillo del Estadio Universitario, podía ver todo el panorama. Monterrey amaneció nubladón y eso permitió un clima más benévolo para la raza de sol, osea nosotros. Faltaba hora y media para el inicio del partido cuando los chamacos decidieron limpiar las gradas de cemento pulido con sus pantalones de mezclilla cual trapeador.

La cantina más grande de Monterrey se fue llenando poco a poco. Lonches, tortas y pizzas pasaron una y otra vez frente a nosotros, por las cervezas y los refrescos habría que pararse. Yo no veía ningún tipo de ambiente, fuera del amarillo y azul en las gradas. La mayoría de los asistentes con la camiseta de su equipo: nueva, con el nombre de la Gata en la espalda o de antaño con el nombre de Tomás Boy o Barbadillo. Siguiendo el ejemplo de los chavitos, limpié un poco las gradas con mi camisa de universitaria la que tiene bordado un discreto escudo sobre la bolsa izquierda, la que está cerca del corazón, y me tiré un rato para intentar dormir. El recuerdo del Bernabeu saltó a mi memoria como la última vez que había acudido a un partido.

A las seis de la tarde interrumpieron mi siesta. El sonido local anunciaba la primera llamada para las edecanes de Total Home. Eso dió inicio a un desfile de chamacas vestidas con la ropa indispensable para que llevasen impreso la publicidad precisamente de quien menos lo necesita. Carta Blanca, Coca-Cola y Cemento Monterrey. Para ser el juego del hombre había muchas mujeres en la cancha.

Los Pumas saltaron al pasto primoroso recibidos por un calurosísimo abucheo. Muy queridos ellos. Los regios somos muy hospitalarios. Fue entonces que sentí que el público despertó, pero nada me había preparado para lo que después atestigüé. Minutos más tarde salieron los Tigres. El respetable se puso de pie para recibirles. El ambiente comenzaba a sentirse. No lo heredamos, nacimos Tigres.

El silbatazo inicial marcó para mí el punto antes y después. Entonces despertó la barra de los Libres y Locos y lo hicieron para no descansar hasta el siguiente silbatazo. Entonaron sus cánticos todo todo todo el primer tiempo. El espectáculo estaba donde estaban ellos, pues la primera mitad del juego fue muy aburrida. Dos o tres llegadas, poco ataque y una desgana que hastiaba. Pero la afición, la pasión de los LyL, reflejada en sus porras, en sus movimientos es otro cantar. Son un dechado de coordinación impresionante. Enmudecí ante su presencia. Aplaudí al ritmo marcado por su tambora y platillos.  Yo que me había quejado de que no sentía el interés tuve que guardar mis palabras apabullada ante su notable desempeño. Sólo por ellos, por estar brincando y gritando al unísono sin cesar los cuarenta y cinco minutos que iban del  juego valía la pena que los Tigres metieran por lo menos un gol. Con una afición así es lo menos que pueden hacer. Están luchando por no descender a Primera División y el estadio estaba repleto.

En el medio tiempo hubo una carrera de botargas muy divertida. ¿Porqué reímos cuando alguien se cae? Los niños se la perdieron por ir con su madre al baño. ¿No hay repetición? No, mi amor. ¿Qué más se responde ante tan inocente petición?

El segundo tiempo comenzó. Los Libres y Locos volvieron a la carga. Dale, dale, dale, Tigres. Una tímida porra de los Pumas yacía enmudecida por el barullo de los locales. Tienen su mérito pues nunca dejaron de apoyarlos pero el número y el ímpetu de los dueños del volcán los sobrepasaba en demasía.  Insisto: con un partido así, el espectáculo lo hacen ellos. ¿Cómo se aprenden las porras?, ¿Cómo deciden el orden?, ¿Cómo se ponen de acuerdo? ¿Porqué dicen tigueres en vez de tigres? El resultado es el de una orquesta con un gran director. Una maravillosa catarsis para sus vidas y un gran testimonio de su condición física. Qué lástima su fama de belicosos si tienen varias cosas por las cuales admirarles. No abandonamos si el equipo anda mal.

El primer gol de “La Gata” hizo que resonaran los cuetones y volvió a tomar el interés de los sobrinos que ya estaban intercambiando tazos. El estadio revivió. Un hombre que pasaba frente a nosotros bailó a su aire y desafiando el equilibrio deteniendo una cerveza en la boca y con tres más entre las manos. El humor de todo mundo cambió. Los niños celebraron el gol y volvieron a preguntar si no había repetición.

La porra cantaba algo que sonaba a “con los huevos, Tigres, con los huevos” y aunque no me asusto, no me parece lo más adecuado para alentar a nadie; Sin embargo en Roma se hace lo que hacen los romanos. El cántico funcionó pues entró el segundo gol, que no recuerdo de quién fue, pero sí el estruendo que provocó. Ruido, ruido y más ruido, los cuetones, los gritos.  Éste sí me puse de pie a festejarlo; el otro sólo lo observé atónita, ajena a los movimientos que me correspondían dentro de esa escenografía donde muchos se quitaron su camiseta y la ondearon cual bandera.

La ola le dio tres vueltas al estadio como parte del festejo. Fantástica. No es lo mismo a verla en el estadio de Beisbol, aquí hay más gente y no se detiene nunca, además la forma del edificio es más propicia para el lucimiento de la figura. Poco tiempo después vino el silbatazo final. Ni aún así dejaron de cantar.  Los Tigres ganaron 2-0 a los Pumas. Los niños cumplieron su ilusión, echaron a perder su pantalón y yo fui espectadora de algo que nunca habría podido imaginar.

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¡Nos vamos al futbol!

March 27, 2008

La llamada de Grace interrumpió una tarde agitada para preguntarme si querría ir al futbol el sábado. Dije que sí. Ella y Lilia se encargarían de comprar los boletos. ¿Dije que sí? No tengo la menor idea de quién juegue o contra quién. No me sé los nombres de ningún jugador. No he leído estadísticas de nada. Sólo sé que iré al partido, al estadio Universitario y que eso merecerá una crónica que empieza hoy. ¡Nos vamos al futbol! ¡Nos vamos al futbol! ¡Nos vamos al futbol!

11:47

March 27, 2008

Yo tenía catorce años y estaba en tercero de secundaria. Él tenía la misma edad. Si aún vive -y es mi deseo que así sea- se llama Ricardo de Jesús. Diré que por proteger su anonimato no pondré sus apellidos, pero la realidad de las cosas es que no los recuerdo.

Tenía -y es mi deseo que la conserve- una sonrisa que desafiaba la capacidad de la más fina descripción de la belleza. Si él sonreía parecía que en mi corazón salía el sol, se me subía el color al rostro y diez mil chapulines bailaban danzón en el centro de mi estómago. La simetría de los hoyuelos en sus mejillas lo volvía el especimen masculino más atractivo para mí en el universo. Se sentaba en la sillla detrás mío, pero no sabía cómo acercarme a él.

Siempre he sido creativa y ese día no sería la excepción. Conseguiría hablarle, robarle su atención aunque fuera por sólo un momento. Le di la vuelta a muchos planes desde el comienzo de las clases. A la hora del descanso seguía sin conseguir culminar la misión.

¿Y si le preguntaba la tarea de historia? ¿Y si me permitía revisar juntos los problemas de matemáticas? ¿Y si comentábamos el juego de futbol americano del lunes por la noche? ¿Y si le ofrecía una revista porno en intercambio? ¿Y si lo retaba a fumarse un Marlboro rojo a escondidas en el baño? ¿Y si me prestaba sus electrodos para hacer la silla en el taller de soldadura? ¿Y si me daba su mano y caminábamos juntos por la placita hasta que se acabara la eternidad?

El tiempo pasaba. El tiempo se acababa. El tiempo me acuciaba y el tiempo mismo me dio la original idea creativa innovadora vanguardista fuera de serie nunca antes vista que yo esperaba. Le preguntaría la hora y eso sería el inicio inédito de nuestra historia.  Nadie nunca había hecho algo similar, por los siglos de los siglos por siempre jamás.

El primer paso consistiría en esconder mi propio reloj en la mochila. Ensayé varias veces antes de voltear y atreverme. Las manos me sudaban y las rodillas me temblaban. Por fin di el giro de cabeza y cuerpo completo. Frente a mí estaba esa su sonrisa de órdago. Con un nanomilimétrico hilo de voz logre decirle ¿No sabes qué horas son? Él volteó, miró su reloj, después volvió a sonreír. No, a sonreír no: a sonreír para mí. Todos los tiempos detuvieron su sincronía cuando el dijo “Son las 11:47”. El pirotecnista de esta escena dejó correr la pólvora en mi cielo estelar. Las fanfarrias resonaron en mi garganta de la que no volvió a salir una sola palabra. Estática. Sólo miraba su rostro perfecto esculpido por un padre Miguel Ángel. Sus ojos eran de un color miel irremediable.

Dicen que el amor y el dinero son dos cosas que no pueden ocultarse. Así me sucedió. Como evidencia de lo que sentía, mi cuerpo emitió un suspiro ensordecedor que se escuchó en todo el salón. Mi secreto salió a la luz. Todos voltearon a vernos en ese momento que era sólo de nosotros. A la hora de la salida todas mis amigas se encargaron de hacerme recordar mi momento inolvidable.

Hoy, en el tablero de mi coche el reloj marcaba el número mágico que iconizó ese momento. Y hoy como ayer y cada vez que me sucede, sonrío y suspiro cuando veo en cualquier reloj que son las 11:47.

Lorena Sanmillán