11:47

Yo tenía catorce años y estaba en tercero de secundaria. Él tenía la misma edad. Si aún vive -y es mi deseo que así sea- se llama Ricardo de Jesús. Diré que por proteger su anonimato no pondré sus apellidos, pero la realidad de las cosas es que no los recuerdo.

Tenía -y es mi deseo que la conserve- una sonrisa que desafiaba la capacidad de la más fina descripción de la belleza. Si él sonreía parecía que en mi corazón salía el sol, se me subía el color al rostro y diez mil chapulines bailaban danzón en el centro de mi estómago. La simetría de los hoyuelos en sus mejillas lo volvía el especimen masculino más atractivo para mí en el universo. Se sentaba en la sillla detrás mío, pero no sabía cómo acercarme a él.

Siempre he sido creativa y ese día no sería la excepción. Conseguiría hablarle, robarle su atención aunque fuera por sólo un momento. Le di la vuelta a muchos planes desde el comienzo de las clases. A la hora del descanso seguía sin conseguir culminar la misión.

¿Y si le preguntaba la tarea de historia? ¿Y si me permitía revisar juntos los problemas de matemáticas? ¿Y si comentábamos el juego de futbol americano del lunes por la noche? ¿Y si le ofrecía una revista porno en intercambio? ¿Y si lo retaba a fumarse un Marlboro rojo a escondidas en el baño? ¿Y si me prestaba sus electrodos para hacer la silla en el taller de soldadura? ¿Y si me daba su mano y caminábamos juntos por la placita hasta que se acabara la eternidad?

El tiempo pasaba. El tiempo se acababa. El tiempo me acuciaba y el tiempo mismo me dio la original idea creativa innovadora vanguardista fuera de serie nunca antes vista que yo esperaba. Le preguntaría la hora y eso sería el inicio inédito de nuestra historia.  Nadie nunca había hecho algo similar, por los siglos de los siglos por siempre jamás.

El primer paso consistiría en esconder mi propio reloj en la mochila. Ensayé varias veces antes de voltear y atreverme. Las manos me sudaban y las rodillas me temblaban. Por fin di el giro de cabeza y cuerpo completo. Frente a mí estaba esa su sonrisa de órdago. Con un nanomilimétrico hilo de voz logre decirle ¿No sabes qué horas son? Él volteó, miró su reloj, después volvió a sonreír. No, a sonreír no: a sonreír para mí. Todos los tiempos detuvieron su sincronía cuando el dijo “Son las 11:47”. El pirotecnista de esta escena dejó correr la pólvora en mi cielo estelar. Las fanfarrias resonaron en mi garganta de la que no volvió a salir una sola palabra. Estática. Sólo miraba su rostro perfecto esculpido por un padre Miguel Ángel. Sus ojos eran de un color miel irremediable.

Dicen que el amor y el dinero son dos cosas que no pueden ocultarse. Así me sucedió. Como evidencia de lo que sentía, mi cuerpo emitió un suspiro ensordecedor que se escuchó en todo el salón. Mi secreto salió a la luz. Todos voltearon a vernos en ese momento que era sólo de nosotros. A la hora de la salida todas mis amigas se encargaron de hacerme recordar mi momento inolvidable.

Hoy, en el tablero de mi coche el reloj marcaba el número mágico que iconizó ese momento. Y hoy como ayer y cada vez que me sucede, sonrío y suspiro cuando veo en cualquier reloj que son las 11:47.

Lorena Sanmillán

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6 Responses to “11:47”

  1. Chuyo Says:

    Me has robado un sonrisa maliciosa y melancólica, me has regalado un recuerdo que estaba perdido entre muchos, gracias.

  2. Porfirio Hernández Says:

    Lorena, muchos tenemos también en la memoria un momento así; hoy me hiciste volver a uno.

    Gracias por este hermoso relato, Lorena.

  3. Pato de Felpa Says:

    Hola Lorena:

    Maravillosooo, me hizo recordar exacto aquel principe azul que me conquistaba con su sonrisa, despues de muchos años lo veo y sigo sintiendo igual… Me encanto como todo lo que escribes…

    Saludos

  4. Dra. Lewis Says:

    Qué curioso. En secundaria, cuando contaba con catorce años, estuve enamoradísima de un chico de ojos color miel. Creo que él nunca se enteró, pero pasé tres años suspirando por causa suya.
    Al leer tu relato, me pareció una delicia recordar esos momentos. Gracias por permitirnos viajar en el tiempo.

  5. Rocio Says:

    A todos nos ha pasado eso… lo describiste con las palabras exactas

  6. ¡nc¡tatüs Says:

    Se llamaba Guadalupe, se apellidaba Caudillo; yo le llamaba “la cosa más bella”.
    Alta, delgada, cabello castaño, rizado, ojos hermosos, dientes perfectos.
    Tres años suspirando por ella.
    Hasta que la llamada “Ley de Atracción”, que en ese entonces yo le llamaba “suerte que estoy alto como ella”, me hizo compañero suyo en el Vals de fin de cursos de la secundaria.
    El día más feliz, recuerdo, hasta mis cortos catorce años.
    Y lo más bello de todo, cuando al final del Vals, con una mirada extrañada me preguntó: “¿cómo dijiste que te llamabas?”.

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