Archive for April, 2008

Contigo

April 20, 2008

Para Antares

Se me fue el sueño en la madrugada del viernes. Me levanté a intentar terminar el rompecabezas difícil lleno de flores que me había tenido entretenida el resto de la semana. Escribí dos o tres cosas sin mucho afán. Repasé los pendientes y esbocé los planes de una futura fiesta de cumpleaños.

A las siete y media de la mañana tenía cita con el electricista. Llegué a su oficina con cara de mejornomehablenadie. Él extendió los planos sobre un escritorio interminable y decía y decía cosas que yo apenas comprendía. Para las ocho y media de la mañana ya habíamos acabado de decidir muchas cosas que desconozco.

Tuve que regresar a casa, pues olvidé otros planos. Decidí pararme en un puesto de tacos y pedir dos órdenes para llevar. Me los saboree todo el camino, seducida por el olor que desprendían. Llegué a casa y los calenté en el micro. Mientras tanto puse café. El día avanzaba pero aún no llegaba conmigo.

Grace bajó para acompañarme a almorzar. No nos habían puesto salsa, qué contrariedad. Le dí una mordida de náufrago a mi primer taco para encontrarme con que la barbacoa estaba espantosa, llena de sebo y nervios. Incomible. Incluso Grace, que es menos remilgosa que yo, tampoco se los pudo comer. El sabor me quedó en la boca por el resto del día.

Acudí a la supervisión de la obra en Zuazua. Subí a la losa por una escalera más tambaleante que mi voluntad. Aún no terminan de acomodar los barroblocks y el sol de mediodía estaba en todo su esplendor. Además, llegué después de la hora de comida y ya no había ningún taquito de albañil para mí.

Te aviso que no es buena idea que los vendedores de materiales tengan tu número de celular. Te llaman a cada rato para ofrecerte cosas que de momento no ocupas y cuando las utilizas ya no tienes el número a la mano. Mientras recorría la losa, entraron varias llamadas de estas. Me presionan con el concreto y aún no tengo fecha de colado.

Mi otra cliente también tenía algunos comentarios y cambios y aunque tengo buena memoria no puedo ni quiero decidir cosas en el aire sin los planos en la mano. Entonces recorrí los casi cientocincuenta kilómetros que me separan de una construcción a otra para encontrarme con algunas contrariedades. Las resolví en mi oficina al aire libre y escritorio de blocks cobijada por el sol de media tarde.

El clima de Monterrey rondaba los cuarenta y un grados y aunque el coche tiene aire acondicionado aún no me acostumbro a encenderlo. En la única estación que pesca la antena por esos lugares tocaban paseos colombianos inentendibles.  Mastiqué chicle, tomé café, agua, pero nada me quitaba el espantoso sabor de mi almuerzo tan deseado. Tenía asco para comer cualquier cosa, pero no es cuestión de soportar con agua un día como éste.

A las siete de la tarde me senté a comer una ensalada en abonos. Primero me trajeron el plato, minutos después los cubiertos, una eternidad para los crotones, mi refresco -de máquina- sin sabor alguno y sin hielos. ¡Ah! Y el pollo que acompañaba los vegetales vino al final. ¿Cuenta cerrada o desea agregar propina? Una hoja de quejas, por favor.

Otra llamada al celular, era tu padre que necesitaba unos papeles. Yo que pensaba ya regresar a la casa, darme un baño y dormir, desvié mi camino para ir a la tuya.

Llegué a tu casa y no abría nadie. Sólo estaba el coche de tu mamá. No se escuchaba ningún ruido. Timbré varias veces hasta que respondieron. El chocolate que le había llevado al gremlin que tienes por hermano se derritió. Por fin tu madre me dio las llaves para abrir la puerta, pues no quería exponerte al sol. Abrí el barandal y entré a tu espacio donde todo estaba lleno de paz.

Llegaron tu padre y tu hermano, que apenas me quiso saludar. Subió a su recámara sin cenar a ver la película que había rentado y no pude entregarle el chocolate. Tú comías del pecho izquierdo de tu madre con fruición esperanzadora. Todo fue verte para entender el sentido de mi día. Tenías los ojos cerrados y abrías y cerrabas las manos a tu ritmo. Pataleaste cuando dejó de salir tu alimento y te cambiaron de lugar. Seguía el pecho derecho. Diste cuenta de ambos manjares y después vino el ritual del eructo. Al verte extendida comprobé cuánto has crecido en unos pocos días. Extendí los brazos para cargarte y mi deseo fue cumplido. Olías a bebé de dos meses y yo a regiomontana después de un día de sol y supongo que eso puso en alerta tus sentidos pues entonces abriste los ojos y en tu mirada sentí el reflejo del amor que veías en mis pupilas.

Le gusta que le platiques cosas, dijo tu padre. Mejor terapia no pude haber encontrado. Te llené de besos, te conté mi día al revés, como si todo me hubiera salido bien, te hablé del futuro, mientras tu mano entera sostenía una parte de mi dedo meñique e intentabas platicar conmigo en tu encantador balbuceo.

Que se pierdan las piezas del rompecabezas, que el insomnio llegue aún en las noches buenas, que se haga o no la fiesta, que distribuyan los circuitos como puedan, que acomoden los barroblocks como quieran, que se salten los niveles, que hagan la barbacoa como les de la gana, que entreguen en partes las ensaladas, contigo en mis brazos lo demás importa poco, muy poco o nada.   

¡Lleve su incienso, su veladora!

April 20, 2008

El despertador suena puntual a las seis de la mañana. Horacio pasará por mí a las siete. Me levanto, preparo café y camino un rato para desperezarme. Acomodo las cosas que me voy a llevar. Llega mi amigo. De camino al mercadito comentamos sobre la música. Sabina y Serrat ocupan el repertorio musical de este domingo. Y no volví más, a su puesto del Rastro a comprar…

Llegamos. La señora que vende el pollo frito ya tiene levantada su estructura. El puesto de los hot cakes y la fruta está a medio instalar. Nosotros vendemos inciensos, esencias, veladoras, amuletos y leemos el tarot. Tal pareciera que nadie saldría a buscar eso en la mañana del domingo, pero resulta que sí tenemos éxito. Algunas personas van al mercadito recién levantadas, todavía con la almohada pintada en el rostro, salen a buscar algo para comer, a curiosear, a saludar al vecindario. Otras personas van al mercadito ya muy endomingadas vestidas de fiesta en el día de guardar.

 Apenas acomodamos nuestra estructura y llega una clienta a preguntarnos por la veladora blanca que nos había encargado la semana pasada. Horacio le cumple y entrega su encargo. Ya podemos hacer la cruz, como dicen por ahí. Ponemos en su lugar el resto de la mercancía.

A la izquierda van un par de guitarras, docenas de pañales y la mesa con los libros esotéricos: Conozca lo que le dicen sus sueños, Los misterios de la cruz de Caravaca, Cuentos y leyendas de la mano peluda, Inciensos y esencias entre otros títulos, seguidos de los signos del zodiaco. Un libro para cada uno de los signos con su ángel correspondiente en el travesaño justo encima de ellos.

Al frente del puesto están todas las esencias y los inciensos. Las veladoras van en el centro. A la izquierda, detallitos de porcelana para regalar. En la trabe del frente también colocamos las imágenes de los santos San Jorge, San Miguel Arcángel, la Virgen de Guadalupe, San Martín Caballero algunos salmos y pasajes bíblicos.

Una vez instalados, nos llega el momento de almorzar. Horacio abre su termo de café, enciende el sahomerio para la buena fortuna y yo voy por unas fresas con crema al puesto de enfrente. Abro mi libro dispuesta a ojearlo. Hoy traigo La eternidad por fin comienza un lunes. Apenas paso unas cuantas hojas de mi lectura y llega una cliente a preguntar por la esencia de canela. Se lleva la esencia, el incienso y un amuleto para la buena suerte en la lotería. Buena venta.

Los libros llaman la atención y también son parte de las compras. Un grupo de adolescentes acaricia el Kamasutra pero ninguno se atreve a comprarlo. Las mujeres del signo Acuario agotan los ejemplares y los ángeles disponibles.

Los calendarios con imágenes de Walt Disney les gustan a los niños. También vendemos varios. Un señor se acerca a preguntarnos qué puede hacer para alejar a su hijo de una mala mujer. Horacio y yo volteamos a vernos. Coincidimos. San Juditas sale a defender las causas imposibles. La veladora de la Santísima Muerte es también solicitada.

Sobre las diez de la mañana aparece el señor del carrito de la nieve de limón. El algodonero viene con él, pero se separan y cada uno hace su lucha a su modo. Uno se planta en un espacio y el otro recorre el mercadito varias veces.

La esposa del señor antes mencionado viene con nosotros a darle el visto bueno a la compra. Son unos padres preocupados por su hijo. Se llevan a San Judas en imagen y en veladora y de pasada también compran colorines.

A media mañana aparece una señorita tímida que me pide consulta. Horacio intenta vender una guitarra y la prueba. Acompañadas por la música me cuenta su caso. Sucede que tiene una amiga que quiere consultar el tarot pero que ella no se atreve a venir. Me pregunta si será posible que se lo lea a ella y que ella le diga el resultado de la lectura. No accedo. Le digo que el asunto tiene que ser personal.

Después de misa de once salen de la Iglesia y el camino obligado es el mercadito. Esto aumenta los clientes. Cuando iniciamos la venta teníamos veinticuatro ranitas de la suerte. Para mediodía sólo nos quedan ocho. Las esencias, a su vez, van dejando su cajita vacía. Poco a poco las ventas siguen. Las pacas de ropa de los oferentes también cambian su tamaño. La gente busca y busca novedades entre la ropa usada mientras en una mano tienen el resto de sus compras, los víveres para la comida o un elote recién comprado.

Como nada es gratis en la vida, llegan a cobrarnos la cuota. La coordinadora busca mirra. Sí tenemos. Mirra y estoraque. Nos cuenta sus problemas y cómo las esencias le han ayudado a resolverlos. La señora del puesto de enseguida, la que vende los dulces, nos pide que apaguemos el sahomerio, porque es asmática y ya no la dejamos respirar. Accedemos y en automático las ventas bajan.

Pasa el tiempo. Pasa la gente. Me levanto con un impulso de mercader y grito en medio del pasillo ¡Lleve su incienso, su veladora, aquí la tenemos! ¡Lleve sus imágenes, su ángel protector, aquí lo tenemos! Me vuelvo amable y le pregunto a una dama ¿Qué anda llevando? Ella frunce el ceño y me liquida con un rotundo NADA. La actitud de la mujer congela mi ímpetu de venta. Vuelvo a mi lectura.

Se vuelve a escuchar el sonido metálico de las estructuras rasgando el asfalto de la calle. Es hora de recoger el puesto. Ya varios están levantando su mercancía. Nosotros hacemos lo mismo. El chiste no es montar el puesto, el chiste es volver las cosas a su sitio. Acomodar una por una para que quepan en las cajas de las que han salido y aunque son menor en cantidad, nunca nos vuelve a quedar igual.

Hacemos varias vueltas a la camioneta para dejar las cosas. Horacio acomoda y yo acarreo. Cuando estamos por cerrar la camioneta vuelve uno de los adolescentes con cara de travesura. ¿Me vende un libro? Ya los guardé, cuál quieres. ¿Me los puede enseñar? Es que ya no me acuerdo cómo se llama. Bajo la caja y se los muestro todos. Escoge cinco, entre ellos, por supuesto, el Kamasutra. Lo bueno de su compra es que perdido entre los demás no pude notar su legítimo interés. ¿No tiene una bolsa que no sea transparente?  Se los envuelvo en una negra. Sonrío por su afán de discreción.

Subimos a la camioneta. Sabina y Serrat de nueva cuenta, vamos, bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta…

Spotlight

April 11, 2008

Esto podría haberle pasado a cualquiera pero me tocó a mí. Aunque fui ensamblada exactamente igual que el resto de mis compañeras en la línea de producción, dos cosas me distinguían: mi número de serie y mi romanticismo, pues siempre me dirigí a ellas como mis hermanas.

Una vez que estuvimos listas y empaquetadas, abandonamos la fábrica en el primer viaje al amanecer. Llegamos al almacén general pasado mediodía. Ahí perdí de vista a algunas de mis hermanas. Nos dejaron en tarimas diferentes, cada una con distinto destino. Algunas perdieron la vida en las maniobras rompiéndose en pedazos.

Por fin llegué a lo que pensaba sería mi destino final. La tienda blanco y naranja donde prometen ayudar a sus clientes con los proyectos que tengan en mente. Me acomodaron en un anaquel elegantísimo junto a diversos modelos que competían por el gusto de los consumidores.

Ajena a lo anterior, durante el transcurso de mi travesía, una arquitecta jugaba a poner líneas y símbolos en un plano de iluminación. Consultó a un ingeniero electricista; él le prestó un catálogo y entonces me conoció. Desde ese momento, nuestros caminos se entrecruzaron.

La conquisté apenas me vio. Se enamoró de mí, con ese amor que lleva a la perentoria urgencia de poseer de inmediato el objeto del deseo. Se dirigió hasta la tienda y pagó el precio que me habían fijado, muy por debajo de mi valía intrínseca.

Cambié de nuevo de habitat y pasé a ocupar sitio en un lugar desastroso lleno de  cables, yeso, restos de barroblock y termolita; bambalinas del gran espectáculo que ahí se representaría.

Los trabajadores de esa obra llevaban a escena a mis hermanas y primas. No tuve tiempo de despedirme de algunas de ellas ocupada como estaba mirándome en el reflejo de un espejo roto.

Donchuy, el mayordomo de la obra, insistía en llamarme sport cuando mi nombre verdadero es Spot, pero no atiné a hablar su lenguaje para comunicarle su error y corregirlo. Él me condujo hasta el centro de la sala, me desempacaron sus manos ásperas que violaron mi intimidad insertándome unos cables que me harían encender.

Me colocaron en el centro del espacio. Alguien oprimió el interruptor para hacer una prueba del circuito. Mis hermanas llenaron de luz el lugar. Cuando llegó mi turno, sumé mi emoción a los watts y entonces me fundí.