Viernes de Taller: Ejercicio 10

Para todo aquel y aquella que guste entrarle a la onda de la escritura, los viernes publicaré un ejercicio tomado del libro Taller de Escritura: 1303 Ejercicios de Creación Literaria del escritor regiomontano Felipe Montes. Quien guste entrarle y que no sea tímido deje su tarea como un comentario y a su debido tiempo vemos el asunto de la retroalimentación. Lo trascendente surge a partir de lo cotidiano.

Ejercicio 675.- AUTOMÓVIL. En tu automóvil, pasas frente a un lugar que fue importante en tu infancia. Escribe cómo lo encuentras.

Gracias por su participación. Felicidades por su fantasía y creatividad. El próximo jueves escribiré algunos comentarios y el viernes tendremos un nuevo ejercicio.

Que este nuevo año traiga más y mejores textos para todos.

Lorena Sanmillán

5 Responses to “Viernes de Taller: Ejercicio 10”

  1. Marvin Says:

    El antiguo edificio del Colegio Rosaura Zapata luce vacío. Hace tiempo que dejé de radicar en Tijuana y, a mi regreso, circulo por el viejo barrio donde crecí.
    La colonia Empleados Postales, o simplemente “la postal”, se encuentra a medio camino de la rampa hacia la Mesa de Otay, una enorme planicie al norte de la ciudad.
    En su momento, la zona gozaba de una reputación similar a la colonia Libertad, o “la liber”para los amigos: cholos, vejaciones, asaltos. Pero con el tiempo, se volvió una zona de lo más deseable para vivir.
    Allí pasé los mejor años de mi vida. Allí comenzó mi vida. Y hoy, frente al colegio que vio mis primeros pasos en prescolar, no puedo evitar la nostalgia que le guardo.
    De portones amplios y ladrillos rojos, el edificio luce impecable. Tal como lo recuerdo y hoy, en épocas decembrinas, el patio se cubre con hojas del enorme sauce a la entrada. Detrás de él, la pequeña bibiblioteca y la oficina de Dirección.
    De ventanas bajas y herrería fina, aquel edificio subsiste en evidencia de una Tijuana que con el tiempo ha ido desapareciendo.
    Elevo la vista, y la escalinata al segundo piso me hace recordar a Dorita. Una niña por quien mi vista se iba lejos, lejos. ¿Qué habrá sido de ella?
    El semáforo cambia a verde. Acelero. Una hojita golpea el parabrisas y mis recuerdos flotan lejos sobre de ella.

    Marvin:
    Este ejercicio tiene su propia naturaleza de añoranza. Cumples con el ejercicio. Te aclaro, aunque no es necesario, que mis comentarios van dirigidos al texto y no a tus recuerdos que son, como todos, respetables y perpetuos. De entrada el ejercicio me parece que da para más y el cierre con la imagen de Dora es el climax del mismo. Sé que no eres muy dado a tantas palabras, sueles ser más contundente, pero insisto en que este ejercicio da para más. El final con la hoja llevándose tus recuerdos es genial aunque un poco lugar común. Sería bueno, para redondear la idea de las hojas, que hay árboles en todo el camino.
    Podrías invertir el orden del primer párrafo. Se lee mejor si comienzas por “Hace tiempo…
    Aunque es una referencia urbana, me sobra el párrafo que indica el cambio de naturaleza de la colonia, sobre todo porque queda suelto el concepto de la Libertad para quienes no están familiarizados con el barrio, con la ciudad. Si te vas a enfocar en el ambiente sería bueno ahondar en ello.
    ¿Cómo es la herrería fina? Descríbela. Hazla sentir.
    La pregunta, ¿Qué habrá sido de ella? Es innecesaria. Permite el suspenso. Deja que el lector se lo cuestione.
    Buen cierre con la hoja volando.
    LSM

  2. incitatus Says:

    El Diario
    Eran cerca de las diez de la noche, y una inusual lluvia estaba empezando a caer. Ya era tarde para la cita con mi cliente y me resultaba increíble que en pleno diciembre lloviera y más con semejante intensidad. Molesto conmigo mismo por no arreglar a tiempo los limpiadores, me estacioné en la esquina de alguna vieja colonia de ésta ciudad. Quise hacer una llamada para avisarle que no llegaría a tiempo, pero me di cuenta que no había puesto saldo al celular. Más molesto por mi desidia que por la situación, busqué a través del cristal y la lluvia un lugar para hacer la recarga. Tomé un periódico que no había leído y cubriéndome con él salí del auto. Corrí hasta un pequeño establecimiento que aún estaba abierto y dejando el diario en el mostrador, pregunté a una señora de avanzada edad por la recarga. Ella, sonriendo me dijo: “No, Beto, no tengo recargas.” “¿Beto?”, me dije para mí mismo y un tanto asombrado, tenía mucho tiempo que nadie me llamaba así, “no tengo recargas, pero sí tengo tus ‘miguelitos’”. En ese instante, como el destello que ilumina una habitación, recordé esa voz que no era otra que doña Viky y me di cuenta que me encontraba en su negocio. Sin haberme fijado, había regresado a la colonia donde pasé mi infancia.

    Asombrado por la extraña coincidencia que me acontecía, saludé con gusto a mi antigua vecina y amiga. Tenía casi veinte años que mi padre había conseguido un mejor empleo y nos habíamos cambiado de barrio a una zona que, como él mismo decía, era un poco más acomodada. Saludé con gusto a Doña Viky, ‘la viejita de la tienda’, como le decíamos. Era de la edad de mi abuelita y ésta ya tenía varios años de haber fallecido. Me preguntaba qué edad tendría, ¿ochenta?, ¿noventa?, ¿acaso ya cien años? Como sea la veía mucho más pequeña de lo que la recordaba. Sin duda los años no pasaban en balde y no sólo yo había crecido, ella también se había hecho más bajita. Usaba su viejo delantal color amarillo que antes había sido blanco. Un vestido azul claro y medias café. Su cabello era largo, completamente cano, sus lentes habían sufrido varias composturas.

    Miré a mi alrededor tratando de reconocer ese lugar al cual había ido infinidad de veces cuando niño. Noté que su viejo mueble de madera que ocupaba como mostrador tenía algunos rayones y se veía un poco más desgastado de lo que recordaba. Así mismo, detrás, unos anaqueles hechos de madera por Don Nacho, el esposo de Doña Viky que había fallecido mientras trabajaba como albañil en el sismo del ochenta y cinco. Recordé de inmediato la tarde que llevaron el cuerpo de su marido. Su rostro lleno de tristeza al saber que no vería de nuevo a la pareja de toda una vida y el hecho de saber que no vendrían sus hijos de Estados Unidos al sepelio. Volteé la vista a la entrada y aunque había algunos anuncios de marcas de refrescos y golosinas, seguía la misma vitrina con aquel cristal roto pegado con cinta adhesiva que mi amigo Ricardo y yo habíamos quebrado sin querer con el balón que me trajeron el día de Reyes. Esa tarde, Don Nacho en vez de reprendernos, nos había regalado ‘miguelitos’ porque no parábamos de llorar pensando que no acusarían con nuestras madres. El piso era viejo, hecho puro de cemento. Una vieja jerga sobre un cartón mojado por la lluvia servía de tapete de bienvenida. El olor a café se alcanzaba a percibir desde su vieja estufa al fondo de la tienda. Ahí, en la pared carcomida por la humedad y sobre una pequeña repisa, el cuadro de Don Nacho junto a la Virgen de Guadalupe. Una veladora recién encendida los iluminaba. Imaginé que la veladora era lo único nuevo de ese lugar. Sobre la mesa de madera, noté que habían puesto un tabique para equilibrar las patas, escuché la vieja radio que aún sintonizaba aquella estación donde pasaba la Hora de Agustín Lara. Se escuchaba bajito, como le gustaba a Doña Viky. Sonreí al pensar que todavía existía alguien que escuchaba ese tipo de música en la radio. Debajo de la mesa, estaba el banco en el que recordé, mi hermana mayor solía sentarse para leerle las noticias del periódico a Doña Viky. “¿A poco no sabe leer, Doña Viky?, y tan viejita que está”, recuerdo que alguna vez en mi inocencia le pregunté, recibiendo de mi hermana un codazo por semejante atrevimiento. “No, pero algún día aprenderé, ya verás”.

    Sonreí de nuevo al recordar ese momento, pero un mensaje al celular interrumpió mi viaje al pasado. Era mi cliente quien preguntaba si tardaría en llegar. Sin darme cuenta, habían pasado algunos minutos y también había dejado de llover. Me despedí de ella prometiendo regresar a saludarla de nuevo. Al llegar al auto, vi que no tenía una franela. Recordé haber dejado el periódico en el mostrador y que sin duda me serviría para secar el parabrisas así que regresé de inmediato. Doña Viky, volteó a verme y entregándomelo me dijo: “Beto, ahí dice que no va iba llover hoy”. “No crea nada del estado del tiempo que dicen los periódicos Doña Viky, es todo mentira”.

    Al subir al auto y mientras saboreaba un ‘miguelito’ que amablemente me había regalado, un sentimiento inesperado invadió mi mente y llenó mis ojos de lágrimas. Ella me había dicho que en el diario decía que hoy no iba a llover.

    Incitatus:
    Al igual que en el caso de Marvin, los comentarios van para tu texto, no para tu anécdota.
    Los textos que tienen referencias corren el riesgo de no ser entendidos por quienes no las conocen. Para quienes las conocen suelen ser documentos históricos valiosos. Hay que saber a qué le vas a apostar con lo que escribes. ¿Qué pasa con quien no sabe lo que es un Miguelito?
    Hay que revisar la repetición de los “me”. Los necesita por ser la voz que escribe, pero hay que suprimir los más que puedas y conservar sólo los indispensables. Lo mismo sucede con las “y”. Hay algunas que se pueden suprimir y darle más fluidez con un punto y seguido. Hay mucho ritmo con el punto y seguido, no hay que tenerle miedo. En un párrafo repites también tres veces la palabra recarga.
    A ver qué te parece así:
    Eran cerca de las diez de la noche. Una inusual lluvia estaba empezando a caer. Era tarde para la cita con mi cliente y era increíble que en pleno diciembre lloviera y más con semejante intensidad.
    “Señora de avanzada edad” es un lugarzote común. Puedes buscar algo más poético para establecer su edad como un referente. Lo mismo sucede con “como un destello que ilumina”, “los años no pasan en balde”.
    Aunque se ve y se escucha muy bonito, “golosinas” no es una palabra que usemos con naturalidad. ¿Tú sí? Si dices “dulces” escribe “dulces”. No hay que adornar las cosas porque luego se ven artificiales.
    Dale una revisada al tercer párrafo. Hay varias historias ahí que merecen ser detalladas. Los textos deben tener la extensión que necesiten. Sin que por ello se trabaje eternamente en ellos.
    Mueve a las emociones y eso es grato. Hay que enmarcar las anécdotas. El tercer párrafo hay que fraccionarlo.
    El cuarto párrafo puede comenzar desde “Un mensaje al celular …”
    El cierre me gusta aunque lo veo algo flojo. Es un buen intento de sumar los elementos, pero le falta algo a la nostalgia. Quizá un “ella dijo que iba a llover y doña Vicky nunca se equivocaba”. Hay que darle más fuerza al “miguelito”. El título me parece adecuado.
    Felicidades, Incitatus.
    LSM

  3. Palomilla Apocatastásica Says:

    Entonces volvió a suceder. De nuevo me ví ahí, siguiendo ansiosa el cerco de piedra, con mi padre al volante, piedra sobre piedra.

    Allá abajo, el lugar. Los álamos siguiendo el cauce del arroyo, las grullas blancas con los picos metidos en el agua.

    Una a una fuí nombrando las casas, tantas veces visitadas. La plaza con su kiosko destruído. La iglesia. Los hombres de mi tierra jugando a la baraja en la banqueta. Dándonos la bienvenida.

    Los nombres siguieron, pronunciados conforme continuaba mi camino hasta la acequia. Me ví frente a casa de mi Tita.

    Abrí la puerta y pude caminar en cada espacio. Su gruesa puerta de madera, con aldabón de hierro. El silloncito de plástico tejido. El cuarto de mi abuelo. Ahí donde solía pararme a escuchar el viento. El cuarto azul, donde veíamos los árboles de duraznos. El comedor de los helechos, donde mi abuelo tomaba su café en la tarde, mientras fumaba su cigarro y leía sus novelas de vaqueros. La cocina donde mi Tita preparaba el desayuno, torteando la harina para las tortillas. Donde todos los sabores se esparcían por la casa hasta hacernos despertar.

    La ventana donde se veía el campo, el cuarto grande donde nos sentábamos en las tardes a descansar, mientras afuera se escuchaban los murmullos de las pláticas. El arriar de los animales, el silbido de los hombres a caballo.

    El patio, desde donde el cielo me mostraba su abundancia. Donde por las noches nos acostábamos en el piso a ver las estrellas. Caminé hasta el corral, para darle comida a los animales. Y mi abuelo me extendía la mano para darme un tazón de leche recién ordeñada.

    Estaba ahí, podía escuchar esos sonidos que se quedaron grabados en mi mente. Las voces, las risas, las pláticas. Estabamos todos, reunidos como antes. Y tu mesa llena, con toda esa comida rica que sólo tu preparas. Tus migas, la cuajada, el agua de calabaza, las ruedas, los chuales, el chile pasado…

    Recorrí cada espacio, como si fuera ayer, como si sus puertas no se hubieran cerrado hace tantos años, como si el polvo, el olvido y las alimañas no se hubieran instalado ahí.

    Entonces se desbordó el cauce que me hace volver a buscar ese tiempo, que se quedó atrás. Y pensé en lo egoístas que hemos sido, al sacarte de ahí. Al traerte de un lado para otro. Al prohibirte que vayas.

    Al no querer que vuelvas a sentarte al atardecer en la puerta, con tu mirada gris, tus manos cansadas. Entonces lloré, como aquella noche en que comencé a escribirte. En que llené aquellas páginas de los recuerdos que me negué a entregarte hasta armarme de valor.

    Pero ahora tengo miedo, algo es diferente y no me gusta.

    Tita, no hay otro lugar más maravilloso del mundo que tu casa, esa casa que cerramos, donde ya no hay sonido.

    Y me niego a dejar que pase el tiempo, me niego pensar en la idea de volver sólo por que tu hayas decidido partir. Me niego a abrir sus puertas sólo para llorarte.

    Así que haré algo, tal vez descabellado, para que puedas estar cuando menos una vez más ahí. En el lugar donde dejé un gran pedazo de mi vida, junto a la tuya.

    Palomilla:
    La opinión va hacia el texto, no hacia tu vivencia. Dicho lo anterior, comienzo. Contrario a Incitatus, que sus párrafos son largos, presentas un texto con párrafos cortos. Podría ser buena idea condensarlos.
    Los monosílabos no se acentúan, a menos que sean diacríticos. Fui nunca lleva acento. Dale una revisada a la cuestión de los acentos. Una palabra mal escrita hace tropezar al leer y a veces hasta pierdes el sentido de lo leído.
    Recreas bien la atmósfera rural. Nutre el texto con imágenes poéticas. No llames al viento viento, búscale un símil, alguna otra forma de nombrarlo que regale una imagen.
    Hay que prestarle atención a los tiempos verbales, porque si no se deshace la sorpresa del final. Si dices “la comida que tú preparas…” ¿entonces está viva o está muerta? Se abre la duda, se abre la posibilidad, pero también se abre el desconcierto y éste no es bueno si no está bien fundamentado.
    ¿Qué son los chaules? Disculpa la ignorancia.
    La línea donde hablas del miedo sobra. No aporta nada. No tiene sensación ni nada. Suprímela.
    Súmale poesía para el final del texto y el final de Tita. Retrabájalo.
    LSM

  4. Fernanda Says:

    RECICLANDO

    Hace muchos años, cuando algunas cosas todavía no tenían nombre y todo era posible, mi papá me llevó a cenar con toda la familia. Salimos muy tarde del lugar. Íbamos en su camioneta y pasamos por la calle de Sullivan. Vimos a las muchachas develadas de toreaban a los coches y, arregladas como para un carnaval, coqueteaban con los automovilistas que, a vuelta de rueda, tanteaban el mercado.

    Recuerdo, como si hubiera sido ayer, que con legítima inocencia les pregunté a mis papás quienes eran ellas. Turbados, no supieron qué contestarme, pero tropezadamente me explicaron que eran chicas que trabajaban de noche. Yo me les quedé mirando y les dije a mis padres que yo, cuando fuera grande, quería trabajar como ellas. Mis papás sonrieron y él, entre nervioso y encabronado, me dijo que cuidara lo que deseaba, porque podía cumplírseme. ¡Ah! Si mi padre hubiera tenido tanto sentido profético para otras cosas, otro gallo me cantara.

    Hoy, mi papá está muerto, y aunque yo a decir verdad, no crecí como hubiera imaginado (pues sigo en los 155 centímetros), resulta que sí trabajo en una versión más privilegiada, pero del mismo oficio que mis inspiradoras callejeras. Me vino esto a la memoria anoche, cuando pasé por esa calle y al verlas me dije para mis adentros: ¡Adiós colegas!

    Sullivan sigue igualito. Como si por allí no hubiera pasado el tiempo, ni los segundos pisos, el voto por voto o las obras de remodelación. Claro, no hace tanto que abandoné la infancia como para que la ciudad hubiera cambiado lo suficiente para hacerla irreconocible, lo sorprendente en Sullivan es que también las chicas parecen ser las mismas que recuerdo toreando coches en la madrugada desde la camioneta de papá. La misma ropa ceñida, la misma oferta de piel expuesta, casi toda parda como tierra fértil, el mismo frío tolerado, los mismos tacones, los mismos rostros de coquetería adusta, maquillaje poco sutil y oferta triste, la misma promesa, el mismo comercio, los mismos demonios. No ha cambiado un ápice aquella congoja alegre que desde entonces gritaban al transeúnte sus cuerpos en renta. Realmente parece que aquellas que vi esa noche siguieran allí desde que yo era niña.

    Continué mi camino sin detenerme, en Insurgentes doblé a la derecha. Cuando llegué a Reforma, recordé a mi papá y le prometí en secreto, donde quiera que esté, que en adelante cuidaría lo que deseara, porque de que las cosas se cumplen se cumplen…

    Nota: es una historia reciclada de mi columna en Metro y readaptada al ejercicio.

    Fernanda:
    Bienvenidos los ejercicios reciclados. Benditos los ejercicios nuevos. Siempre es importante la revisión de textos anteriores porque notamos cómo evolucionamos de pensamiento y de forma de escribir. ¿Qué descubriste?
    Respecto a tu texto, la honestida es uno de los elementos de los buenos escritos.
    No concuerdo con el inicio “Hace muchos años…” porque suena a evocación, porque ya me sitúa en que es un recuerdo. Podrías cambiarlo por otro inicio que cierre con las profecías de tu padre para que cierres con él al final.
    Hay que darle una revisada a la puntuación. Usas demasiadas comas. Podrías incluir algún punto y coma. Da más velocidad y sueltas disparos de acción. Considéralo.
    “Arregladas como para un carnaval”, aunque es buena la frase, podrías echarle más imágenes y describir un poco los vestidos.
    “como si hubiera sido ayer” busca algo más poético. Como si el tiempo se hubiera detenido, como si el reloj de arena se eclipsara, algo así. Otra figura para no caer en el lugar común.
    En el segundo párrafo, “que con legítima…” hay una cacofonía. Puede reescribirse así: Esa noche, con legítima inocencia…
    Elimina el pero “pero tropezadamente.” No supieron qué responderme. Tropezadamente…
    Elimina el paréntesis donde pones tu estatura, intégralo al texto. Es buen detalle de ironía.
    Atención a las referencias. Cuando pienso en Sullivan, pienso en la funeraria. Los que no están familiarizados con el DF pueden no entender a cabalidad tu comentario. Las referencias le dan época al relato.
    ¿Qué pasó con los mismos? Hay muchos y muy seguidos en un mismo párrafo. Busca la manera de suprimir algunos.
    Innecesarios los puntos suspensivos del final. Ciérralo y ya. Es suficientemente fuerte la anécdota como para que la dejes abierta.
    Me parece que este texto puede dar para más. Los textos necesitan la extensión suficiente para comprender todos los detalles.
    Gracias por compartirlo.
    LSM

  5. incitatus Says:

    Gracias Lorena, sabes que me esfuerzo por hacerlo cada vez mejor.

    Ahora, con respecto al título y al final de mi ejercicio, quise hacer notar en donde digo: “Ella me había dicho que en el diario decía que hoy no iba a llover” que en el tiempo que el protagonista y su hermana, se habían ausentado, doña Viky había aprendido a leer, fiel a su promesa de hacerlo. Al parecer no tuve éxito con eso. ¿Cómo crees que hubiera quedado para asentuar ese detalle?, creo que era el colofón adecuado a la historia.

    Gracias.

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