Viernes de Taller: Ejercicio 13

Para todo aquel y aquella que guste entrarle a la onda de la escritura, los viernes publicaré un ejercicio tomado del libro Taller de Escritura: 1303 Ejercicios de Creación Literaria del escritor regiomontano Felipe Montes. Quien guste entrarle y que no sea tímido deje su tarea como un comentario y recibirá bien intencionada retroalimentación.

Ejercicio 587. SI LAS MESAS HABLARAN. La mesa de un restaurante cuenta sus historias.

Gracias por su participación. Felicidades por su fantasía y creatividad. Durante la semana escribiré algunos comentarios y el viernes tendremos un nuevo ejercicio.

Lorena Sanmillán

9 Responses to “Viernes de Taller: Ejercicio 13”

  1. Adrián Boyero Says:

    -¿Cacahuates?, ¿almendras?, ¿avellanas? ¿Cuál es tu complemento favorito en las barras de chocolate, mi rey?
    – ¡Tus besos chorreados, preciosa!…
    Lo que más disfruto son las bobas conversaciones de enamorados en las noches de abril cuando me sacan a la acera. Pláticas muchas veces sin sentido que más parecen tan solo pretextos para escuchar la voz del amado. Me siento mas ligera entonces, menos comprometida que cuando sobre mi se abren maletines y archivos a la par de tediosas discusiones políticas o comerciales. El amor está ya resuelto, me parece. Es hábito, es costumbre. Es tan fuerte que una cena más no lo cambia mucho. ¿Será que he oído demasiadas?. Sin embargo no me cansa.

    -Las evaluaciones de Miguel Romero en la junta del consejo el martes serán determinantes, Rubén. ¡Necesitamos que sus números nos favorezcan a como de lugar, me entiendes, a como dé lugar!… Cobián sigue dudando. La emisión de esos bonos no puede retrazarse más. ¡Tienes que convencerlo!.
    -Pierde cuidado, tengo a Romero en la bolsa. No es más que un yuppie amanerado, se como impresionarlo. Cobián vendrá a nosotros a través de él…
    Me cansan en cambio la ambición, la avaricia de nefastos embaucadores que disfrazan su mezquindad con amabilidad y cortesía solo hasta que se cierra el negocio. Esas no son las conquistas que me gusta atestiguar. Prefiero los nervios y el candor de una señorita primeriza anticipando los avances románticos de su novel galán. De los viejos romances me recreo con la caricia suave sobre la mesa, o la morbosamente oculta bajo el mantel; de los amores incipientes, con el coqueteo excitante que raudo atraviesa el salón con un guiño, interrumpiendo el postre…
    -¡No voltees, no voltees! ¡El güero de la esquina no deja de mirate! ¿No es el mismo que encontramos en la zapatería esta mañana? ¿Estará esperando a alguien?
    -Sí, es él. ¿Cuánto hace que está aquí?… La verdad, Patricia, no sé si me interesa.
    -¡Cómo que no sabes, acaso estás loca! ¿Pero es que no lo has visto? ¡Cueeroooo!…
    -¡Déjame en paz, quieres! Todavía pienso en Mauricio. ¿A qué hora piensan traer el menú?…
    Mariela, ¡aunque lo niegues, te gusta! No has dejado de jugar con tu pelo y morderte los labios, tonta. ¡Mira, ni siquiera has comenzado; ya la bola de nieve casi se ha derretido!…

    -Mi jefe me va a matar, ¡pasan de las tres y no he terminado el reporte aún! ¡Tengo que regresar enseguida!
    Detesto la prisa del oficinista por volver pronto a su trabajo, apurando tragar el bocado a medio masticar, impacientado por la tardanza de la cuenta. ¡Eso no es comer, que de eso sé algo yo! Lo bueno es que me ha dejado libre para Don Evaristo y su nieto. Meriendan aquí todos los jueves. Soy su mesa. La de siempre. Aunque me siguen divirtiendo, con tristeza reconozco que las anécdotas del viejo no son las mismas. Me he dado cuenta que semana tras semana se pueblan con más nebulosos hoyos. Andresito lo sabe. Ha comenzado a guiar sus charlas.
    -Abuelo, cuéntame de nuevo cuando llegaste a la ciudad por primera vez…

    Adrián:
    ¡Bienvenido de vuelta! En este taller itinerante, aunque ni sobra el que se queda ni hace falta el que se va, celebro mucho cuando alguien vuelve a intentarlo. Gracias por el privilegio de compartir tus letras con nosotros.
    Tu ejercicio, si lo fragmentas, lograrás varios minicuentitos de la mesa y creo que ese sería su mayor logro. Si los vas a hilar, hay que hacerlo. No tienen hilo entre ellos salvo la anécdota marco. Hay que hilar las cosas para que se complemente la narración.
    Mantienes el tono con el que habla la mesa y eso es un acierto. Tiene personalidad.
    El cierre emotivo es genial.
    Prueba a ver qué pasa si integras los diálogos en la narración de la mesa.
    Prueba a ver qué pasa si dejas el discurso de la mesa sólo y cierras con lo del nieto. A veces sobran los ejemplos y puedes dejar al lector que se imagine lo que pasa.
    La reiteración es válida pero a veces es bueno dejar las cosas a la imaginación, además está muy bien establecido el contexto.
    Me gusta esa mesa. Quiero ir a sentarme ahí.
    Síguele porque pinta bien y bienvenido de regreso. A ver cuándo compartimos un café o un azul con una mesa de por medio.
    Un abrazo
    LSM

  2. Palomilla Apocatastásica Says:

    De la Uno a la Diez

    Situadas a lo largo del espacio, en perfecto orden, dispuestas a recibir la atención diaria. Mientas Irene pasa la franela por cada una de ellas, hasta dejarlas limpias.

    La Ocho y la Diez murmuran.

    Ocho – Oye, viste que anoche poco antes de cerrar volvió la chica de azul

    Diez – Me encantaron los tacones negros, altos de pulsera. Lástima que mis patas no puedan usar algo así.

    Ocho – La vez que vino acompañada no dejó de pasar su pie por la entrepierna de su acompañante. Uh olía a maderas. Lo malo es que no pude verle mas que las piernas, por culpa de los odiosos manteles azules.

    Diez – Lástima que ahora venga sola.

    Uno, dos y tres, salpicadas hasta las patas, luego de que un patán arrojó una jarra de Veneno para Hadas sobre ellas.

    Dos – ¡Qué asco! Duré pegajosa toda la noche, deberían limpiarnos cuando cierran. Voy a tener que quejarme con Leonor.

    Uno – No te quejes, no fuiste la única. Pero a mi no me importa, ese chico estaba hermoso.

    Tres – ¡Ya cállense! No pueden dejar de hacer ruido, tengo que estar linda para hoy en la tarde, creo que volverá el abogado. A ver ahora que calcetines tan exóticos trae, espero que sean los de rayitas, esos que parecen de presidiario.

    Dejen de bambolearse para que Irene nos limpie.

    – ¿Ya viste a ese trío de descaradas? Pregunta Cinco a Siete.

    Cinco -No hacen otra cosa más que espiar a Jacinto cuando arregla los macetones de la entrada.

    Siete – Pues como no, si Jacinto tiene lo suyo, además de tener buena mano con los rosales. ¡Qué daría yo por que me diera un “franelazo”! ja, ja, ja.

    Cinco – Hay como eres babosa.

    Cuatro las observa en silencio, repasando de memoria el menú de la semana, los colores de la mantelería, la cristalería que se usará y los cubiertos, de acuerdo con las indicaciones que salen de la puerta de la cocina. – Ojalá que el Capitán haga sopa de mariscos, con lo rico que huele.

    Mientras, Nueve dormita en su rincón, con su aburrimiento usual. La pusieron en la esquina por culpa de Jacinto, que le dió una nalgada a Irene y en recompenza recibió una bofetada que lo lanzó sobre Nueve.

    Esa mañana estaban preparando algo especial. Al caer Jacinto quebró el vidrio de Nueve, partiéndolo a la mitad. Tuvieron que repararla con un horrible trozo de madera.

    Leonor, la patrona, hizo que la colocaran al final, sin señales de mandarla con Julián.

    – ¡Ah Julián! Él sabe hacer su trabajo.

    Nueve suspira, recordando aquella vez que le rasparon una pata y Julián la reparó. Delicadamente con su pincel, de devolvió el color y le dió una capa de barniz.

    Como si lo hubiera invocado, aparece Julián en la puerta y con ayuda de Jacinto colocan a Seis en su lugar. Nueve se despereza y alcanza a ver a Seis con envidia.

    Nueve – Ya decía yo, Julián si que sabe hacer su trabajo.

    Seis – Hola niñas, ya regresé. ¿Qué novedades tienen?

    Demasiado tarde, Seis tendrá que esperar hasta el siguiente día para escuchar las historias de la semana, por que Irene ha comenzado a colocar los manteles, precisamente los manteles azules que Ocho detesta.

    Palomilla:
    En este cuento hay muchas mesas! Era la historia de una sola! Esa es una de las cosas que te distinguen en este taller y para eso es, para inventar más allá del ejercicio. Bien.
    Si este ejercicio lo lee alguien que no sepa el contexto, batallará para entenderle. Hay que establecer de qué se trata. Dilo sin decirlo. Ahí está el reto.
    Los diálogos están confusos.
    “Los tacones negros, altos de pulsera”
    Primero, son muchos adjetivos. Segundo, le falta una coma:
    “Los tacones negros, altos, de pulsera”.
    Batallé para leer esa frase.
    Si bien los cuentos son irrealidades, fantasías tejidas con palabras, deben tener su grado de coherencia. Se me hace muy difícil que, sentado ante una mesa, alguien pueda pasar su pie por la entrepierna de otra persona conservando la discreción. Acaso rozará sus piernas.
    ¿Quién o qué olía a maderas?
    Dale personalidad a las mesas. No pongas eso de Uno- tal y tal. Dos-tal y tal. Aquí va el asunto narrativo. Hay que establecer los diálgos sin caer en el socorrido artificio de “dijo la Uno”, “contestó la Dos”. Ahí está el desafío narrativo.
    Como los números se convierten en nombres propios hay que ponerlos con mayúsculas.
    Le falta ambiente al restaurante.
    Queda suelto el Uno, dos y tres, salpicadas hasta las patas… Intégralo: Mientras tanto, una dos y tres, bla bla bla
    O bien:
    Uno, dos y tres, salpicadas hasta las patas mantenían una discusión sobre otros comensales.
    Es muy acertado el hecho de que vean los pies y a través de los pies adivinen, exploren o infieran sobre la personalidad de quien se sienta en ellas. Habla de su punto de vista y puede ser el hilo conductor de todo el relato. Explora la idea.
    El cierre es bueno. Aprieta los demás detalles y puede trabajarse para hacer un buen relato. Extiéndelo. Si manejas diez personajes, extiéndelo o recórtale personajes.
    Los nombres de los empleados y dueña salen sobrando. Te sugiero que los cambies por los oficios y así economizas palabras. La dueña, el mesero, el carpintero. También te sirve para darle más ambiente.
    Si vas a manejar elementos poéticos como “veneno para las hadas” no los dejes sueltos porque pierden fuerza. Se oyen bonito pero pierden sentido. Daba igual se vaciaban cualquier otro líquido.
    Trabájalo, porque promete mucho.
    Ah! y Hay que babosa! Se reescribe:
    ¡Ay! No seas babosa.
    Hay es de haber y ¡Ay! es una interjección.
    Recompenza: recompensa.
    Palomilla, también hay que revisar la ortografía.
    Desarróllalo. No le des la vuelta. Crear personajes compromete a desarrollarlos.
    Un abrazo
    LSM

  3. Marvin Says:

    Escucho los gritos, las sonrisas, los alaridos de los niños que corren tras las charolas plásticas y su hamburguesa. A mi derecha zumba una familia, a mi izquierda un hombre gordo, gordo. Una mujer mayor coloca su mano sobre mi lomo. Me emociono, mas mi sonrisa se desvanece con la mueca negativa del joven que la acompaña.
    Las mesas a mi lado, inmóviles también, se regocijan entre manazos, catsup derramada, anillos de refresco seco y manitas con grasa.
    Escucho un globo reventar y el llanto de su dueño; una charola más golpetear sobre la mesa de la entrada; un vaso con café derramarse por completo y el sollozo de otro niño, víctima de tremenda reprimenda.
    Poco a poco, el Sol se escapa, el bullicio cesa y un trapo húmedo, asqueroso y con olor a pino, se desliza sobre mi superficie. Nada qué limpiar, pienso. Hoy, como ayer, y como el día antes de ayer, nadie se sentó en esta pobre mesita de centro.

    Marvin:
    Ponle un título para que nos adentres en la historia.
    Se percibe el sentir de la mesa.
    ¿Cómo zumba una familia?
    Necesita una frase inicial que ganche al lector.
    Más que enumeración de acciones se necesita narración con emociones que nos conduzcan hasta la epifanía del último renglón.
    gordo, gordo. Se entiende lo que quieres decir, pero sé que tú tienes recursos para ir más allá. Aviéntate una frase poética que nos diga cómo es el sujeto.
    Adjetivo que no da, quita. “Tremenda reprimenda”. Cuéntalo, transmitelo. Haz que lo sintamos.
    Normalmente, cuando escogemos mesa en un sitio así, las mujeres no ponemos la mano, acaso dejamos caer la bolsa o las llaves.
    Interesante la ironía final. Un poco más de drama le vendría bien.
    LSM

  4. Palomilla Apocatastásica Says:

    Hey Adrián, fue gracioso eso de “las bobas conversaciones de enamorados en las noches de abril cuando me sacan a la acera” Ja te faltó agregar “de los aborrescentes enamorados”, creo que en la superficie de la mesa se podrán encontrar de abril en abril corazones pintados e iniciales, apenas trazados como “marca de amor” Bah, cosas de aborrescentes.

  5. Palomilla Apocatastásica Says:

    Hey Marvín, eso es discriminación mobiliaria, dile a la mesita que los demande o que no la obliguen a trabajar en el centro, que la pongan en el rinconcito o en el área de juegos, osea que le asignen cambios de actividades laborales… Basta de abusos laborales

    “Por los derechos del mobiliario y equipo”

    Sindicato de muebleros y fabricantes restauranteros S.C.

  6. Mariana Hernández Says:

    En este restaurante existían diez mesas. El color de las mismas era similar al de las experiencias que escuchaban de los comensales que se sentaban en las sillas de las mesas. Algunas eran coloradas como la vergüenza, otras blancas como la pureza, había amarillas felices, y verdes como la tranquilidad misma.

    Tantos colores hacían que el restaurante se viera alegre y diferente. Cada día recibían numerosos comensales que compartían sus vivencias diferentes, divertidas, vivaces. Hasta que una noche llegó una pareja que no se tocaba, el era muy correcto, le abrió la silla, le ordenó lo que deseaba, pero el “caballero” no la observaba. Su mirada era vaga y lejana. La mesa donde se sentaron, era blanca. Pero conforme pasaba la noche, iba cambiando su tonalidad. Ella aunque hermosa, se veía tensa, el ceño fruncido y casi no decía palabra. El mesero trajo el vino, lo sirvió en las copas, y se retiró. En ese rincón del restaurante, solo se oía el silencio. Pero dentro del silencio había mil palabras no dichas, reprimidas y llantos ahogados. La mesa comenzó a ponerse azul. Ese azul de noches, de lágrimas, de mar, de profunda tristeza. La mesa no podía evitarlo. Comenzó a sentirse triste. Triste. Pero la tristeza no venía del caballero. Sino de ella. Sentía su soledad, sus llantos, sus celos, sus desvelos, su decepción. Cuando trajeron los platillos comenzaron a comer. Se escuchaban los cubiertos contra los platos. Y los pequeños sorbos al vino. Eran más ruidosas las pestañas al parpadear. Alrededor, se escuchaba el bullicio de las otras mesas. La mas cercana era la amarilla, que ya había notado el cambio de color. Había tres señoras en ella que platicaban muy amenas. La mesa amarilla quería que su color contagiara a la mesa azul, para alejar su tristeza.

    Cuando llegó el mesero con la carta de postres, ella ordenó “creme brulée” y el un pastel selva negra. Los dos ordenaron café.

    Poco a poco, a pesar del silencio, algo estaba pasando en el interior de ella. Lo sentía. De repente cambió. La silla de ella se había tornado roja, el color de la fortaleza. El mesero trajo los postres, ella esbozaba una pequeña sonrisa tipo mona lisa en sus labios. Con el último bocado de su “creme brulée” dió último sorbo a su café, tomó el anillo de bodas, se lo llevó al pecho, y lo puso sobre la mesa. Ella le dijo al caballero: Después de 4 engaños, cien mentiras y mil llantos he decidido dejarte, porque como una vez me dijiste “no te merezco”. Yo merezco a un hombre de verdad, que me valore y respete. Porque valgo mucho. Tomó la servilleta y se limpió la comisura de sus labios, tomó su bolso, se levantó, y ahí lo dejó. Sentado viendo como se alejaba, y salía triunfante por la puerta.

    El solo con su nueva soledad. Primero estupefacto, después incierto, después comenzó a saborear la tristeza. Las señoras de la mesa amarilla estaban asombradas, pero felices por ella. Comentaron “bien por ella”, “así se hace”.

    La mesa azul siguió azul, ahora un azul más profundo, sentía pesar, arrepentimiento, tristeza, soledad, vergüenza. El caballero se tragó el llanto. Que quedó solo en un asomo de brillo de lágrima en sus ojos. Siguió tomando su café fingiendo que no dolía. Mas el azul de la mesa no mentía. Cuentan que después de esa noche, nadie mas la ocupaba, y pasaron más de cientos y cientos de días en que la mesa era azul, muy a su pesar. Sin poder ocultar ese triste final.

    Mariana:
    ¡Bienvenida al Taller!
    No importa cuántas mesas eran en realidad. Esa frase puede suprimirse porque al final del asunto el número no es importante. Lo interesante radica en el cambio de color de acuerdo a los estados de ánimo de los comensales.
    Se abusa de los adjetivos y la reiteración. Es el primer texto tuyo que leo y no sé si así sea tu estilo. Te sugiero revises algunos adjetivos y conserves sólo aquellos imprescindibles.
    La anécdota radica en el color. Céntrate en eso.
    Son innecesarias las comillas.
    Revisa también la repetición de palabras. Sus sus sus sus…
    Atención cuando cambias la voz narrativa. Hablas primero del sentir de las mesas y después del sentir de las señoras. Déjalo en las mesas.
    No importa la cara del mesero. Es irrelevante para el texto.
    No creo que salga triunfante. Quizá salga más tranquila, pero triunfante no. Y si sale triunfante, entonces la mesa no está triste. ¿Quién se entristece por un triunfo?
    Puedes darle más suspenso, y por ello hacerlo más interesante, si en lugar de explicar con lugares comunes sólo deja el anillo en la mesa con suprema dignidad y se evita todo aquello de por tus engaños, por mis lágrimas.
    Este ejercicio es sobre la mesa. Es válido hablar de personajes. Sí, ¿pero qué tal si exploras la idea de que la mesa interprete las emociones del sujeto?
    Olvídate del “cuentan que después de esa noche…” Ya lo estás contando tú. Afírmalo. “Después de esa noche…” “A partir de esa noche…”.
    Me hace mucho ruido que sea un triste final si se habla de triunfo.
    Tal vez el color de la mesa sea el blanco porque alguien alcanzó la paz.
    Interesante, y lo repito, la idea de los colores. Dale una revisada y lo volvemos a ver.
    Un abrazo
    LSM

  7. marvin Says:

    La cosa es, Palomilla, que yo no hablo con mesas. O ¿son ellas las que no hablan?
    Además, esta mesa es de adorno. Pero ella no lo sabe.

  8. marvin Says:

    Curioso: dos historias de a diez mesas.

  9. Palomilla Apocatastásica Says:

    A ver ahora si mejoró el asunto:

    De la Uno a la Diez
    El lugar lucía diferente a esa hora. Sin comensales, sólo se escuchaba el trajín cotidiano. Cada una de las mesas, estaban situadas a lo largo del espacio, en perfecto orden, dispuestas a recibir la atención diaria.

    Mientas una joven mesera pasa una franela por cada una de ellas, hasta dejarlas limpias.

    En la parte más alta del lugar, desde donde se puede se ve todo el restaurante, Diez y Ocho murmuran.

    Oye Diez, viste que anoche poco antes de cerrar volvió la chica de azul.
    Sí Ocho, me encantaron los tacones negros y altos, de pulsera que traía puestos. Lástima que mis patas no puedan lucir algo así.

    ¿Te acuerdas, la vez que vino acompañada? No dejó de rozar su pie contra la pierna de su acompañante. Uh, él olía a maderas y traía un pantalón de muy buen corte. Lo malo es que no pude verle más que las piernas, por culpa de los odiosos manteles azules.

    Es una lástima que ahora haya venido sola.

    Situadas junto a la entrada, Uno, Dos y Tres, se quejan, salpicadas hasta las patas, luego de que un patán arrojó una jarra de limonada con granadina sobre ellas.

    ¡Qué asco! Dice Dos, duré pegajosa toda la noche, deberían limpiarnos cuando cierran. Lo peor es que no puedo quejarme con la dueña, ahora tengo que esperarme hasta que lleguen con esa estúpida franelita.
    No te quejes, no fuiste la única Dos. Pero a mi no me importa, ese chico estaba hermoso.

    ¡Ya cállense! ¿No pueden dejar de rechinar? Dice Tres, molesta. Tengo que estar linda para hoy en la tarde, creo que volverá el abogado. A ver ahora que calcetines tan exóticos trae, espero que sean los de rayitas, esos que parecen de presidiario.

    Uno y Dos siguen en su conversación, ignorando a Tres, quien les grita: Dejen de bambolearse para que nos limpien.

    ¿Ya viste a ese trío de descaradas? Pregunta Cinco a Siete.

    No hacen otra cosa más que espiar al jardinero cuando arregla los macetones de la entrada.

    Pues como no replica Siete, si el jardinero tiene lo suyo, además de tener buena mano con los rosales. ¡Qué daría yo por que me diera un “franelazo”! Ja, ja, ja.

    ¡Ay! Como eres babosa. Cuando menos, no puedes quejarte de las flores que nos trae. Siempre escoge las mejores.

    Cuatro las observa en silencio, repasando de memoria el menú de la semana, los colores de la mantelería, la cristalería que se usará y los cubiertos, de acuerdo con las indicaciones que salen de la puerta de la cocina, junto con el sonido de la loza y los sartenes. – Ojala que el chef haga sopa de mariscos, con lo rico que huele. Aunque no caería mal un flan napolitano con un chorrito de rompope.

    Mientras, Nueve dormita en su rincón, con su aburrimiento usual. La pusieron en la esquina por culpa del jardinero, que le dio una nalgada a la joven mesera y en recompensa recibió una bofetada que lo lanzó sobre Nueve.

    Esa mañana estaban preparando algo especial. Al caer, el jardinero quebró el vidrio de Nueve, partiéndolo a la mitad. Tuvieron que repararla con un horrible y burdo trozo de madera.

    La patrona, hizo que la colocaran al final, sin señales de mandarla con el carpintero.

    ¡Ah, el carpintero! Él, si sabe hacer su trabajo. Nueve suspira, recordando aquella vez que le rasparon una pata y él la reparó.
    Delicadamente con su pincel, de devolvió el color y le dio una capa de barniz.

    Como si lo hubiera invocado, aparece el carpintero en la puerta y con ayuda del jardinero colocan a Seis en su lugar. Nueve se despereza y alcanza a verla con envidia.

    Ya decía yo, el carpintero si que sabe hacer su trabajo, masculla con rabia Nueve.

    Hola niñas, ya regresé. ¿Qué novedades tienen?

    Demasiado tarde, Seis tendrá que esperar hasta el siguiente día para escuchar las historias de la semana, por que han comenzado a colocar los manteles sobre ellas, precisamente los manteles azules que Ocho detesta.

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