En mi Luisa Vittona

Correr el cierre, sacar las cosas y vaciarlas en mi cama fue de lo más sencillo; lo complicado vendrá cuando intente volverlas a acomodar de donde salieron. Abrir mi bolsa es como desnudar mi alma. Dependerá de ti si los significados captas. Tómalos como son o quédate en la metáfora. Toda confesión encuentra su formación correcta aunque en sus inicios nazca dispersa. Toda confesión es un parteaguas.

Mi libreta de notas es lo primero que surge a la vista. Ahí anoto las cosas por hacer y las cosas cumplidas. Cada segundo se agrega una más, como sucede con el respirar. Cuatro cartuchos para mi pluma fuente y la pluma, por supuesto. Las llaves de mi oficina, de mi estudio y de mi casa. Trabajo donde puedo, duermo donde la noche me alcanza. Todo el tiempo sueño.

Tres estilógrafos recuerdan que me gusta dibujar. 0.2, 0.5 y 0.8 y enfatizan mis ideas. El inhalador que me permite respirar de nuevo cuando la risa o el llanto me ahogan. El lápiz labial que hermosea la sonrisa que busco ofrecer después de cada espejo. Un par de pilas AA que no tengo la menor idea cómo han llegado hasta aquí. Tarjetas de presentación que nunca encuentro cuando las necesito. Catorce pesos que sólo sirven para comprarte un regalo en el Waldo’s.

Notas de la Ferretería “La Estrella Azul”. En todos lados debo y en todos lados me fían. Dos diskettes de 3 ½”, parece increíble, pero en estos tiempos de uesebés son los únicos que admiten en los trámites de construcción en el Seguro Social. La calculadora que sólo suma las cifras que sea capaz de dictarle. Mi flexómetro incapaz de medir palabras. El esquema del calculista sobre el armado de las losas y el sistema de fuerzas necesario para conservar la estabilidad. Sobres de la raya vacíos. Lista de materiales por comprar para construir un sueño. Presupuestos ensayados en el aire. Mi cartera sin dinero pero con identificaciones por si vuelo.

Dos libros comenzados: Inés del alma mía, de Isabel Allende y Concierto Barroco, de Carpentier. Los folletos de Marco de la exposición de Enrique Norten. Cuentos revisados del taller. Un montón de notas sobre tanto por aprender. Copias de escritos ajenos que me gustan y arranco de los libros que los guardan. Un muestrario de bufandas por si me da frío el sol canicular. Un exacto para cortar lo que sobre o lo que pretenda conservar. Gises. Marcador fluorescente para subrayar lo cotidiano e indeleble para establecer lo trascendente. Un borrador por si me equivoco.

El encendedor de plata y los mentolados para reducir a cenizas los instantes sucedáneos. Chicles Adam’s de diversos sabores y besarte así con aliento distinto. La muestra de un perfume Paris Hilton, espantosa, pero que huele mejor que el vacío perpetuo. Los resultados de los exámenes médicos de mi madre y una operación en puerta. Papel milimétrico para pasar en limpio una nueva idea. Una carta, tu carta, releída setenta veces siete y  mil por escribirte, apenas.

Lorena Sanmillán

* Artículo publicado en el suplemento cultural 15 Diario 4/3/09

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