La mujer que más admiro

No voy a esperar que muera para dedicarle mis letras, si me regaló la vida y cada día a su lado me brinda una nueva historia. Si este momento que hoy vivo ha sido posible gracias a ella. Gracias a su sensibilidad y enseñanzas, puedo percibir al mundo de la manera que  lo concibo. Gracias a su sonrisa conozco la alegría, gracias a sus canciones llevo la música en mi vida. Gracias a su sensibilidad exploto mi parte creativa.

Es por sus brazos tendidos que aprendí a caminar y con los mismos brazos, ahora extendidos, es que aprendo a volar. Por su definición de amor, heredada en ejemplo, es que sé amar. Conociendo su dolor me enteré de lo que es llorar.

Analfabeta, se encargó de que todos sus hijos fuéramos lectores. Hay una foto deliciosa que yo amo: estamos todos los hermanos en una cama, leyendo, cada quien según su edad, sus expectativas y sus gustos, así que un hermano tiene “El Conde de Montecristo”, otro “Cien años de soledad”, otro más “Madame Bovary” y yo, que aún no sabía leer, tengo un cuento de “Lorenzo y Pepita”. Esa foto me encanta porque refleja nuestro entretenimiento.

Mi madre hasta hace pocos años aprendió a leer y terminó la primaria, en mi generación obtuve el Premio al Saber. Sin saber muchas cosas se preocupó siempre porque sus hijos aprendiésemos todo aquello a lo que ella no tuvo acceso. Me dio tanto o más orgullo su certificado de primaria a sus sesenta años que mi diploma.

Admiro su visión de amor, su ansia de progreso, su lucha incansable. Su sarcasmo delicado, su carcajada espontánea, su mirada siempre honesta y franca. Gracias a su apoyo, gracias a su impulso siempre conmigo y con mis hermanos ha trascendido en la vida, realizándonos.

Mi madre no sabe mucho de arte, no tiene ni presume gran cultura, pero siempre está dispuesta a aprender y yo le admiro tanto eso. Si lee una revista y no entiende alguna palabra, va y me busca o a cualquiera de mis hermanos y pregunta, y sólo entonces, cuando sabe el significado de la palabra, sigue leyendo. A pesar de que ella no tuvo contacto con el arte, siempre se preocupó porque todos mis hermanos y yo estuviéramos ligados a los museos, a las exposiciones, a los cursos que daba el gobierno o la universidad. Nos regaló el arte aunque fuera algo desconocido para ella. Cómplice de mis locuras creativas, respetuosa de mi libertad entera.

Canta en cada mañana y para mí amanece en mis oídos. Escucharla cantar, siempre ha sido la mejor melodía. Sus afectos son tan genuinos como espontáneos. Nos enseñó la ternura, aunque creció sin conocerla. Nos ha enseñado a dar, a pesar de vivir con tantas carencias. Heredamos el sarcasmo cual mecanismo de defensa, la ironía como estrategia, y, claro está, el humor agudo y la pronta respuesta. Es presumida, arrogante, coqueta, aunque jamás soberbia. Entiende silencios, pero sabe dar abrazos. Respeta momentos y no perdona la pereza. Si dos hermanos peleábamos, de castigo nos ponía a hacer algo difícil juntos, porque sabía que tendríamos que hacer equipo para terminar la tarea encomendada y que terminaríamos siendo amigos de nuevo.

Nos enseñó a gatear para alcanzar un juguete, nunca nos lo dio en la mano. Nos hacía fascinantes coches de bomberos con cajas de leche y fichas, trailers de cajas de pasta de dientes y tanques de guerra con cajas de zapatos. Nunca nos dijo que no hubiera dinero, se concretaba a buscar una solución. Nos compraba juguetes baratos, corrientes, en las tiendas de mayoreo, pero para nosotros era más que suficiente.

La admiro por su respeto a mi vida y mi modo de vivirla. Por no preguntar nunca a dónde voy o de dónde vengo, por estar ahí cuando terminé con mi pareja, con su silencioso amor, abrazándome y acurrucándome como su bebé, sin preguntar, sólo entendiendo.

Ahora mismo escribo y sólo me ve, incapaz de interrumpirme. Me regala este silencio lleno de las palabras ausentes. No me bastan las que conozco para poder definirla.

Manuela, por usted valdría la pena inventar de nuevo las palabras para aprehenderla en mis escritos y expresar en letras todo cuanto intento transmitirle en cada mirada. Amándola, señora sol de mi universo, arena de mi playa desierta. Cielo azul que mi arcoiris enmarca.

Lorena Sanmillán

*Artículo publicado en el suplemento cultural 15 Diario 11/03/09

4 Responses to “La mujer que más admiro”

  1. Maria Says:

    Gracias por tu compañía en silencio, hace casi tres años. Un abrazo y un beso a tu madre.

  2. rostizado Says:

    Un bello retrato, te felicito por tener una madre fascinante y una familia equilibrada y bella, SALUD POR ELLO…diría algún poeta en una noche bohemia entorno de una mesa de cocina, (parafraseando El Brindis del Bohemio).

  3. Muerdecabras Says:

    La manzana nunca cae muy lejos del árbol.

    Tu madre debe sentirse orgullosa de saber, que eres la persona que eres, que aprendiste tener el corazón y los brazos abiertos.

    Un beso para tu madre, la autora de Ti.

    Hay veces que un par de lineas escritas en tinta azul, arrasan.

  4. Palomilla Apocatastásica Says:

    Afortunadamente puedes escribirlo en el momento preciso, por que luego cuando todo ha terminado ya no tiene caso escribir ni un solo verso.
    Que bueno que sigues compartiendo tu tiempo con tu madre.

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