Pasión morena

La noche era un Sahara diluido entre nosotros, cobijándonos. Por arena, los adoquines de Padre Mier; por dunas, las orgánicas formas que toman los grupos de jóvenes en su búsqueda de diversión. Nómadas silentes, mi acompañante y yo, caminamos entre la gente del Barrio Antiguo hasta llegar a “La Chunga”, justo en el sitio que tantos años ocupó “El Paraíso”, donde solía pedir un té de manzana con todo y la Eva. Saludamos a los dueños que nos recubrieron con su hospitalidad. Un par de cervezas claras llegaron para iluminar la mesa, eclipsando la luna. En el escenario, una mujer recién terminaba de cantar acompañada de una guitarra y percusiones. Para mi fastidio, pensé que se trataba de otra más de las muchas criaturas que pretenden poblar la noche de un bar con su voz transformada en grito, impidiendo que los asiduos platiquen. No fue así. La sorpresa se revistió de una dulzura plena, casi al punto de rayar en lo exquisito.
Sus cuerdas vocales afinaron a la guitarra acústica en un binomio ejemplar; por lo bajo, las percusiones marcaban el ritmo. Dios puede darte el privilegio de la voz, el destino puede poner a tu paso a un buen acompañante, la dedicación puede rendir frutos a base de horas de estudio y práctica. La disciplina y la constancia te pueden ubicar en el lugar que buscabas pero sin pasión nada de esto basta. Y es justamente eso lo que a la cantante le sobraba. Empezó a cantar “Lágrimas negras”, compuesta en los años treinta por el cubano Miguel Matamoros, y en mi memoria resonó la versión de Bebo Valdés y El Cigala. “Sufro la inmensa pena de tu extravío/ y siento el dolor profundo de tu partida/ y lloro, sin que tú sepas que el llanto mío/ tiene lágrimas negras/ tiene lágrimas negras, como mi vida.”
La potencia de su voz rebasó la tranquilidad que imperaba en el ambiente. El flamenco inundó el local con su variante etimológica de ser flama, incendiándolo. La pasión gitana se adueñó de la escena. La parte emotiva del instinto gobernó los movimientos de las manos para, entre palmas, acompañar la canción. La chica cantaba estática, sentada en su banquito pero llegó el momento en que no pudo contenerse, se puso de pie y comenzó a bailar presa de la emoción que desbordaba. Algunas palabras tienen esa magia, para expresarlas hace falta el cuerpo, los ademanes, los gestos. Máxime una vehemencia así que ha de cantarse como se hizo, con la voz del alma en cada verso.
García Lorca, fiel a su ascendencia andaluza, aplaudió desde su tumba arropado por su lirismo: “Niña, deja que levante/ tu vestido para verte./Abre en mis dedos antiguos/la rosa azul de tu vientre.” El Camarón de la Isla sonreía desde un rincón y Manolo Sanlúcar apoyó con un requinto. Después del silencio y el rotundo aplauso, la música sevillana hizo su arribo. En las manos de la cantante un par de castañuelas subieron de tono el asunto festivo; por sí mismas eran convocantes de algarabía y jolgorio. Tres mujeres espontáneas comenzaron a bailar con paseíllos, pasadas y remates. La Chunga fue, con toda proporción guardada, un pequeño clon de un tablao madrileño. En el aire, la cantaora dibujó un sortilegio de sonidos, transportándonos con su actuación entre sentimientos antípodas. Los dos extremos de la pasión.
Viajar entre recuerdos fue inevitable. Estaba sentada ahí, pero en mis ojos pasaban las imágenes de una noche en el Sacromonte, en Granada, de visita en una cueva de gitanos. Esa noche probé las castañas asadas y conocí el significado de la frase “Quitar las castañas del fuego”, que es el equivalente de “Meter el hombro por alguien”, rescatar a alguien de una situación complicada, salvarlo del peligro. Y de ahí se derivan las castañuelas, que restituyen la alegría y destierran la tristeza. Las lágrimas purifican el sentir, bautizan el rostro, las flores, las manos y las calles exprimiendo sentimientos que no se pueden poner en letras. La sonrisa es un atisbo de esperanza después de la tormenta. La música y la poesía son capaces de condensar ambas tonalidades del sentir.
Presa de mi silencio y mis evocaciones, me refugié en el recuerdo de la melodía de tu risa de castañuela, esa que es capaz de diluir las lágrimas por más negras que éstas sean.

Artículo publicado en el suplemento cultural 15 Diario el 02/09/09

Lorena Sanmillán

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