Muertos

Nadie se da cuenta. Nadie.  Estamos mezclados entre los vivos. Despertamos por la mañana, tomamos antidepresivos. Apagamos el despertador, nos lavamos los dientes. Encendemos la televisión; parecemos interesados en las noticias del día, hasta en el clima que dicta la ropa que usaremos en esa jornada. Nos bañamos, desayunamos cosas que saben a nada. Vamos a trabajar. Resolvemos pendientes, simulamos involucrarnos con los demás.

Somos los primeros en sonreír ante los chistes malos. Acudimos a las citas pactadas, somos puntuales pues entendemos que para los otros el tiempo sí cuenta. No sabemos reconocer a los iguales de lo bien que nos mimetizamos. Comentamos las novedades y con hipocresía irónica teorizamos sobre el futuro.

Transcurre el sol del oriente al poniente sin que nos importen las horas. Regresamos a casa y sin cenar tomamos somníferos. El siguiente amanecer nos espera con esa claridad que tanto nos angustia. La felicidad es un abstracto con el que nunca más jugaremos para complementar la conjugación de ninguno de los verbos conocidos. Se repetirá el ciclo hasta que se rompa el hechizo que nos mantiene aquí.

A los muertos nos confunden con personas ocupadas, vitales, llenas de energía. Pero estamos muertos, aunque respiremos y la sangre fluya; porque muerto no es quien no tiene vida. Muerto es aquel que carga sobre sus hombros el descomunal peso de su alma vacía.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en el suplemento Kultur, el 21/10/09

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