Gánale a la Muerte

Cuando mi madre cuenta historias sobre su pueblo natal, El Salvador, (Zacatecas) le brillan los ojos. y toda ella se vuelve azúcar pasada por agua. Hoy, ante la proximidad del Día de Muertos, recuerdo y le tomo prestada ésta:

La Muerte bajó al pueblo. Como cada noche, buscaba alguien a quien llevarse. Aquél no porque tiene hijos; aquél no porque está esperando su cosecha y ha luchado mucho; aquél no porque es muy torpe y no me servirá para gran cosa; aquélla no porque está embarazada; aquélla no, porque es la que prepara las tortillas más ricas. Después cambiaba el enfoque de su caleidoscopio y sonreía maliciosa. Aquél sí, a ver qué hacen sus hijos; aquél sí, para que no vea su cosecha. Tornaba en virtudes los defectos y al revés. Pero de aquí no me voy sola, se decía mientras continuaba seleccionando a su próximo pasajero.

Lista que es, un día decidió hacer una lista. Los anotó a su antojo. Sin importarle las situaciones accesorias. Y así, llegaba al pueblo con su objetivo definido.

Tocaba el turno de Plutarco. El rico del rancho grande. Lo encontró en la cantina, con sus compadres. Fornido, bigotudo, barbón, sombrero ajado, camisa a cuadros, pantalón de mezclilla, botas de piel de cocodrilo y cinturón pitiado. Había fiesta en el pueblo. La Muerte bailó y cantó hasta que se cansó. Cuando encontró al Don, ya estaba agotada. Lo vio a los ojos y se lo dijo. Vine por ti, pero estoy fastidiada. Hoy te dejo aquí, pero mañana vengo. A la misma hora, en el mismo lugar.

A Plutarco se le quitó lo borracho. Sabía que le quedaban sólo veinticuatro horas de vida. Fue con su esposa e hijos. Tenía que encontrar una solución. Esconderse, mudarse, hacer algo. Rapó su cabeza y se rasuró. Quemó toda su ropa, se fajó con un corsé de su abuela. Consiguió zapatos y cintos de catrín. Y decidió no ir a la cantina. Así la Muerte no daría con él.

La Muerte llegó puntual a su cita. No encontró al siguiente en su lista. Aunque se encabronó supo ocultar su descontento. Permaneció en la cantina tomándose unos tequilas. Los amigos del patrón se burlaban de ella desde su mesa. Le pagaron algunos tragos para tratar de hacerla sentir bien. Ella aceptó jugar con ellos varias partidas de dominó. Consultó la lista que llevaba en el bolsillo y entonces la risa burlona se cambió de lugar. Los tenía en sus manos, los dejó ganar.

Plutarco celebraba su victoria. Había pasado su hora. La Muerte abandonaba el pueblo sin él; pero le salió lo fanfarrón. Ella se detuvo en la estación de trenes. Sola. Hasta allá fue el presumido. Se sentó a un lado de ella en la banca. ¿Qué tal, Muerte? Ella no respondió, clavada como estaba en sus pensamientos y con esa cosquilla de frustración que apenas te deja aliento para contestar. Probado de sí, el hombre le ofreció un cigarro. Ella no aceptó. Mira, ahí viene mi tren, ya me voy. Plutarco sonrió, se pensó triunfador. Vine por un tipo que cité en la cantina y el muy cabrón me plantó; pero ¿sabes una cosa? Yo de aquí no me voy sola. Tú te vas conmigo, aunque estés pelón.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en Kultur, el 28/10/09

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2 Responses to “Gánale a la Muerte”

  1. Mardel Says:

    Me encantan estas historias. A mi abuela le gustaba contar cuando, de niña, cerca de Tlalpujahua, una mujer le dio a probar la sandía por primera vez. No lo detallo más porque tú sabes que, ante estas cosas, hay que ser cuidadoso de no traicionar la forma en la que te han sido contadas.
    Lo que es natural suponer es que, justamente por la manera en la que lo contaba, aquello de la sandía no era sólo una hermosa anécdota intrascendente.
    Luego de cierto tiempo después de su muerte, me vine a dar cuenta de que cuando mi primo y yo regresábamos los fines de semana, todos sudorosos, agotados (y, a veces, física y moralmente vapuleados) de jugar futbol, mi abuela, sin decir nada, dejaba siempre una olla con agua de sandía sobre la mesa. En ocasiones incluso dizque nos reprochaba que nos la chutáramos toda.
    Hace poco lo platiqué esto con mi tío y recordamos que también a él, cuando estaba crudo, le llevaba un platito con trozos de sandía.
    En ese momento quedó todo claro: no era la frescura helada de la olla, no el legendario poder curacrudas de la sandía. Sucede que cuando ella la probó, por razones circunstanciales mi abuela niña estaba un tanto perdida, acalorada y fatigada. De modo que al vernos a nosotros así, vulnerables, amolados, chípiles, más siguiendo el dictado de su memoria emotiva que de su razonada experiencia, ella intentaba consolarnos con el mismo color, sabor y frescura con los que ella fue socorrida.
    En fin. Te dejo un saludo bonito.

  2. Mardel Says:

    Ah bueno… Me faltó aclarar que eso de que la sandía ayudaba era legendario pero sólo en el mundo (piadosamente trastornado) de mi abuela.
    Tan buenas eran sus intenciones que superaban al malévolo mito.

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