Camilisto superestrella

La noche anterior al concierto me di el tiempo para ver algunos de sus videos en el yutubé. Lancé una plegaria al aire para solicitar que hiciera playback durante la función. No quería decepcionarme de él y descubrir que aquí y ahora hace desfiguros como José José. El viernes pasó ante mis ojos y ante mi vida lleno de trabajo, con apenas tiempo para salir apresurada con rumbo al concierto. Llegué a las 8:57 a mi butaca y para mi gran asombro las luces de la Arena Monterrey se apagaron puntuales apenas tres minutos después. Los músicos aparecieron y sonaron los primeros acordes de la apertura de Jesucristo Superestrella, obra en la que participó en la década de los ochenta. Todo apuntaba para ser una noche mágica y así lo fue. En las bolsas de mi pantalón cargué un centenar de recuerdos; en mi pluma mil historias que aún no sé cómo escribir y en mi alma, la alforja de la cual sólo él tiene la llave. Junto a mí estaban sentadas un par de mujeres que lo fueron a ver a la Monumental Monterrey en 1979. Dijeron que en esa ocasión inició el recital con “Sólo tú” plena de agudos y cambios de voz. La pregunta fue unánime, ¿Si decide cantarla hoy, la alcanzará?

Camilo apareció en el escenario y la Arena se rindió a sus pies. Guapísimo con uniforme de divo, vestido de negro con una mascada lila y tenis Converse a juego. Supongo que en su guión estaba cantar sin más pero no pudo, ante el apoteósico recibimiento no le quedó más que abrir los brazos y agradecer el aplauso multitudinario que le brindamos. Todas las melinas, fresas salvajes, rosettas y pieles de ángel lo ovacionamos. Algunas dejamos caer una lágrima, de esas que sólo surgen ante un sueño cumplido. Eso fue para mí. Toda mi vida había ansiado verlo cantar, escucharlo en directo y ahí estaba, con el alma abierta y los oídos dispuestos. “Contigo soy capaz de todo… y más” rompió el enigma de la noche. Tiene voz para este concierto y para rato.

Su voz ronca y apasionada fue una caricia de terciopelo ante la ausencia de tanto tiempo. Seis pantallas lo reflejan al fondo del foro. Se evidencian las cirugías pero a mí no me importa. Quiero escuchar de él mismo sus letras que vivieron en mis elepés, después se mudaron a mis cidís y ahora habitan mi celular gracias a la magia del emepetrés. “Camilo, cásate con Elvia” dice un cartel que carga una mujer. Nos ponemos de pie y bailamos al compás de “Con el viento a tu favor” repite los movimientos que lo hicieron acercarse a Rosetta, una de sus primeras conquistas como cantante. Seductor perenne, habla y toda resistencia se deshace. Entre canción y canción va hilando una historia. Enuncia una oferta irrechazable: La que quieran, si no la traigo en el repertorio, se las canto al oído. Uy. Cosa hermosa.

A las que soltamos el llanto, literalmente nos “llueve sobre mojado” al verlo tan vivo después de su trasplante de hígado. Escogió canciones emotivas para este reencuentro-despedida “Mientras tú me sigas necesitando” inunda el espacio de un amor incondicional. Sube y baja la voz siguiendo las notas del saxofón que lo acompaña en “Jamás”. Mi vida entera pasa a través de su banda sonora, reflejándome. Nunca ha sido fornido pero hoy se presenta ante nosotros delgadísmo. Alguna de mis amigas dijo “¿Segura que es Camilo, no es la reencarnación de Michael Jackson?

En el escenario ocurre una metáfora. Blanes se va desprendiendo de su vestimenta poco a poco hasta quedar en chaleco y mangas de camisa. Desenfadado, a sus anchas sugiere recordar que hemos nacido libres como preludio a su canción “Has nacido libre”, donde tiene un final lúdico con la palabra libre como protagonista siguiendo las escalas tonales que sus músicos le marcan. La pantalla lo muestra al completo y no podemos dejar de preguntarnos si es peluca su cabello. La respuesta afirmativa sólo nos hará confirmar que este sujeto no tiene un pelo de tonto. No importa el físico, queremos que cante. La Arena es una sola voz que acompaña a Camilo; una ola de movimientos que sigue sus canciones. Por un momento me quiero ir en el tiempo y ver unos de sus conciertos cuando estaba en su apogeo. La energía que ahora mueve es apenas una décima parte de lo que entonces provocaba. Debe haber sido grandioso. Sus letras son simples, no se enredan en retruécanos existenciales; reflejan el sentir universal del enamorado y eso es lo que nos causa empatía inmediata con lo que canta. Lo más elevado nunca pasará de moda.

Los instrumentos guardan silencio y su garganta en solitario canta “Piel de ángel”. Lo mismo ocurre con “Todo por nada”. Hace popurrís para que en su noche quepan más canciones. Lo agradecemos, celebramos y aplaudimos. El reclamo romántico de “Donde estés y con quién estés” no pasa inadvertido. En sus cuerdas vocales tiene prendidas todas mis emociones y con sus manos en el aire las licúa haciéndome salsa el corazón. Adelante, Camilo: hoy, como mañana y como siempre, te lo permito.

Escoge piezas de cada uno de sus dieciocho discos, incluso los duetos y alguna novedad. Esa es una de las ventajas con él. Puede abrir cualquier elepé y en todos tuvo por lo menos tres éxitos. Aunque no puede cantar todas y siempre saldrá debiendo, quedamos satisfechas. “Fresa salvaje”, “Melina”, “Vivir así es morir de amor”, “Qué más te da”, “Mi buen amor”, “Amor… amar”… una a una, nos va regalando perlas de rubí para un collar singular hasta que intenta cerrar la noche con “Perdóname” -agudo final incluído- y sabemos que si hubiera intentado “Sólo tú” la hubiera alcanzado. Se despide con “El rey”, canción que grabó junto con “No cierres tus ojos” en aquél LP de ranchero mientras vivió en México.

Después de una hora y cincuenta y cinco minutos de un rosario de canciones, sus músicos, concordantes con la apertura, clausuran con los acordes de “Aleluya”. Todos abandonamos la Arena presos entre las redes de un poema escrito por este hombre nacido en Alcoy hace sesenta y tres años que convirtió en epifánico el momento compartido con él la noche del treinta de octubre de 2009, en la Arena Monterrey.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en el suplemento Kultur, el 4/11/09

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