Una muerte muy amarga

Recuerdo perfectamente el día que murió Simone de Beuavior, el lunes 14 de abril de 1986. En el periódico le dedicaron un espacio breve a la noticia. En las efemérides señalaban que en 1912 el mismo día se había hundido el Titanic. Justamente en ese momento leía su novela “La mujer rota” y tenía que hacer una tarea que hablara de un personaje extraordinario. Me decanté por la compañera de Sartre. Al presentarla así recibí una severa reprimenda por parte de la maestra quien me indicó que justamente ella había luchado por no ser conocida por sus nexos sino por su obra. No lo comprendí ni entendí donde radicaba mi error. Hoy lo veo completamente claro. Mi postulado era la antítesis de su hacer siendo que ella es conocida hasta hoy en día como el icono del feminismo. Saberla tan independiente me hizo admirarla más y buscar sus demás libros en bibliotecas públicas. Cuando la vi en la sección de “Ensayos” pensé que también había escrito obras de teatro. Después salí de mi error y no pude entrarle a la lectura de tan densa que ésta me parecía.

No obstante, “El castor” se convirtió en una grata lectura y poco a poco me fui adentrando en su obra literaria y en sus pensamientos. No poseía entonces –ni ahora- la hondura filosófica que me permitiese discurrir por sus entramados psicológicos con la seguridad de un equilibrista que salta a un trapecio. Sin embargo sabía que debajo de sus letras existía algo más. Una pasión por el ser, una pasión por el existir que conmociona al lector dejándolo incapaz de permanecer estático ante lo que lee.

Abrazarla no ha sido tarea fácil. Cuando me recosté en su tumba, al igual que lo hace Madonna en la de su madre, y le recité un fragmento de “La invitada”, me sentí ridícula de ser tan cursi frente a ella que en apariencia siempre perteneció al mundo de lo práctico. Años después, al leer “Una muerte muy dulce” me sorprendió una vez más al mostrarme su lado sensible cuando narra la agonía de su madre. La transformación del tono narrativo es exquisita; transita del fastidio por atender a su progenitora enferma, hasta la empatía por el dolor y la resignación ante la pérdida. Ahora quiero leer “Los mandarines” y por eso lo busqué en la FIL.

Me acerco al módulo de información a preguntarle al chamaco por el libro de mi Simone. El chamaco teclea “Simón” en la pantalla. Lo interrumpo. Se escribe Simone, lo corrijo. ¿Es un libro que habla de él o sobre él? En mis ojos lee la sentencia de su muerte, aunque no precisa morir para dejar de estar vivo. Frente a mí se encuentra la más indignante muestra de ignorancia y ése es uno de los rostros de la muerte.

p.s. Gracias a mi hermano Moisés que lo consiguió y me lo ha regalado. Tendré que aprender francés para leerlo, pero en cuanto lo lea, lo comparto.

p.s. ¡Ya viene Libros de Nuevo León, con un cerro de libros!

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en el suplemento Kultur el 18/11/09

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