Cabañuela 18

Hoy fue un día de esos que me gustan porque tienen muchas cosas qué hacer en la agenda y en la vida.  De esos días que se les exprime hasta el último minuto. La estudiantes de la UANL regresaron hoy a clases y tuve que ir a FIME  por la mañana porque tenía una cita ahí. Encontrar estacionamiento fue lo más cercano a una odisea. Ayer fue el recorrido en bicicleta de El pueblo bicicletero y según las notas en el periódico, supe que les fue muy bien. Me da gusto. Ojalá usáramos más la bicicleta y menos el coche. Que sea el esfuerzo corporal el que guíe nuestros pasos.

Hoy tampoco fue necesario el uso de algún sueter o saco, pero sí de la manga larga, porque el viento es muy fresco cuando estás en la sombra. Sigo con la garganta cerrada, aunque la tos ya ha cedido un poco.  Ir a la universidad me llenó de energía y nostalgia. Recordé mi primer día de clases y la primera vez que fui a Rectoría. Vi la ilusión en los ojos de muchos estudiantes. Que afortunados son de tener la oportunidad de estudiar. Ojalá que también tengan la voluntad de mejorar el mundo que ellos mismos crean y que nosotros les heredamos. ¿En qué momento se pierden los ideales de juventud? ¿En qué momento se olvida la rebeldía y el romanticismo adolescente?

El sol estuvo rico. Mucho movimiento en la ciudad. Ya estamos despertanto. Dulce tuvo razón cuando dijo que empezamos el año a mitad de Enero y algunos en Marzo. Ella trabaja en su nueva novela, después de publicar “Los suaves ángulos”. Irá a México a presentarlo en Donceles 66 y seguramente en Libros de Nuevo León le haremos su propia presentación y un taller para lectura de su obra.

Fui a la biblioteca central para conocer el espacio en que presentaremos el monográfico. Cuando salí, caminé por la Macroplaza rumbo a Ocampo. El Cerro de la Silla se imponía maravilloso, azul mezclilla,  al paisaje despejado. Dos chicas iban delante de mí, tomadas de la mano. Por el lazo silente de sus miradas asumí que eran pareja o dos mujeres muy cercanas, cobijadas por el algodón de la amistad. De pronto, detuvieron su paseo para darse un beso en la boca. Un beso rico, rico, rico. Admiré su valentía, a la par que me dieron una envidia de esa que dicen “de la buena”. Qué ansias de vivir un momento así. Frente al Cerro de la Silla patentizar mi amor, mi más alta verdad, frente al Cerro que me ha visto nacer y que seguramente me verá morir. No pierdo la fe de caminar un día junto a ella y de pronto darle un beso, nada más porque sí, porque se me acabaron las palabras para hablarle de mi amor.

En la noche fui a la Torre Diana y admiré mi ciudad desde el piso doce. El edificio tiene una excelente ubicación. El Cerro de la Silla dormía. El Atirantado gobernaba el poniente y daba un atisbo de Saltillo. Todas las luces de la ciudad estaban prendidas y me hablaban de gente platicando al terminar el día. Sueños cumplidos, metas por perseguir, búsqueda del descanso. Ilusión por el martes que viene después del lunes. Natalia cantaba en mi coche “Sueños rotos” mientras el fresco de la noche me conducía de regreso a casa, con un montón de sueños rotos en la piel.

Día soleado. Lleno de energía. 34°C máxima por la tarde. Noche fresca, 21°C. Julio será como se acostumbra. Sin una gota de lluvia y con las noches frescas como este sentir que hoy no me abandona.

Lorena Sanmillán

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