Que te bajes y que le bajes

Te bañas. En la regadera, al voltear al suelo, apenas si puedes ver los dedos de tus pies. El estómago te ha crecido y se esconden detrás y debajo de él. Sales del baño. La toalla no alcanza para cubrirte como antes. Tienes frío y buscas vestirte lo más rápido que puedes. Descubres entonces que el pantalón no te cierra y que el sueter nuevo ha encogido, pues ahora te queda muy justito. Te subes a la báscula y ves con pánico que el contador ya no se detiene donde solía hacerlo la semana pasada. Subiste una decena de kilos. Recuerdas entonces el maratón en que has participado.

Todo comenzó el 12 de diciembre, cuando fuiste al santuario. Allá te comiste varios pares de churros con su respectivo champurrado. De regreso a casa, como tenías frío, también diste cuenta de una docena de caramelos. Ok. No mentiré, sólo comiste once, pues le compartiste uno al taxista. Al día siguiente, la comida con tus compañeros, para celebrar el fin de curso te llevó a la Taquería Juárez. Una orden de flautas y dos tostadas porque se te antojó lo que comía tu compañera de al lado, junto con medio litro de Coca Cola. Merendaste café con Bailey’s y pastel de vainilla con almendras. Por la noche te fuiste a una posada y cómo desairar los tamales y el ponche. El domingo, en la comida familiar, te empujaste un puchero con todo y tuétanos. Para celebrar el campeonato de Los Rayados, hubo carne asada y tostadas con harto queso menonita. Desairaste la arrachera, pues te dejaron las costillas a ti. Luego vino la posada del Taller al que perteneces. Carne y más carne. Cervezas, tequilas y tostadas. Así, siguieron las posadas y el qué tanto es tantito gobernó tus ansias. En todas partes probaste todo lo que te ofrecieron; donde tenías confianza incluso pediste para llevar.

Llegaron los regalos. Chocolates amargos, blancos y con almendras. Algunos los repartiste. Los demás, desaparecieron en tu lengua. Tus sobrinos dejaron una caja de Mamuts y ya no está más en la alacena. Luego vino el concurso de espaguetis y el pesto dejó de habitar los tupperwares. El ate de Morelia se terminó entre rebanaditas. El tiramisú conoció las profundidades de tu garganta y se paseó por tus interiores. Aceitunas, escamoles, salmón y ostiones ahumados fueron parte de los entremeses. Otra posada más, y ésta pantagruélica: empanadas argentinas, quesadillas coyoacanas, chicharrones de la Ramos, tamales vegetarianos, botanas varias, elotes asados, papas con suficiente mantequilla y crema para echar a andar un coche y, para completar, un costillar de cerdo. Olvidaste tomar agua, excepto la mineral que acompañó los wiskys y la que sirvió para la cocción de los frijoles charros, con manitas de puerco, que también cenaste.

¿Y qué tal el 24? Visitaste a tus tíos, vestida de samaritana. En cada casa comiste haciendo gala de tu educación. Tomaste café con azúcar porque así lo acostumbran en esas casas. Te convertiste en catadora de tamales. Ahora sabes que la tía Lupe los hace siempre de pollo, mientras que la tía Leonor siempre los hará de cerdo. El pavo de los Rodríguez estuvo un poco seco. Y que nadie diga que no has comido fruta: la ensalada de manzana, piña y nueces se convirtió en tu favorita. Y que nadie te acuse de no hacer ejercicio: caminaste hasta acabarte el último centavo de tu aguinaldo bajo los cielos artificiales de los centros comerciales. Que nadie diga que no estrenaste los tenis guardados desde el año pasado.

El último día del año te pusiste a hacer buñuelos. Te inundó el placer de cocinar y en el horno diste forma a una pierna de cordero. Los romeritos con camarones en otra vasija y el bacalao, saladísimo, por si venían tus cuñadas. Entre fiestas, el recalentado. Todo ha desaparecido bajo tu apetito indómito.

La báscula reza porque ya te bajes. Tu cuerpo te pide que ya le bajes a los excesos. Espérate, le dices, aún faltan el chocolate y la rosca de Reyes. Sandro reposa en su tumba y tú no entiendes la lección. Un día serás tú la noticia, piensas, mientras le encajas el diente a una galleta más y le llamas a una amiga para agendar lo de los tamales de la Candelaria.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en Kultur, el 06/01/10

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2 Responses to “Que te bajes y que le bajes”

  1. incitatüs Says:

    Ay Dios mío…
    Hasta hambre me dió.

  2. Cecilia Says:

    Me sentí sumamente identificada con tu relato, y en mi caso he continuado con la celebración del Día del Amor y la Amistad y los festejos que acompañan mi cumpleaños. Me sobran los pretextos para no parar de engullir todo lo que se cruza a mi paso, lo que me falta es fuerza de voluntad.

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