Los tuppers

Ya. Pensé que nunca jamás se acabaría el asunto. Pero ya. Después de semanas, por fin está limpio el refrigerador. Ya había olvidado hasta de qué color eran sus vidrios transparentes y la sensación de vacío al abrirlo. No es que sea una ingrata, ni que sea una blasfemia el no mostrar mi beneplácito por tanta generosidad. El paralepípedo con clima artificial que mantiene mis alimentos a la temperatura necesaria para que se conserven por más tiempo, estuvo lleno a reventar por tanta comida recibida de las visitas y familiares y por la preparada en casa durante esta Navidad. Hoy, por fin, se declara zona limpia.
Ahora tengo un problema menos. Sin embargo tengo sobre  la mesa otro aún por resolver. ¿De quién son todos esos tupperwares desconocidos? ¿Por qué no coincide el número de recipientes con el número de tapas? ¿Debo devolver el que se quemó o comprar otro? ¿Ahora se usa quedárselos para la colección particular? ¿La ensalada de manzana venía en el redondito o en aquél ovalado? ¿La codorniz traía tapa o sólo tenía papel aluminio encima? ¿El asado de puerco venía en aquél que está manchado de rojo? No puede ser porque no era tan poquita cosa. ¿Las hojarascas, redonditas, en realidad venían en el cuadrado? El caso es que llevo casi una hora pensando. Y además, como los genéricos tuppers son tan disímbolos, no acierto a pensar qué preparar para devolverlos, pues aunque es tentadora la idea de adoptarlos sé que los entregaré a sus respectivas dueñas. De mamá aprendí eso. Si te llevan un “taco” de algo, cuando devuelvas el plato, devuélvelo con algo que hayas preparado tú. Así, me encantaba que en tiempo de cuaresma le enviara tortitas de camarón a Doña Vicenta, pues sabía que el plato que entregaba vendría de regreso repleto de capirotada. Ahora no sé qué hacer, aunque el arroz con leche, canela y anís se perfila como la mejor opción por el sinnúmero de formas que puede tomar. Alguien me sugiere que los devuelva con un frasco de pastillas de vinagre de manzana para adelgazar.
Los tuppers. Inolvidables compañeros de deleites. Cuando veo un tupperware pienso en mi madre haciendo algo insólito: saliendo de casa a media tarde, no para ir al médico, ni a visitar a sus hermanas, ni a llamar por teléfono a la abuela, ni por las calificaciones de sus hijos, ni nada referente a la escuela, o algo que tuviera que ver con su marido, sino simplemente para ir a una “demostración”. Pienso en mi madre vestida de gala para cruzar la calle y perderse en la casa de una vecina junto a más mujeres. La vuelvo a ver peinándose con esa magia que sólo ella maneja, recogiendo su cabello largo en una cebolla perfecta. Recuerdo el aroma de su perfume Avón, porque se trataba de una ocasión especial, y lo aspiraba del tocador viéndolo como algo inalcanzable. En esas reuniones no se admitían niños ni niñas y entonces, ella se perdía detrás de la puerta en el más absoluto misterio. Dos o tres horas después volvía, con unos trastos bajo el brazo. Son en abonos, le decía a mi padre, y además me regalaron este pelapapas. Así llegaron a casa unos tupper color mostaza, en tres tamaños distintos, que servían muy bien para almacenar los frijoles, el azúcar y el arroz. ¡Eran perfectos! ¡No sé cómo pudimos vivir sin ellos!
Nosotros, que guardábamos lo poco que quedaba en el mismo sartén, comenzamos a usar los Tuppers para guardar los restos de comida. El peltre y el aluminio fueron rezagándose para dar paso a las vasijas de plástico. También hay tuppers piratas. Existimos personas un tanto prácticas y aprensivas que, en afán de no perder nuestros tuppers, cuando damos “taco” de algo, lo hacemos en un envase de nieve o de yogurt. Así, no importa si no lo devuelven, al mismo tiempo que se le da una mano a la ecología al evitar el uso de los desechables.
Las “demostraciones” se volvieron una costumbre en la época de los ochenta o por lo menos en esas fechas yo las tomé en cuenta. Jarras de plástico para el agua de limón con todo y sus vasos a juego, bandejas para los hielos del refrigerador, moldes para hacer paletas y gelatinas, rallador de queso, exprimidor de naranjas, y el más sofisticado instrumento de almacenaje que en mi vida hubiese visto: un contenedor cuadrado con el tamaño exacto para poner un sándwich de pan de caja. La perfección existe y viene en un tupperware. Ésos eran inventos. Representan una vez más el tesón de las mujeres por sacar adelante a su familia vendiendo productos de uso común en los hogares. Numerosas familias se vieron beneficiadas por el espíritu emprendedor de su madre que hacía “demostraciones” de Tupperware, Stanhome, Mary Kay, entre otras empresas a quienes no les hace ni cosquillas este atisbo de publicidad gratuita. En la actualidad es una actividad que permanece, ahora con los catálogos de diversas marcas de zapatos, artículos dietéticos, cosméticos, perfumes, relojes, lentes de sol, ropa. El caso es hacer la lucha, sacar algo más de dinero para llegar al fin de quincena con algunos centavos en la bolsa. Lo malo, es que hay mucha oferta y poca demanda, pues el circulante a veces sólo es suficiente para comprar apenas lo indispensable. En este Enero, donde planeo “demostraciones” para Libros de Nuevo León, es mi deseo ferviente que el espíritu emprendedor siga de la mano con las buenas ideas, que las mujeres continuemos trabajando para sacar adelante nuestra familia, que la crisis no termine con nuestro ánimo festivo y generoso,  que mi refri permanezca todo el año así de limpio, que siempre haya un tupper para compartir aquello que hemos cocinado con amor y, por favor, que todos los tuppers regresen a su sitio.
p.s. María Belmonte ha sido nombrada directora de la Casa de la Cultura. ¡Enhorabuena, María! Entre el recorte de presupuesto y la suspensión de varios programas artísticos, es sumamente alentador escuchar noticias como esta. Si al frente del CRIPIL hiciste una labor ejemplar, sé que al frente de la Casa de la Cultura lo harás soberbio.

Lorena Sanmillán

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One Response to “Los tuppers”

  1. incitatüs Says:

    Yo creo que si algo bueno dejaron los ochentas, se llaman tuppers…

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