Diva morena

Inocente y coqueta. Quien no te conozca, que te lo crea. Sonríes entrecerrando los ojos, con ese gesto tan inherente a tu persona. Parece casual, espontáneo y sin embargo intuyo cómo lo has ensayado. Cuántas horas frente al espejo reafirmándote bonita; tiempo disuelto en la búsqueda del mejor perfil. Exteriorizas una sonrisa: quienes la vemos, interiorizamos una caricia y la hacemos nuestra, súbditos inmediatos de tu encanto.

Ensayas, con habilidad y constancia tu mejor papel, que además te queda pintado, dentro de una partitura inconclusa diseñada al vaivén de un claro afán seductor.  Lo natural de tus movimientos hace que tu comportamiento parezca planeado, pero es tal tu esencia que te conduces como si no supieras que estás actuando. Combinas el orgullo y altivez de una diva distante, con la calidez vertida en los abrazos de amiga que incansable repartes.

Ignoras las ansias que provocas y las sigues incitando. Justo ahí reside un vértice de tu maquiavélico atractivo.

Voy sentada a un lado tuyo, en tu coche; tensa y feliz.  Metaforizas el trazado de mi destino al controlar el volante con la mano siniestra. Solas tú y yo, sin testigos. Qué miedo tomar la otra mano y qué gran tentación por la cercanía. Adivino que puedo hacerlo, pero un resquicio de prudencia me detiene y entonces permanezco inmóvil, aunque sube la tensión interna. Qué vértigo mirarte a los ojos, desnuda en mi confidencia.

Desvío la mirada para fingir que dentro de mí no pasa nada. Admiro tus cejas, y es evidente el deseo que comienza, renacen las ganas de pasearme por ellas, acariciarlas y redibujarlas sintiéndome creadora de tanta belleza. Mas tu vanidad ya se ha encargado de darles forma. Sólo resta entonces observarlas con respeto, de lejos, las manos quietas,  tal como se aprecia la estética congelada que habita los museos.

Algún diseñador, francés o italiano, te ha provisto aroma para ser recordada cada vez que alguien respire y evoque la atmósfera en la cual existes. Una mirada indiscreta –la mía- deambula por tu ropa, que se convierte en continente de las formas de tu cuerpo.

Conversamos, cada una atrincherada en sus diálogos predeterminados. En mis silencios y dentro de mis párpados, imagino la escultura de tu desnudez morena. Suspiro. Comento. Disimulo. Varias dudas arremeten de pronto, ¿y si lo notaras?, ¿y si lo supieras?, ¿y si ya lo sabes?, ¿y si es esto, precisamente,  lo que esperas?

Cambias las velocidades de tu coche, observando atenta el camino, ignorándome mientras nada te platico. Abandono mi defensa y me convierto de nuevo en prisionera voluntaria del reflejo de tu mirada suspendida en el parabrisas. Escribo en mi mente estas líneas que no sé si algún día te compartiré o existirán sólo en la pantalla de mi computadora. Es un juego de dos, donde no sé a ciencia cierta si ambas sabemos que lo estamos jugando y esto lo vuelve más excitante.

¿Si algo te escribo y te lo doy, será un tributo, un trofeo de guerra para tu vanagloria de mujer?, ¿si te lo escribo y no te lo doy, seré yo quien se queda con algo?, ¿quién tiene el control?, ¿necesitamos que exista este control? No lo sé, la tentación es el aguijón de mi cobardía. La perspectiva de fracaso infiere seguridad.

Ambiciono reunir todas las palabras que te enteren de mi aprensión, mi deseo. Abrumarte a través de halagos en blanco y negro para llegar hasta ti en medio de una tarde con frío o una noche de calor intenso. Disolver tu indecisión,  revestir la soledad que te acompaña. Homenajearte con volcánica ofrenda después de observarte engalanada sólo con el reflejo de la luna.

¿Si me perdiera en tu sonrisa, me mostrarías el camino de regreso?, ¿a dónde envío este beso que hoy no puede descansar en tu cuerpo?

Tengo miedo de dar un paso en falso pero esa es la única manera de jugar este juego. ¿Y si exhibo de pronto mis cartas en la mesa, sólo para enterarme que tú juegas algo distinto? ¿y si escondieras el comodín que en este momento necesito y completas mi jugada? Atreverse. ¿Y si perdemos el miedo  y nos dejamos fluir? ¿Habrá manera de equivocarse y continuar? Qué locura pretender darte una lección cuando eso significa caer en tu trampa.

Quisiera que descubrieras tus alarmas,  las encendieras y al encontrarme en mi delito pusieras el alto, pero al mismo tiempo me siento observada y veo cómo disfrutas cuando actúo pensando que no puedes verme de intrusa en tu territorio minado. No muevo ninguno de los cascabeles porque dentro de tu estrategia ya los has silenciado. No he pasado los límites porque desde siempre los tienes bien marcados. Y tan oronda, invitas lo mismo que impides. No sé cuánto tiempo más me podré contener.

Dos manos, llenas de lujuria e imposibilitadas para recorrerte. ¿Cuántas, cuántas caricias le caben a tu piel? Esa es la incógnita que jamás resolveré. Tal vez nunca suceda, o quizá ocurra tantas veces que hasta llegaré a perder la cuenta. No lo sé. ¿Lo sabes tú? Dos ojos, una mirada, que no entiende tu código para informarte cuánto y cómo eres deseada.

Y todo esto pasa, mientras muerdo la frustración de que no sucede nada. Tú tan mujer, plena, morena preciosa dulce y arrogante coqueteando conmigo sensible vulnerable y cautiva. Y nada sucede, porque resulta que para ti sólo somos amigas.

Lorena Sanmillán

One Response to “Diva morena”

  1. incitatüs Says:

    En el asiento asiento que me has cautivado.
    Mi ánsia te implora y tu juego se humedece dentro de mi exaltación.
    Amigas, sí; pero éste instante, eres sólo mía.

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