¡Si se trata de bordar, de bordar, de bordar…

soy más mujer que mamá!

Dudo ser más mujer que Manuela, dudo incluso compararme con ella, pero así dice la canción que era uno de los temas de la obra de teatro “Seis máscaras de mujer” que fui a ver a La Cofradía, un local que estuvo de moda a principios de los noventa en Monterrey. Por alguna razón los personajes se disponían a hacer un vestido -no recuerdo bien a bien la trama- y para animarse a comenzar su labor, entonaban este mantra.

En casa de mis padres, mi estudio colinda con la lavandería y el patio, que son las dos oficinas principales de La Güera. Después de ir a ver la obra de teatro, obviamente la cancioncilla se me pegó y, alguna tarde, sólo porque sí, comencé a cantar el mentado estribillo. Manuela me escuchó y saltó desde lo más profundo  de su alma, sintiéndose aludida; el grito aún resuena en mis oídos: “¡Sí, Chucha, cómo no! Tú sabes de bordar lo que yo de hacer tus dichosos planos.”

Manuela, mi cimiento y esencia, se había ofendido. Con todo y eso compartimos las carcajadas.

Ella no me enseñó a bordar, sólo  me dejaba verla. A ella nadie le había enseñado y estaba imposibilitada para enseñar a sus hijas pues con sus nietas presenta otra actitud por demás pedagógica. Me congratulo por ello. A mí, sólo me dejaba verla. Decía que así había aprendido ella y del mismo modo debía hacerlo yo. Tengo presente en mi memoria su cuello rodeado de hilazas de colores según lo que en ese momento estuviera haciendo.

De mi madre también aprendí que los regalos más lindos son aquellos que no vas y compras en alguna tienda, sino aquellos a los que le dedicas tiempo para hacerlos. Se convierte en un acto de amor, los vuelve únicos. Bordar me permite ahora un espacio de relajamiento y una comunión con la persona a la que le bordo algo. En ese momento sólo estamos la destinataria o el destinatario, las hilazas, el cuadriyé, el punto de cruz, los aros, las tijeras y yo.

Ensartar la aguja, ponerme un dedal y escoger las hilazas era una labor que me correspondía hacer a diario si acaso pretendía salir a jugar futbol a la calle con mis amigos del barrio. Primero el bordado y luego te vas de machetona, decía la señora mientras detrás de mis hombros insistía en aprovechar el tiempo en las salas de espera y siempre tener las manos ocupadas, crear. Tardé un buen tiempo en pasar de los patrones impresos en manta, bordados en punto atrás o punto cadena, hasta llegar al punto de cruz, que ahora es mi favorito.

Hoy he vuelto a tomar los aros, incluso me compré dos pares de bambú. Tenía en mente hacer un nuevo bordado y por fin conseguí el patrón y las hilazas. Hoy comienzo un nuevo bordado. Me tomará seis meses o tal vez un año. Seguiré informando.

Lorena Sanmillán

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