El bordado: Día 10

Hoy tampoco hubo puntada alguna sobre la tela. Pero no me pesa y puedo dormir tranquila porque hoy conseguí en El Niágara unas cositas para poner las hilazas con su código. WOW! En esto del bordado sí existe la cosita de la cosita de la cosita para facilitar el proceso.

Pasé varias horas gratísimas acomodando 28 hilazas, número de las cositas que compré. Esto no tiene final a la vista. Sólo el acomodar las cosas resultó entretenidísimo. Lo demás será complejo, laborioso, pero ¿quién tiene prisa?

Hizo mucho frío. Por la mañana, antes de salir de casa, supe que Kalimba había sido liberado. Fui al centro y de nuevo fue un batallar para el estacionamiento. Después viene la emoción de correr detrás del reloj para llegar a tiempo al parquímetro. Parquímetro, esa palabra siempre ha sido una de las que más me llaman la atención. Por algún tiempo de mi infancia la confundía con paquidermo. Todavía no sé qué tienen qué ver los elefantes con los parquímetros.

Prefiero bolear mis zapatos en La Purísima que en la Plaza Hidalgo. Los recuerdos quedan, por encima de la modernidad. Están destruyendo la Plaza Hidalgo, para remodelarla. Me dolió caminar por entre la malla electrosoldada, máxime si tal cosa ensuciaba mis zapatos recién boleados. No había de otra. Una vez más me arrepentí de no haber tomado fotografías suficientes de ese espacio que me gustaba tanto. Lo mismo me sucedió con una casa sobre la misma calle Hidalgo, cerca del hospital del Issste.

Cuando mamá nos llevaba a consulta, como no había dinero para el camión de tanto chamaco, regresábamos caminando hasta Cuauhtémoc para tomar un sólo camión. El hospital está sobre la calle 20 de noviembre y desde allá comenzaba la caminata. Todos en fila siguiendo a Manuela. Había una casa que siempre me llamó la atención. En medio del trajín de la calle, esta casa hablaba de paz. Ese momento valía la caminata, la ida al hospital, el sol. Todo.

Hace poco fui a Gandhi y vi que esta casa había sido demolida. Postergué mucho el tiempo de tomarle fotografías, aún con el celular en la mano. Lástima. Queda entonces la lección aprendida. Queda entonces impresa en mi memoria. Ojalá pueda dibujarla algún día. No sé si ha influído inconscientemente en mis diseños arquitectónicos.

Ayer volví a leer un cuento de las Mil y una noches que me gusta mucho. Se llama La historia del pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro. Hoy me han llegado unos libros de parte de Inmaculada. Nuevas tareas para leer. Nuevas tareas para escribir.

Para terminar el día, granadazo en Revolución y Chapultepec. Ay, Monterrey, Monterrey…

Lorena Sanmillán

 

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