Una noche como otra cualquiera

Recibes una llamada y vas de noche a ver a tus clientes.

Aún no deciden sobre el proyecto que cinco veces has presentado.

Te toma casi tres horas resolver sus dudas, intentar convencerlos.

Echas mano de todos tus argumentos, persuades.

Sales rumbo a tu casa.

Harás de nuevo el plano. Explorarás ideas.

Ves una patrulla atravesada a media calle.

Alguien te echa la linterna. No entiendes la señal.

Te pasas.

No sabes que cometiste un error.

Cincuenta metros más adelante, de nuevo la linterna.

Te detienes.

Sabes que cometiste un error.

Te preguntan tus datos generales.

¿Qué haces ahí, a estar horas? ¿A qué te dedicas?

Enciendes la luz interior del coche. Contestas.

Váyase con cuidado, te dicen.

Te tiemblan las manos.

Conduces hasta la salida del fraccionamiento.

Tienes la boca seca.

Llegas a tu casa.

Las perras celebran tu llegada.

Duermes inquieta.

Lees el periódico por la mañana.

“Revientan cuatro casas de seguridad”, dice el titular.

Sobreviviste.

Sobreviviste a esta guerra.

A esta guerra que no es tuya.

Lorena Sanmillán

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