Decoración de interiores

Bruno Zevi, arquitecto y crítico de arte nacido en Italia, establece que la arquitectura es el escenario en el cual se desarrolla la vida. Mies van der Rohe, alemán, habla sobre la función y la forma, la eterna dicotomía que acompaña siempre la creación arquitectónica y enuncia el postulado “Menos es más”, definitorio de su creación. Walter Gropius, funcionalista, le contesta en contrapunto: “Menos es más, sí, pero menos es aburrido”. Los arquitectos juegan con el espacio, con la percepción del mismo, con los conceptos que lo circundan. La casa se convierte en pétreo abrazo para los habitantes. Luis Barragán, mexicano, sabe imprimirle pasión a los espacios a través del color y las dimensiones. La intensidad es longitud cimbrada a escala del alma. Arquitectura orgánica es un pleonasmo que decimos con descaro. ¿Es que acaso existe otra forma de hacerla?

La arquitectura, además de su finalidad estética, debe cumplir los requisitos de funciones mínimas para asegurar el confort y el transcurso de la vida de sus habitantes. Lo exterior y lo interior constituyen un todo que debe complementarse a través de elementos que necesitan convivir en armonía. En la poesía, por el contrario, el valor estético persiste por encima de la utilidad en lúdica contradicción, pues si no conmueve, no funciona, al menos no para ese lector.  Acudimos hoy a este espacio para acompañar a Luis Aguilar, arquitecto de palabras, en la presentación de su  más reciente poemario “Decoración de interiores”.

Luis, reconocido en septiembre de 2010 con el Premio a las Artes en el área de Literatura por la UANL, tiene una amplia  y versátil carrera que lo avala. No obstante, cada libro es un volver a empezar. Un nuevo reto. El papel en blanco sobre el restirador para trazar un plano inédito. El desafío de trastocar el estilo encontrado para reinventarse y no anquilosarse en una fórmula tan probada como laureada. Y sin embargo no es novedad. El talento que se refleja en el trabajo dispuesto por el pincel de la sensibilidad no es sólo acicate para la sorpresa: es una invitación al gozo de volver a leerlo.

Traspasar el umbral de una puerta generalmente nos coloca en el interior, término que vive asociación libre con las cuestiones referentes al alma. La generosidad de un espacio para guarecernos es de agradecerse. Cuando el alma se siente acogida en el universo creativo de quien con palabras nos retrata su mundo y lo comparte, es menester hacer patente la sensación que invade.

El orden renacentista obliga a tomar elementos de lo clásico. Así, la prosa poética, herencia de Platón, le da forma a los textos de este poemario. El narrador lírico prescinde de la métrica y la rima con la finalidad de transmitir sensaciones, impresiones, introyectos. El empleo de los signos de puntuación, que acentúan la musicalidad del escrito, se inscribe en lo posmoderno.

La música intrínseca de las esdrújulas acompaña la lectura. El ritmo es tácito e influyen en él los cambios de voces con los que juega el autor. El azar, ausente en la escritura, puede gobernar la lectura y mecerse bajo su amparo abre el calidoscopio del descubrimiento. La relectura nunca será la misma si jugamos con el orden de los textos, independientes, pero conjugados con maestría dentro de un ordenamiento ecléctico.

A pesar de que en apariencia no posee de intención un lenguaje cinematográfico, en la lectura de este libro nos acompaña una sucesión de imágenes. Nada más abrirlo, la percepción es similar a quien nos muestra entusiasmado los objetos con los que ha decorado su casa, el mundo en que vive. Los porqués y para qués de cada cosa que conforma la atmósfera del narrador.  Decorar tiene dos acepciones: la primera, hermosear una cosa, adornar; la segunda, recitar a coro. Ambas se cumplen en ciclo alternativo e intermitente.

La contemplación de los objetos recrea la pupila e inspira la creación. Los ojoscámara se posan objeto sobre objeto en la habitación que se nos muestra lo cotidiano transformado en lo figurativo: el piano, el arcón de los recuerdos, el tiempo contenido en la madera, un balcón que no espera a nadie, aquél candil que apenas ilumina, la mesita de noche en que se guardan los recuerdos, un tragaluz que es puerta de fantasmas. Bajo la metamorfosis de Luis, un candil se convierte en un ángel con pendientes ámbar, los bodegones que adornan el comedor dialogan con las acuarelas de la otra pared, la mesita de noche y el delantal amarillo tienen un romance. Si así se hicieran los inventarios nadie les sacaría la vuelta.

Los objetos cobran vida para contar su historia y eternizar instantes:

Nahum con cicatriz sonriente

A la alfombra egipcia no sirve la turba de razones. ¿De qué ante la

orfandad salvaje de esos pasos? Apisonar entrañable en otro tiempo,

sus hilos erigen desamparos. De la sombra que relajaba el sillón tapiz

a rayas queda sólo —de un par de alas— la sombra colorida. Endecha

de voces apagadas. Al fondo observan: la cicatriz sonriente de mi

espalda; Nahum en otro agravio; cierta mudez de tulipanes en el tiesto;

un cuádruple abandono de alpargatas.

Página 35

Los objetos, al cobrar vida, evidencian emociones. El narrador se desnuda y obsequia dos lecturas. La que establece el pacto ficcional para el viaje lúdico, y la práctica, quedándose en la superficie de los objetos. La frontera entre ambas está marcada por la tesitura polisémica del lenguaje que utiliza.

El rincón del erotismo, cómo no, invitado también, nos despliega sus misterios.

Tragaluz con ojos mate

Bajo el tragaluz, el mate espesor de las miradas. La noche bruñe

cavidades soledosas. Silente, en el buró provenzal de lilas [bajo una

lámpara de caniquí], fotografía de ojos exánimes

: tiempo detenido bajo el techo.

: techo ramificado por las grietas.

: grietas haciendo túneles dos cuerpos.

Abrirse las constelaciones no incita expectativas. [Tampoco este

lerdo simulacro de que no pasa nada.]”

Página 20

Del mismo modo, la pasión reclama su factura, exponiendo antes el lector la contradictoria y blasfémica prestanza del narrador, cito un fragmento, página 45, del poema Oración de amantes prósperos:

Yo confieso ante dios, todopoderoso, que he

pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Los santos fueron mal

colocados. Sus pilotos abandonaron los aviones. Al fin y al cabo, no

faltará un ciclón para arrasar con todo; para dejar la isla de cocina

repleta de vacíos.

El dolor y la nostalgia, contraparte de la vida,  habitan los espacios.

Hora de sombras provechosa

Me comería una fruta pero en el refrigerador no hay nada. Un goteo

lento y preciso mantiene el insomnio de la tarja, la cocina. Estructurar

una visita a la lavandería impide que se rompa el hilo delgadísimo que

supone un primer fin de semana sola en esta casa sola. El domingo es

descubierto como una pelota en movimiento que arrastra la inmovilidad

de la mirada. Sostengo la redondez del orden para que el desconsuelo

no desborde una puerta que hace días estatizó el azoro.

Página 43

A veces, una de las tareas más difíciles es justamente encontrarle nombre a un texto. En este poemario los propios nombres de cada elemento parecen conjuntarse en el índice. Uno tras otro regalan imágenes y es precioso y preciso leerlos en letanía. Atisbos de lo que hay detrás:

“Manto de estrellas incontable”

“Olivo y bambú con rojura de ojos”

“Ruinas con estudio antropológico”

Aguilar, autor de la frase inolvidable “Punto. Y por mí, final”, adereza sus contenidos con frases en apariencia sueltas que le dan contundencia a su todo, cito, sin evidenciar el texto, para hacer un llamado a la curiosidad:

“Los adioses ameritan rigor y valentía”

“El cuchillo es un cobarde”

“La inmensidad es descontrol del ojo”

“No quiero repetir lo que me hiere”

El texto detrás del texto se hace presente y remata el contenido. Después de leer varios poemas, la imaginación excitada del lector inventará su historia. El narrador, ángel infernal, nos coloca en el dintel de un espacio que se abre hasta el límite de la ensoñación de quien lee. Abre el espectro de la historia para iluminar la oscuridad donde habitan las historias propias. Esas a las que a veces les sacamos la vuelta porque son dolorosas, aquí hay que enfrentarlas pues las tenemos en el horizonte ensordeciendo la mirada. Como ocurre, por ejemplo, en la página 48 en el poema “Cama con puerco espín”.

La escenografía de la vida nos envuelve, queramos o no. El arquitecto entrega la casa y se va. Los habitantes llegan. Este libro, a través de imágenes, lenguaje y música, abre una puerta para el tránsito emocional. Felicito a Conarte por la publicación de esta obra poética, dentro de la colección “Libros del Bicentenario”. Víctor Hugo ha dicho que la arquitectura es el libro de la humanidad. Octavio Paz establece que la arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia. Abrazo a Luis Aguilar por esta poesía que habla de tanta historia y de tanta humanidad, gracias por esta decoración de interiores para el alma.  Y, como él dice: Punto. Y por mí, final.

Lorena Sanmillán

Octubre 2010 – Febrero 2011

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