Archive for March, 2011

El bordado: Día 26

March 31, 2011

Para Edna,

que preguntó cómo iba este asunto

Aunque no es poesía, el bordado entró en una etapa de cesura. Viéndolo bien y bordándolo mejor, sí puede ser poesía. Composición colorida con hilazas. Tiene ritmo e imágenes. ¿Dirá algo el entramado de puntadas? Quién sabe. El caso es que suspendí labores por casi un mes. Me dediqué a terminar un pendiente. En este lapso de tiempo hice de continuo lo que no había hecho en casi trece años. Es difícil escapar tiempo para todo. Las prioridades por eso se llaman así.

Y hoy, justo hoy que lo he retomado, hoy que tenía ganas, hoy que disponía del tiempo necesario, hoy que sentía la paz en el alma que se requiere para hacer esto, hoy que  además lo necesitaba como terapia, hoy, justo hoy, se descompusieron mis finísimos aros de bambú.

Sólo alcancé a hacer setentaycinco puntadas, ni una más. Ha sido difícil volver a agarrarle el hilo. Empecé por un nuevo patrón, olvidé el asunto de los cuadros, porque necesito unas cosas para poner los hilos y separarlos. Poco a poco. Puntada a puntada.

Y como cereza de este gran pastel color marfil que no parece querer avanzar,  la anécdota que engalana el día de hoy.

Acudo a una biblioteca de la universidad a pedir un libro. La chamaca de la ventanilla solicita mi matrícula. Se la digo. 5-8-8-3-9-4. La busca en la computadora. No la encuentra. ¿No estoy en el sistema? No, no me aparece. A ver, búscale bien, cómo que no estoy, soy orgullosamente universitaria. Le repito mi matrícula. Teclea de nueva cuenta y no vuelvo a aparecer. No, no está en el sistema. Reafirma mi inexistencia en la universidad mientras me asomo en la pantalla. La había tecleado equivocada. Es sin el 1, le digo. 0-5-8-8-3-9-4. ¡Ah, es que usted es mayor! Condorito diría, ¡Plop! Yo sólo me quedé de pie, pensando en silencio Chamaca desgraciada, jamás, jamás, pero jamás estarás en mi facebook.

Lorena Sanmillán

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El bordado: Día 25

March 16, 2011

Día de trabajo. Dolor de espalda. Limpieza del que será mi cuarto, planes para un librero y una ropería. Lijado del pasillo. Limpieza en la lavandería. Pintar las repisas. Tender la ropa blanca. Poner a lavar la ropa de color. Preparar un paquete para enviar por correo. Lijar el espacio de la librería. Toda una mañana de trabajo, la espalda ardiendo y no se ve avance. Eso es altamente depresivo.

Subo a la recámara que hoy ocupo. La palabra del día es paciencia. El bordado me llama. Me invita a hacer unas cuantas puntadas. Eso hago. No me tranquilizo, pero sigo avanzando. Veinte puntadas antes de bañarme para ir a Filosofía y Letras a participar en la mesa redonda acerca de la Literatura Femenina.

Shakira y el Shakiro han sido el soundtrack de este día. Faltan cinco meses para el cumpleaños de Madonna. Hoy la soñé. Soñé que iba a un concierto suyo, al pasar al escenario se detuvo a darme un beso y un abrazo. En mis brazos es muy pequeña, según la sensación que recuerdo. It’s like a dream to me. Faltan cinco meses para el cumpleaños de mi criatura.

Lorena Sanmillán

El verbo reflexivo (Karen Batres)

March 7, 2011

Comparto artículo de Karen Batres. Escrito en Mayo de 2004. Publicado en El Norte.

El verbo reflexivo

Los periódicos nos informan que una pareja salió con lesiones leves cuando el carro en el que viajaban chocó.

Ya me imagino la conversación angustiosa momentos antes del impacto:

 

-“Ay, amorcito, el carro va un poco rápido, ¿no te parece? Y el pavimento está mojado”.

-“Pues sí, mi bien, pero, ¿qué quieres que le diga? Total, estamos de pasajeros”.

-“¡Mira, mira! ¡Se dirige hacia ese poste de luz!”.

-“¡Carajo! ¡Agárrate, que el carro se va a chocar!”.

Si nosotros nos reflejamos en el idioma, y si el lenguaje a la vez nos conforma, ¿qué pensar de un estilo de hablar que con tanta facilidad nos libera de la responsabilidad de nuestros actos y omisiones? Enfrentamos diariamente situaciones en las cuales el verbo reflexivo nos permite dar pases de pecho a la responsabilidad personal:

 

-“Se me hizo tarde”. ¿Qué? ¿Transcurrió el tiempo misteriosamente, como por arte de magia, y ¡oh sorpresa!, el reloj me agredió?

No, chiquito, lo que sucedió es que no tomé en cuenta todos los factores involucrados en llegar a tiempo, o no quise llegar a tiempo, o estaba haciendo algo que me interesaba más, o simplemente me quedé roncando más de la cuenta, y por mis actos y omisiones, no llegué a la hora indicada a donde tenía que estar.

El verbo reflexivo, sin embargo, diluye mi irresponsabilidad y solapa el hecho de que no solamente no pude respetar un acuerdo explícito o tácito de estar en algún sitio a cierta hora, sino que esconde un hecho mexicano por excelencia: me tomo el privilegio de gastar no sólo mi propio tiempo, sino también el tuyo.

En Regiolandia, a diferencia de mi querida Chilangolandia, la buena dosis de obsesividad que compone el carácter regional fomenta el trabajo productivo y evita los peores excesos del verbo reflexivo en cuestiones de tiempo. El nuevoleonés tiende a vivir su trabajo como un elemento valiosísimo de su vida y ello impide que desperdicie su tiempo o el de los demás.

Pero, escuche Ud. cualquier comentario político para entender que el verbo reflexivo está vivito y coleando en Monterrey, salvando las metidas de pata, diluyendo actuaciones individuales o, como en el caso del ciudadano común, salvándolo de una responsabilidad personal, como veremos más adelante.

“Se manejó una situación, se llegó a la conclusión, se estuvo consultando…”, nos informa el político, el presidente municipal, el funcionario público. Hasta parece la letra de una canción ranchera.

No, no “se manejó” una situación. No hubo fuerzas ni oscuras ni iluminadas que bajaron del monte para encargarse de un problema político o social, ni hubo conclusiones que se entregaron por Fedex, ni hubo consultas que se consultaron a sí mismas. Nuestros representantes electos hicieron algo, o intentaron hacer algo, tomaron opiniones, y decidieron seguir un camino u otro.

De paso, ya que en eso andamos, pido que los congresistas elaboren una iniciativa de ley que prohíba el uso de la palabra “situaciones” de parte de ellos mismos en los comentarios ante los medios de comunicación, puesto que esta palabra noble la usan para borrar los lineamientos duros de los hechos.

Llamen las cosas por sus nombres, mis valientes. El desfalco es el desfalco, la protesta civil es la protesta civil, y el trabajo legislativo lo hicieron o no lo hicieron ustedes.

No son “situaciones”. Si no tienen el valor de llamar las cosas por su nombre, mejor no hablen.

Porque el que no puede aceptar las consecuencias de sus actos, tampoco puede atribuirse los méritos, aunque muchos intentan hacerlo. Las pasadas elecciones en nuestro estado deben comprobarlo para los que todavía duden.

Curiosamente, los felices habitantes de nuestra gran urbe sufren un virus reflexivo semejante en el área de la vida cotidiana en donde nos mostramos irresponsables, ineptos y, aparentemente, incapaces de componernos: la manejada.

En los “momentos viales” de esta ciudad, el verbo reflexivo anda acompañado por un carro fantasma que hace su aparición en un gran número de los accidentes automovilísticos. Es el siniestro auto que “se me cerró”, provocando un choque.

¿No se han fijado que, cuando se reporta un accidente vial, figura grandemente este fantasmal auto? Ahí está el carro chocado, el conductor alterado y asustado, incrustado en un poste y lamentando el hecho de que se le cerró otro auto. El afectado nunca recuerda el modelo, a veces ni el tamaño, mucho menos las placas o los rasgos del chofer (aunque existe la posibilidad de que aquel auto no tenga chofer, como todo buen vehículo fantasmal).

Las bondades del carro fantasma estriban en que éste permite el desprendimiento del verbo reflexivo, erigiéndose en su lugar: “Se me cerró un carro” se traslada a “otro carro me cerró el paso”. Ahora sí nos hemos distanciado de la responsabilidad de haber manejado estúpidamente: demasiado rápido en pavimento mojado, marcando el celular para intercambiar el chisme más reciente con la comadre o para girar órdenes a la sirvienta sobre la comida, hurgando debajo del asiento del pasajero para recuperar el CD que dejamos caer, o con bebidas alcohólicas adentro.

Comienzo a sospechar que será necesario que cuando a las mujeres nos entregan la licencia de manejar, se incluya un instructivo sobre su uso, ya que parece que el carro fantasmal hace su aparición con gran frecuencia en el camino automovilístico del género femenino. Por algo será.

“En caso de emergencia, saque de su estuche conceptual el vehículo fantasma. Aplíquese sin restricciones en toda situación a manejarse y mientras Ud. maneja. Una vez adiestrada en su uso, no será necesario aplicar conjuntamente el verbo reflexivo, pero se aconseja guardar éste, ya que es útil en un número sinfín de situaciones difíciles, con el fin de lavarse las manos de la conducta personal y atribuirla al limbo vital”.

Karen Batres

karen_batres@yahoo.com

 

Lorena Sanmillán

Marzo

March 1, 2011
Para C.G.M.
Por esto es que marzo ha sido siempre tuyo.
Como si el siempre fuese una palabra cualquiera.

Amaneció y desde mi primer minuto de conciencia comencé a extrañarte. Extendí mis brazos en la cama solitaria, dándole la bienvenida al nuevo día sin ti. Estaba nublado y llovía. Tan cerca que estaba la primavera y sin embargo hacía frío. Claro, es inevitablemente lógico, la primavera comienza sólo cuando se termina el invierno.
Me preparé con desgana para ir a la escuela. Caminar con las muletas era una tarea difícil y más aún cuando el pavimento estaba resbaladizo, sí, justo como este día. Llegué a la preparatoria, con mis libros y con las muletas, con este espíritu oculto de gitana que me obliga a cargar con una multitud de cosas aunque nunca las use, con la esperanza de encontrarte en la entrada y eso no sucedió. Subí las escaleras temiendo resbalarme en cada escalón que pisaba; no es tan fácil ir por la vida cuando no estás segura de los pasos que das. Es necesario confiar en tu propia fuerza y en los medios que tienes para enfrentar los obstáculos que tu vida te presenta.
Ahí estaba, puntual a clase de siete de la mañana. Extrañándote. Anhelándote. Deseando verte, deseando que aunque fuera por equivocación pasaras por mi salón. No lo harías, y es que no lo hacías nunca, siempre en tus asuntos, alegre y feliz siempre, tan ocupada de ti y de tu mundo como para pensar en mí o en alguien más. Sin embargo y sabiendo esto, te anhelaba y quise tener las fuerzas para bajar los escalones y acercarme a ti y ser yo quien pasara como por equivocación, por tu salón, cruzarme como por casualidad dentro de tu espectro visual. No lo hice. Esta vez no sería yo quien lo hiciera.
Me quedé en el barandal, viéndote despistadamente desde el segundo piso. Sonriente y radiante. Te vi, te vi, te vi, te vi y no dejé de verte nunca. Sonreías al lado de tus amigas y tu sonrisa me llenó de alegría. Tu pelo, tan bien peinado bailoteaba en ese chongo que lo apresaba. Sabía muy bien que no voltearías, sabía muy bien que no harías nada por acercarte a mí y claro, yo tampoco. Era tan fácil llamarte por tu nombre. Era tan sencillo gritar tu nombre en medio del patio, llamar tu atención y pedirte, suplicarte inclusive, que subieras a saludarme. No lo hice. En lugar de ello me quedé con las ganas de tenerte entre mis brazos en ese instante que, abrazándome, me saludabas y me animabas a que siguiera adelante. Por orgullo e inmadurez –que sólo ahora entiendo y acepto- me privé de ello. Quizá mis compañeros pensaban que estaba sola y triste, recargada en ese barandal, aparentando leer un libro.
Nada más falso. No estaba sola porque estabas conmigo y no estaba triste por el encanto de compartir, así fuera a la distancia, tu existir. Testigo lejana de un episodio más de tu vida, esperando la ocasión de que me llamaras a escena. Coexistiendo en el espacio tiempo de mi fantasía.
Adolescente y temerosa me escondía detrás de una columna cada vez que volteabas y presentía que podrías verme. Jugando a las escondidas con tu mirada cuando lo que más deseaba era precisamente que me vieras. Ese juego de las miradas y de las escondidas solía ser muy divertido cerca de las nueve de la mañana, pero ya para las doce, justo a mediodía, que se acercaba la hora de salir me arrepentía siempre de haber desperdiciado otro día más. Tan cerca que estuve de ti y no pude acercarme más. Era muy poco lo que hacía falta para establecer contacto contigo y no quise dar el primer paso. Me quedaba el resto de la tarde para extrañarte y el cúmulo de paciencia para provocar la casualidad de verte pasar a un lado mío, claro, al día siguiente.
Benito, mi amigo tan serio, me había prestado un cassette, el mismo que alguna vez me habías recomendado, vehemente, Tienes que escuchar el nuevo de Mecano, se llama Descanso Dominical. Pensé que después de Entre el cielo y el suelo no habría nada mejor, pero me ahorré mi comentario. Lo que menos deseaba era discutir contigo. Tomé el cassette y decidí que por la tarde lo escucharía como una manera más de hablar tu idioma de conocerte a través de las cosas que te gustaban y que me compartías para tener algo en común, un tópico del cual hablar al encontrarme contigo. Me quedaba ese recurso: acercarme por medio de terceros, de cosas incidentales, de lo cotidiano que conforma la vida. Todo era válido antes de expresarte lo que yo sentía. Todo era válido antes de tocar el único tema del cual quería hacerte toda una exposición.
Subí al Departamento de Difusión Cultural, a ver qué sucedía con el ensayo de la rondalla. Implicaba un gran esfuerzo, pero esa actividad era parte de mi vida. Evidentemente, tampoco ahí te encontraría. Seguías en la escuela, en el gimnasio, mientras que yo estaba en el tercer piso. No. No. No. Ni pensarlo. ¿Cómo ir hasta el gimnasio? ¿Con qué pretexto? ¡Ajá!, ¡vine a verte! ¡Ajá!, ¡te he extrañado este día como ninguno! ¡Ajá! Ella con sus amigas.¡ Ajá! Ella en otra frecuencia muy distinta a la mía. Te quería, te anhelaba. ¿Cómo se le dice eso a una amiga?, ¿cómo se acepta ese sentir?, ¿cómo se aceptan las cosas que apenas puedes mencionar?, ¿cómo, sobre todo, si tú y yo éramos tan disímbolas?, ¿cómo desterrar la angustia de saber que lo que sientes es prohibido, punitivo y tantas otras cosas?, ¿cómo si la ansiedad se llama silencio?, ¿cómo, si los prejuicios de la sociedad han convertido lo más bello en algo abyecto?. Sólo una coincidencia nos enlazaba y en ese momento estaba incapacitada para ello: el basketball. Silencio. Silencio. Silencio. Siempre en silencio, aún queriendo decirte tanto.
Así que terminé el ensayo y salí de la preparatoria. Dejé mis cosas encargadas con Fernando, el del puesto que me las cuidaría en tanto yo regresaba de la terapia. Me fui al hospital, mas dejé un pedazo de mi corazón en el último sitio en que te vi.
Mi tormento diario fue más tormentoso esta vez. Llovía, estaba adolorida y te extrañaba. Además, la proximidad de mi periodo menstrual me volvía hipersensible. Soporté el tratamiento pensando que me acompañabas y que debía aparentar fortaleza para que no te dieras cuenta que en realidad soy muy débil, cobarde y chillona. Te imaginé sentada a un lado de la fisioterapeuta y yo muy sonriente te decía “Hay que pasar por esto, es lo de todos los días…”, en nuestro encuentro imaginario, tú, amorosa como nadie me tomabas de la mano y me reconfortabas. Me repetías interminablemente esa ironía que en tus labios sonaba tan cariñosa: ¡Vamos, campeona, vamos!

Terminó la terapia. Más o menos a la hora que terminaba tu entrenamiento. Tenía que regresar a la preparatoria, por mis cosas. Fui, encontré pronto a Fernando y con la mirada esperanzada te busqué. Quería coincidir contigo, enseñarte el cassette de Mecano, tu Mecano, quería saber de ti. Sólo quería saber de ti. Nada, no te encontré por donde caminé. Crucé la calle y tomé mi camión. Otro de los sitios donde buscarte era inútil, no tenía para qué buscarte ahí cuando de sobra sabía que no estarías. Me senté a un lado de tu ausencia y miré por la ventana. Seguía lloviendo, la tarde perfecta para pasarla a tu lado.  Y entonces sucedió. Mágico e indescriptible momento cuando al ver por la ventana tú estabas sentada en tu camión rumbo a tu casa viendo por la ventana y, gracias a Dios, viéndome a mí.
Abrí la ventana para gritar tu nombre, entonces no me importó que me vieran, ni hacer el ridículo, ni que me mojara. Dejé todas las cosas atrás y seguí mi impulso. Sólo para quedarme como boba sonriéndote y agitando la mano para asegurarme de que me veías a mí. Claudia, Claudia, me dije en el silencio lluvioso adorando al semáforo en rojo. Con las manos nos hicimos señas, nos enviamos un abrazo y quedamos de llamarnos al llegar a casa.
Miré mi reloj para calcular los tiempos, tú demorarías media hora más o menos, por mi parte sería cuestión de quince minutos. La separación se iba desdibujando.
Llegué a mi casa con una sonrisa infinita y la ilusión renacida y el cassette de Mecano en una de las bolsas de mi chaqueta. Saludé a mi mamá. “Te llamó Claudia a la una, te volvió a llamar a las dos yo creo que no tarda en llamar de nuevo” ¡Wow! Mi alegría aumentó, se duplicó, se multiplicó. Tú también me habías estado buscando.
Le pedí a mi papá que me prestara su grabadora para escuchar el dichoso cassette mientras esperaba tu llamada y calentaba algo para comer. La cola de esta noche no tiene final… Mecano de fondo, llovía y yo, aunque no sabía la palabra exacta que definiera mi estado de ánimo sí sabía lo que sentía… tan mágico, tan importante exigente trascendente. Si tan sólo lo compartieras… si me atreviera… barullo de murmullos que preguntan que qué tal…

Ana Torroja me susurraba que no había marcha en Nueva York justo cuando el teléfono de mi casa sonó. Fingí la voz, por supuesto, al contestar. No quería que notaras mi ansiedad. Dije “Bueno”, tranquilamente, queriendo decir ¡Por fin, amor, por fin! En ese momento yo no sabía si había o no marcha en Nueva York, lo único que deseaba era que nunca nunca pero nunca te marcharas de mi vida.
Nada tienen de especial dos mujeres que se dan la mano… Que bueno que te encontré hoy he tenido muchas ganas de hablar contigo tengo tantas cosas que decirte no sabes cuánto te he necesitado el día de hoy te vi en el pasillo en la mañana pero parecías tan sumida en tus pensamientos que no quise llegar a interrumpirte oye por cierto cómo se llama el libro que ahora lees porque estabas muy sumida en la lectura además no quise subir porque temí que mis ojos me delataran llenos de llanto y llorar a tu lado porqué… el matiz viene después… No me preguntes porqué por que ni yo misma lo sé las mujeres como yo no lloran pero hoy ando como triste como melancólica y pensé que la única persona en el mundo con quien quería estar era contigo con tu ternura con tu sonrisa con tu sentido del humor Lorena y es que chingado con ninguna de mis amigas me siento igual que contigo y no es que no seas mi amiga al contrario…cuando lo hacen por debajo del mantel, luego a solas sin nada qué perder, tras las manos va el resto de la piel… pero es que chingado chingado cómo te lo digo ni con Ana ni con Lety mucho menos con Miriam tampoco con la Ale chingado no sé porqué Lorena no me lo preguntes porque no lo sé y prefiero no saberlo pero que bueno que te encontré no sé qué hubiera hecho si no te hubiera encontrado no sé qué hacer con esta ansiedad de ti dónde te metes te he llamado cuatro o cinco veces sé que tú tendrás ese comentario que me aliviará y me provocarás esa sonrisa que hará que olvide o que al menos comprenda el sentido de este dolor qué bueno que te he encontrado qué bueno qué bueno qué bueno…quién detiene palomas al vuelo, volando a ras del suelo, mujer contra mujer…

Además de que no me dejabas espacio para hablar, estaba medio muerta de asombro y de amor. De alguna manera estabas sintiendo lo mismo que yo, de alguna valiente manera porque fuiste tú quien tomó el teléfono y comenzó a hablar, acercándose en medio de esa distancia que nos impedía tanto… y lo que opinen los demás está de más…

Para que no llores pido mil perdones… la tónica de la música más alegre cambió tu conversación cuando comenzaste a narrarme tu día. Paciente y enamorada te escuché, me hablaste del gimnasio, de la escuela, de tu papá, de los juegos de futbol en el río Santa Catarina, de los panteones. Dejamos que la tarde se escurriera por un cable de teléfono que nos unía. Me abriste tu corazón en cada palabra y descubrí por fin, en ti, ese ser tierno, frágil y sensible que yo sabía que existía o me había imaginado o había inventado.
Hablaste y te escuché toda la tarde, caían tus palabras en mis oídos como la lluvia en la mitad de la calle. Te conocía y más te amaba en cada letra, en cada frase que pronunciabas. Desnudaste tu ser entero y todo se volvió luz en un día nublado…hermano sol, hermana luna, que nada nunca me separe de los dos… ¿Y porqué no me hablas de ti? Te has pasado la tarde escuchándome. Así me pasaste la estafeta del diálogo y entonces las palabras quedaron de mi lado, ahora menos fluidas, con puntos y comas, dubitativas. Alargué los silencios lo más que pude mientras escuchaba nuestras respiraciones, esperando una frase que me permitiera colarme hacia tu interior. Tonta de mí que no me daba cuenta que ya estaba dentro, no podía estar más cerca porque ya estaba contigo.
En la Puerta del sol como el año que fueQuédate en Madrid, quédate hoy aquí…expusimos nuestra vida como en un confesionario, nos contamos todo para acercarnos más. Reímos, lloramos juntas, te conocí ese día más que en ninguna ocasión anterior ni futura, me enteré que siempre que hablaba tú me escuchabas con atención aunque aparentaras estar leyendo “Condorito”, que habías leído libros que te había recomendado e ido al cine a ver películas que alguna vez mencioné. Supe también que te gustaba mi manera de cantar y tocar la guitarra. Te amé desde la sala de mi casa en el teléfono rojo hasta el rincón de tu cuarto en el teléfono marfil… el ser negrito es un color…

Mecano sonó y sonó, acompañándonos. De vez en cuando reparábamos en la música. Cuántas coincidencias, cuántas discrepancias. Cómo amé tu risa, tu llanto, todas las expresiones de tu ser entero. Mis hermanos regresaron de su trabajo, los tuyos también. Nuestra familia cenó y vieron la novela y las noticias mientras tú y yo seguíamos platicando. Colgamos el teléfono cerca de las once de la noche. La compañía de teléfonos feliz, nuestras familias enojadas… era rusa y se llamaba Laika…

Colgamos, por fin. No te diste cuenta que desde ese momento llenaste mi marzo y todos mis marzos de todos tus recuerdos. Veinte días después, nuestro primer beso, el primero, corazón, el que nunca se olvida, el que se queda en tu piel cual marca de agua para el espíritu y que regresa a ti en esas tardes melancólicas desiertas de sol y pobladas de lluvia… que si el invierno viene frío quiero estar junto a ti… aunque nos hayamos visto más de tres o cuatro veces por toda la ciudad… Dalí se desdibuja y tirita en su burbuja al descontar latidos, Dalí se decolora porque esta lavadora no distingue tejidos mientras tú sigues y seguirás presente siempre en mí.
Por esto es que marzo ha sido siempre tuyo.
Como si el siempre fuese una palabra cualquiera.

Lorena Sanmillán; Marzo de 1989
p.s. Este relato cumple hoy veintidos años y lo festeja republicándose.