Marzo

Para C.G.M.
Por esto es que marzo ha sido siempre tuyo.
Como si el siempre fuese una palabra cualquiera.

Amaneció y desde mi primer minuto de conciencia comencé a extrañarte. Extendí mis brazos en la cama solitaria, dándole la bienvenida al nuevo día sin ti. Estaba nublado y llovía. Tan cerca que estaba la primavera y sin embargo hacía frío. Claro, es inevitablemente lógico, la primavera comienza sólo cuando se termina el invierno.
Me preparé con desgana para ir a la escuela. Caminar con las muletas era una tarea difícil y más aún cuando el pavimento estaba resbaladizo, sí, justo como este día. Llegué a la preparatoria, con mis libros y con las muletas, con este espíritu oculto de gitana que me obliga a cargar con una multitud de cosas aunque nunca las use, con la esperanza de encontrarte en la entrada y eso no sucedió. Subí las escaleras temiendo resbalarme en cada escalón que pisaba; no es tan fácil ir por la vida cuando no estás segura de los pasos que das. Es necesario confiar en tu propia fuerza y en los medios que tienes para enfrentar los obstáculos que tu vida te presenta.
Ahí estaba, puntual a clase de siete de la mañana. Extrañándote. Anhelándote. Deseando verte, deseando que aunque fuera por equivocación pasaras por mi salón. No lo harías, y es que no lo hacías nunca, siempre en tus asuntos, alegre y feliz siempre, tan ocupada de ti y de tu mundo como para pensar en mí o en alguien más. Sin embargo y sabiendo esto, te anhelaba y quise tener las fuerzas para bajar los escalones y acercarme a ti y ser yo quien pasara como por equivocación, por tu salón, cruzarme como por casualidad dentro de tu espectro visual. No lo hice. Esta vez no sería yo quien lo hiciera.
Me quedé en el barandal, viéndote despistadamente desde el segundo piso. Sonriente y radiante. Te vi, te vi, te vi, te vi y no dejé de verte nunca. Sonreías al lado de tus amigas y tu sonrisa me llenó de alegría. Tu pelo, tan bien peinado bailoteaba en ese chongo que lo apresaba. Sabía muy bien que no voltearías, sabía muy bien que no harías nada por acercarte a mí y claro, yo tampoco. Era tan fácil llamarte por tu nombre. Era tan sencillo gritar tu nombre en medio del patio, llamar tu atención y pedirte, suplicarte inclusive, que subieras a saludarme. No lo hice. En lugar de ello me quedé con las ganas de tenerte entre mis brazos en ese instante que, abrazándome, me saludabas y me animabas a que siguiera adelante. Por orgullo e inmadurez –que sólo ahora entiendo y acepto- me privé de ello. Quizá mis compañeros pensaban que estaba sola y triste, recargada en ese barandal, aparentando leer un libro.
Nada más falso. No estaba sola porque estabas conmigo y no estaba triste por el encanto de compartir, así fuera a la distancia, tu existir. Testigo lejana de un episodio más de tu vida, esperando la ocasión de que me llamaras a escena. Coexistiendo en el espacio tiempo de mi fantasía.
Adolescente y temerosa me escondía detrás de una columna cada vez que volteabas y presentía que podrías verme. Jugando a las escondidas con tu mirada cuando lo que más deseaba era precisamente que me vieras. Ese juego de las miradas y de las escondidas solía ser muy divertido cerca de las nueve de la mañana, pero ya para las doce, justo a mediodía, que se acercaba la hora de salir me arrepentía siempre de haber desperdiciado otro día más. Tan cerca que estuve de ti y no pude acercarme más. Era muy poco lo que hacía falta para establecer contacto contigo y no quise dar el primer paso. Me quedaba el resto de la tarde para extrañarte y el cúmulo de paciencia para provocar la casualidad de verte pasar a un lado mío, claro, al día siguiente.
Benito, mi amigo tan serio, me había prestado un cassette, el mismo que alguna vez me habías recomendado, vehemente, Tienes que escuchar el nuevo de Mecano, se llama Descanso Dominical. Pensé que después de Entre el cielo y el suelo no habría nada mejor, pero me ahorré mi comentario. Lo que menos deseaba era discutir contigo. Tomé el cassette y decidí que por la tarde lo escucharía como una manera más de hablar tu idioma de conocerte a través de las cosas que te gustaban y que me compartías para tener algo en común, un tópico del cual hablar al encontrarme contigo. Me quedaba ese recurso: acercarme por medio de terceros, de cosas incidentales, de lo cotidiano que conforma la vida. Todo era válido antes de expresarte lo que yo sentía. Todo era válido antes de tocar el único tema del cual quería hacerte toda una exposición.
Subí al Departamento de Difusión Cultural, a ver qué sucedía con el ensayo de la rondalla. Implicaba un gran esfuerzo, pero esa actividad era parte de mi vida. Evidentemente, tampoco ahí te encontraría. Seguías en la escuela, en el gimnasio, mientras que yo estaba en el tercer piso. No. No. No. Ni pensarlo. ¿Cómo ir hasta el gimnasio? ¿Con qué pretexto? ¡Ajá!, ¡vine a verte! ¡Ajá!, ¡te he extrañado este día como ninguno! ¡Ajá! Ella con sus amigas.¡ Ajá! Ella en otra frecuencia muy distinta a la mía. Te quería, te anhelaba. ¿Cómo se le dice eso a una amiga?, ¿cómo se acepta ese sentir?, ¿cómo se aceptan las cosas que apenas puedes mencionar?, ¿cómo, sobre todo, si tú y yo éramos tan disímbolas?, ¿cómo desterrar la angustia de saber que lo que sientes es prohibido, punitivo y tantas otras cosas?, ¿cómo si la ansiedad se llama silencio?, ¿cómo, si los prejuicios de la sociedad han convertido lo más bello en algo abyecto?. Sólo una coincidencia nos enlazaba y en ese momento estaba incapacitada para ello: el basketball. Silencio. Silencio. Silencio. Siempre en silencio, aún queriendo decirte tanto.
Así que terminé el ensayo y salí de la preparatoria. Dejé mis cosas encargadas con Fernando, el del puesto que me las cuidaría en tanto yo regresaba de la terapia. Me fui al hospital, mas dejé un pedazo de mi corazón en el último sitio en que te vi.
Mi tormento diario fue más tormentoso esta vez. Llovía, estaba adolorida y te extrañaba. Además, la proximidad de mi periodo menstrual me volvía hipersensible. Soporté el tratamiento pensando que me acompañabas y que debía aparentar fortaleza para que no te dieras cuenta que en realidad soy muy débil, cobarde y chillona. Te imaginé sentada a un lado de la fisioterapeuta y yo muy sonriente te decía “Hay que pasar por esto, es lo de todos los días…”, en nuestro encuentro imaginario, tú, amorosa como nadie me tomabas de la mano y me reconfortabas. Me repetías interminablemente esa ironía que en tus labios sonaba tan cariñosa: ¡Vamos, campeona, vamos!

Terminó la terapia. Más o menos a la hora que terminaba tu entrenamiento. Tenía que regresar a la preparatoria, por mis cosas. Fui, encontré pronto a Fernando y con la mirada esperanzada te busqué. Quería coincidir contigo, enseñarte el cassette de Mecano, tu Mecano, quería saber de ti. Sólo quería saber de ti. Nada, no te encontré por donde caminé. Crucé la calle y tomé mi camión. Otro de los sitios donde buscarte era inútil, no tenía para qué buscarte ahí cuando de sobra sabía que no estarías. Me senté a un lado de tu ausencia y miré por la ventana. Seguía lloviendo, la tarde perfecta para pasarla a tu lado.  Y entonces sucedió. Mágico e indescriptible momento cuando al ver por la ventana tú estabas sentada en tu camión rumbo a tu casa viendo por la ventana y, gracias a Dios, viéndome a mí.
Abrí la ventana para gritar tu nombre, entonces no me importó que me vieran, ni hacer el ridículo, ni que me mojara. Dejé todas las cosas atrás y seguí mi impulso. Sólo para quedarme como boba sonriéndote y agitando la mano para asegurarme de que me veías a mí. Claudia, Claudia, me dije en el silencio lluvioso adorando al semáforo en rojo. Con las manos nos hicimos señas, nos enviamos un abrazo y quedamos de llamarnos al llegar a casa.
Miré mi reloj para calcular los tiempos, tú demorarías media hora más o menos, por mi parte sería cuestión de quince minutos. La separación se iba desdibujando.
Llegué a mi casa con una sonrisa infinita y la ilusión renacida y el cassette de Mecano en una de las bolsas de mi chaqueta. Saludé a mi mamá. “Te llamó Claudia a la una, te volvió a llamar a las dos yo creo que no tarda en llamar de nuevo” ¡Wow! Mi alegría aumentó, se duplicó, se multiplicó. Tú también me habías estado buscando.
Le pedí a mi papá que me prestara su grabadora para escuchar el dichoso cassette mientras esperaba tu llamada y calentaba algo para comer. La cola de esta noche no tiene final… Mecano de fondo, llovía y yo, aunque no sabía la palabra exacta que definiera mi estado de ánimo sí sabía lo que sentía… tan mágico, tan importante exigente trascendente. Si tan sólo lo compartieras… si me atreviera… barullo de murmullos que preguntan que qué tal…

Ana Torroja me susurraba que no había marcha en Nueva York justo cuando el teléfono de mi casa sonó. Fingí la voz, por supuesto, al contestar. No quería que notaras mi ansiedad. Dije “Bueno”, tranquilamente, queriendo decir ¡Por fin, amor, por fin! En ese momento yo no sabía si había o no marcha en Nueva York, lo único que deseaba era que nunca nunca pero nunca te marcharas de mi vida.
Nada tienen de especial dos mujeres que se dan la mano… Que bueno que te encontré hoy he tenido muchas ganas de hablar contigo tengo tantas cosas que decirte no sabes cuánto te he necesitado el día de hoy te vi en el pasillo en la mañana pero parecías tan sumida en tus pensamientos que no quise llegar a interrumpirte oye por cierto cómo se llama el libro que ahora lees porque estabas muy sumida en la lectura además no quise subir porque temí que mis ojos me delataran llenos de llanto y llorar a tu lado porqué… el matiz viene después… No me preguntes porqué por que ni yo misma lo sé las mujeres como yo no lloran pero hoy ando como triste como melancólica y pensé que la única persona en el mundo con quien quería estar era contigo con tu ternura con tu sonrisa con tu sentido del humor Lorena y es que chingado con ninguna de mis amigas me siento igual que contigo y no es que no seas mi amiga al contrario…cuando lo hacen por debajo del mantel, luego a solas sin nada qué perder, tras las manos va el resto de la piel… pero es que chingado chingado cómo te lo digo ni con Ana ni con Lety mucho menos con Miriam tampoco con la Ale chingado no sé porqué Lorena no me lo preguntes porque no lo sé y prefiero no saberlo pero que bueno que te encontré no sé qué hubiera hecho si no te hubiera encontrado no sé qué hacer con esta ansiedad de ti dónde te metes te he llamado cuatro o cinco veces sé que tú tendrás ese comentario que me aliviará y me provocarás esa sonrisa que hará que olvide o que al menos comprenda el sentido de este dolor qué bueno que te he encontrado qué bueno qué bueno qué bueno…quién detiene palomas al vuelo, volando a ras del suelo, mujer contra mujer…

Además de que no me dejabas espacio para hablar, estaba medio muerta de asombro y de amor. De alguna manera estabas sintiendo lo mismo que yo, de alguna valiente manera porque fuiste tú quien tomó el teléfono y comenzó a hablar, acercándose en medio de esa distancia que nos impedía tanto… y lo que opinen los demás está de más…

Para que no llores pido mil perdones… la tónica de la música más alegre cambió tu conversación cuando comenzaste a narrarme tu día. Paciente y enamorada te escuché, me hablaste del gimnasio, de la escuela, de tu papá, de los juegos de futbol en el río Santa Catarina, de los panteones. Dejamos que la tarde se escurriera por un cable de teléfono que nos unía. Me abriste tu corazón en cada palabra y descubrí por fin, en ti, ese ser tierno, frágil y sensible que yo sabía que existía o me había imaginado o había inventado.
Hablaste y te escuché toda la tarde, caían tus palabras en mis oídos como la lluvia en la mitad de la calle. Te conocía y más te amaba en cada letra, en cada frase que pronunciabas. Desnudaste tu ser entero y todo se volvió luz en un día nublado…hermano sol, hermana luna, que nada nunca me separe de los dos… ¿Y porqué no me hablas de ti? Te has pasado la tarde escuchándome. Así me pasaste la estafeta del diálogo y entonces las palabras quedaron de mi lado, ahora menos fluidas, con puntos y comas, dubitativas. Alargué los silencios lo más que pude mientras escuchaba nuestras respiraciones, esperando una frase que me permitiera colarme hacia tu interior. Tonta de mí que no me daba cuenta que ya estaba dentro, no podía estar más cerca porque ya estaba contigo.
En la Puerta del sol como el año que fueQuédate en Madrid, quédate hoy aquí…expusimos nuestra vida como en un confesionario, nos contamos todo para acercarnos más. Reímos, lloramos juntas, te conocí ese día más que en ninguna ocasión anterior ni futura, me enteré que siempre que hablaba tú me escuchabas con atención aunque aparentaras estar leyendo “Condorito”, que habías leído libros que te había recomendado e ido al cine a ver películas que alguna vez mencioné. Supe también que te gustaba mi manera de cantar y tocar la guitarra. Te amé desde la sala de mi casa en el teléfono rojo hasta el rincón de tu cuarto en el teléfono marfil… el ser negrito es un color…

Mecano sonó y sonó, acompañándonos. De vez en cuando reparábamos en la música. Cuántas coincidencias, cuántas discrepancias. Cómo amé tu risa, tu llanto, todas las expresiones de tu ser entero. Mis hermanos regresaron de su trabajo, los tuyos también. Nuestra familia cenó y vieron la novela y las noticias mientras tú y yo seguíamos platicando. Colgamos el teléfono cerca de las once de la noche. La compañía de teléfonos feliz, nuestras familias enojadas… era rusa y se llamaba Laika…

Colgamos, por fin. No te diste cuenta que desde ese momento llenaste mi marzo y todos mis marzos de todos tus recuerdos. Veinte días después, nuestro primer beso, el primero, corazón, el que nunca se olvida, el que se queda en tu piel cual marca de agua para el espíritu y que regresa a ti en esas tardes melancólicas desiertas de sol y pobladas de lluvia… que si el invierno viene frío quiero estar junto a ti… aunque nos hayamos visto más de tres o cuatro veces por toda la ciudad… Dalí se desdibuja y tirita en su burbuja al descontar latidos, Dalí se decolora porque esta lavadora no distingue tejidos mientras tú sigues y seguirás presente siempre en mí.
Por esto es que marzo ha sido siempre tuyo.
Como si el siempre fuese una palabra cualquiera.

Lorena Sanmillán; Marzo de 1989
p.s. Este relato cumple hoy veintidos años y lo festeja republicándose.

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