El verbo reflexivo (Karen Batres)

Comparto artículo de Karen Batres. Escrito en Mayo de 2004. Publicado en El Norte.

El verbo reflexivo

Los periódicos nos informan que una pareja salió con lesiones leves cuando el carro en el que viajaban chocó.

Ya me imagino la conversación angustiosa momentos antes del impacto:

 

-“Ay, amorcito, el carro va un poco rápido, ¿no te parece? Y el pavimento está mojado”.

-“Pues sí, mi bien, pero, ¿qué quieres que le diga? Total, estamos de pasajeros”.

-“¡Mira, mira! ¡Se dirige hacia ese poste de luz!”.

-“¡Carajo! ¡Agárrate, que el carro se va a chocar!”.

Si nosotros nos reflejamos en el idioma, y si el lenguaje a la vez nos conforma, ¿qué pensar de un estilo de hablar que con tanta facilidad nos libera de la responsabilidad de nuestros actos y omisiones? Enfrentamos diariamente situaciones en las cuales el verbo reflexivo nos permite dar pases de pecho a la responsabilidad personal:

 

-“Se me hizo tarde”. ¿Qué? ¿Transcurrió el tiempo misteriosamente, como por arte de magia, y ¡oh sorpresa!, el reloj me agredió?

No, chiquito, lo que sucedió es que no tomé en cuenta todos los factores involucrados en llegar a tiempo, o no quise llegar a tiempo, o estaba haciendo algo que me interesaba más, o simplemente me quedé roncando más de la cuenta, y por mis actos y omisiones, no llegué a la hora indicada a donde tenía que estar.

El verbo reflexivo, sin embargo, diluye mi irresponsabilidad y solapa el hecho de que no solamente no pude respetar un acuerdo explícito o tácito de estar en algún sitio a cierta hora, sino que esconde un hecho mexicano por excelencia: me tomo el privilegio de gastar no sólo mi propio tiempo, sino también el tuyo.

En Regiolandia, a diferencia de mi querida Chilangolandia, la buena dosis de obsesividad que compone el carácter regional fomenta el trabajo productivo y evita los peores excesos del verbo reflexivo en cuestiones de tiempo. El nuevoleonés tiende a vivir su trabajo como un elemento valiosísimo de su vida y ello impide que desperdicie su tiempo o el de los demás.

Pero, escuche Ud. cualquier comentario político para entender que el verbo reflexivo está vivito y coleando en Monterrey, salvando las metidas de pata, diluyendo actuaciones individuales o, como en el caso del ciudadano común, salvándolo de una responsabilidad personal, como veremos más adelante.

“Se manejó una situación, se llegó a la conclusión, se estuvo consultando…”, nos informa el político, el presidente municipal, el funcionario público. Hasta parece la letra de una canción ranchera.

No, no “se manejó” una situación. No hubo fuerzas ni oscuras ni iluminadas que bajaron del monte para encargarse de un problema político o social, ni hubo conclusiones que se entregaron por Fedex, ni hubo consultas que se consultaron a sí mismas. Nuestros representantes electos hicieron algo, o intentaron hacer algo, tomaron opiniones, y decidieron seguir un camino u otro.

De paso, ya que en eso andamos, pido que los congresistas elaboren una iniciativa de ley que prohíba el uso de la palabra “situaciones” de parte de ellos mismos en los comentarios ante los medios de comunicación, puesto que esta palabra noble la usan para borrar los lineamientos duros de los hechos.

Llamen las cosas por sus nombres, mis valientes. El desfalco es el desfalco, la protesta civil es la protesta civil, y el trabajo legislativo lo hicieron o no lo hicieron ustedes.

No son “situaciones”. Si no tienen el valor de llamar las cosas por su nombre, mejor no hablen.

Porque el que no puede aceptar las consecuencias de sus actos, tampoco puede atribuirse los méritos, aunque muchos intentan hacerlo. Las pasadas elecciones en nuestro estado deben comprobarlo para los que todavía duden.

Curiosamente, los felices habitantes de nuestra gran urbe sufren un virus reflexivo semejante en el área de la vida cotidiana en donde nos mostramos irresponsables, ineptos y, aparentemente, incapaces de componernos: la manejada.

En los “momentos viales” de esta ciudad, el verbo reflexivo anda acompañado por un carro fantasma que hace su aparición en un gran número de los accidentes automovilísticos. Es el siniestro auto que “se me cerró”, provocando un choque.

¿No se han fijado que, cuando se reporta un accidente vial, figura grandemente este fantasmal auto? Ahí está el carro chocado, el conductor alterado y asustado, incrustado en un poste y lamentando el hecho de que se le cerró otro auto. El afectado nunca recuerda el modelo, a veces ni el tamaño, mucho menos las placas o los rasgos del chofer (aunque existe la posibilidad de que aquel auto no tenga chofer, como todo buen vehículo fantasmal).

Las bondades del carro fantasma estriban en que éste permite el desprendimiento del verbo reflexivo, erigiéndose en su lugar: “Se me cerró un carro” se traslada a “otro carro me cerró el paso”. Ahora sí nos hemos distanciado de la responsabilidad de haber manejado estúpidamente: demasiado rápido en pavimento mojado, marcando el celular para intercambiar el chisme más reciente con la comadre o para girar órdenes a la sirvienta sobre la comida, hurgando debajo del asiento del pasajero para recuperar el CD que dejamos caer, o con bebidas alcohólicas adentro.

Comienzo a sospechar que será necesario que cuando a las mujeres nos entregan la licencia de manejar, se incluya un instructivo sobre su uso, ya que parece que el carro fantasmal hace su aparición con gran frecuencia en el camino automovilístico del género femenino. Por algo será.

“En caso de emergencia, saque de su estuche conceptual el vehículo fantasma. Aplíquese sin restricciones en toda situación a manejarse y mientras Ud. maneja. Una vez adiestrada en su uso, no será necesario aplicar conjuntamente el verbo reflexivo, pero se aconseja guardar éste, ya que es útil en un número sinfín de situaciones difíciles, con el fin de lavarse las manos de la conducta personal y atribuirla al limbo vital”.

Karen Batres

karen_batres@yahoo.com

 

Lorena Sanmillán

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