El timbre

Ayer estacioné mi coche enfrente de tu casa. Quise tocar, pero no me atreví. Quise llamarte por celular, pero borré tu número y nunca tuve precaución de aprendérmelo. Antes, tan familiar como mi aliento. Ahora, incapaz de decir tu nombre para buscarte. Tus abrazos se convirtieron en cadenas de recuerdos que me amarraban aún más al coche. La silueta de tu sonrisa ya no fue más invitación. La profundidad de tus ojos sólo fue un abismo que ya no haría eco de mi voz. Nada. No hay lejanía mayor a esta distancia que no puede medirse con un flexómetro cualquiera. Se encendió el foco de tu ventana. Ahí estabas. Entonces, me moví.

Lorena Sanmillán

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