La albanesa

Juan Villoro publicó este artículo hoy en El Norte. Lo comparto.

La albanesa

Participé en un congreso literario en una pequeña ciudad de España. Llegué en la víspera, de noche, y encontré a los participantes en el bar. Hablaban de un solo tema: una de las participantes era una escritora de Albania que había sufrido horrores en su país. Autora de una sola novela, triunfaba en numerosas lenguas. Lo más comentado, sin embargo, era su belleza. Quienes la habían visto llegar trataron de describirla.

Aunque habían quedado igualmente deslumbrados, la compararon con distintas divas de Hollywood: “imagínate a una Michelle Pfeiffer morena”, “es como Ava Gardner, pero más sutil”, “se parece a Natalie Portman, pero alta”.

También un escritor de Trieste y una novelista de Badajoz se unieron tardíamente al grupo. Nos sorprendió el entusiasmo de los otros y su incapacidad de definir el aspecto preciso de esa autora con méritos de musa.

Otro asunto de interés era la causa por la que ella no estaba con nosotros. Había decidido cenar en su cuarto porque acababa de sufrir un drama personal. A su atractivo, ya mítico, se agregaba la inquietante posibilidad de que pudiera ser consolada.

Obviamente alguien que se encerraba a cenar una botella de agua mineral y una tortilla de patatas (el menú fue investigado por un poeta de Córdoba) no estaba interesada en encontrar entre nosotros remedios para su melancolía. Pero la imaginación es generosa y se contagia: todo mundo anhelaba a la escritora ausente.

Al día siguiente, las sesiones comenzaron con los solemnes discursos de siempre y miradas ávidas en pos de la albanesa. La localicé en primera fila. Era de una belleza deslumbrante. Sus ojos transmitían una tristeza color miel, los sufrimientos padecidos de niña bajo un régimen autoritario, la ardua lejanía del exilio. Tenía una especial forma de enredarse el pelo en giros rápidos, demostrando que en otro tiempo había usado trenzas severas, siguiendo alguna costumbre de la aldea donde nació. Sus ropas revelaban una adecuada mezcla de culturas; tenían el elegante descuido de una actriz que representa un papel de corresponsal de guerra, complementado por una profusión de collares con cuentas de colores (artesanías de su país, seguramente).

“Ahí está”, dijo a mi lado el escritor de Trieste. “Sí”, asentí en un tono casi devocional, hasta que advertí la dirección que indicaba su índice: una morena lo había cautivado. “¡Mírala! ¡Qué bellezón!”, exclamó al otro lado la novelista de Badajoz, señalando a una chica castaña, de mediana estatura, pecosa, con simpática sonrisa de criadora de cachorros.

¿Cómo podían equivocarse de ese modo? La albanesa era la “mía”. Este pensamiento absurdo fue derrotado en el acto: la mujer en la primera fila se agachó para recoger una cámara, se puso de pie y procedió a retratar a los participantes.

Al poco rato me la presentaron como Lola, fotógrafa del encuentro. Despojada de mis fabulaciones, me pareció agradable y nada más.

La prefiguración de la albanesa había servido para confundirla con otras mujeres. El congreso se transformó en una reflexión sobre el papel de la fantasía en el deseo.

Cuando finalmente llegó al estrado, la albanesa fue menos impactante que su leyenda. No se quitó los lentes oscuros al hablar de su novela, que trataba de la persecución de la belleza en Albania. Su madre había padecido un oprobio que ignorábamos en Occidente: era muy hermosa en una sociedad que odiaba la singularidad. Había sido discriminada por sus facciones en la misma forma en que el mediático Occidente discrimina la fealdad.

La autora se había exiliado en Italia, cuya tradición se funda en la belleza, en busca de alivio a las persecuciones sufridas por su madre. Ahí encontró otra esclavitud: la tiranía de la apariencia, la opresión de la moda, la subordinación a los códigos estéticos masculinos.

Descastada, condenada al ostracismo en Albania, su madre no podía verse en el espejo. Ella temía hacer lo mismo en Roma por temor a ser anulada, estandarizada, consumida por la ávida sociedad del espectáculo.

Mientras más hablaba, más limitados nos sentíamos. Sin embargo, poco a poco nos reconciliamos con nuestros malentendidos. La belleza es siempre disruptiva. Nadie había podido precisar el aspecto de la novelista y quienes oímos esas descripciones se las atribuimos más tarde a distintas personas; algunas desmerecieron al no poseer su aura, otras revelaron un misterio propio.

En cierta forma, los rumores previos a la exposición contribuyeron a la causa de la albanesa, interesada en discutir la fragilidad cultural de la belleza femenina y las amenazas que provoca. Enemiga de la manipulación y el dominio, propuso recuperar la fabulación liberadora, esencia misma del hecho estético: “Las cosas no son bellas en sí mismas; son bellas por el modo en que las vemos”, citó a Poe.

“Tiene razón”, dijo la novelista de Badajoz, viendo a la chica de pelo castaño. Gracias a que pensó que ella era la albanesa comenzó a amarla.

Acabo de recibir una postal. La novelista de Badajoz y su chica viven juntas, son felices y acaban de adoptar una perrita. Se llama Albania.

opinion@elnorte.com

Juan Villoro

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