El bordado Enero 6 de 2013

Es el primer domingo del año y voy de visita a casa de mi mamá para comer y bordar. Más para bordar que para comer. Me gusta el ritual de bordar en el comedor mientras mi hermana plancha la ropa y mamá continúa con el trajín de la cocina. Son los sonidos que más han acompañado a este bordado. Es la atmósfera que lo envuelve puntada tras puntada.

Este es un domingo peculiar. No hay sobrinos en casa, excepto la Nay. Supongo que están de visita en la casa de sus otros abuelos para partir la Rosca de Reyes. Yo no quise comprar. Me pareció excesivo el precio de $230.00 una familiar -relativamente pequeña- y a fin de cuentas, ni a mis hermanos ni a mi mamá les gusta. Tampoco tengo ganas de chocolate.

En la cocina, preparo unos tacos de barbacoa, mientras mi hermana prepara unos de picadillo. Anoche se cayó en una banqueta cercana a su casa y se partió la nariz. Tres puntadas le significó ese mal paso. Se ve hinchada, afectada. Me conmueve. Con todo y eso, no puedo contener la risa cuando me platica cómo sucedieron los hechos. Lo cuenta tan simpático que hasta quiero verla caerse nuevamente. Reímos juntas.

Esa risa me relaja. Pasé la mañana limpiando la lavandería. Los Poncianos colonizaron el espacio y marcaron territorio. Levanté la suciedad con una espátula y pasé el trapeador. La casa, sin embargo, sigue oliendo a perro. Ya nada más nos quedan cinco. Esta semana se irán otros cuatro, sólo me quedaré con una, esperando que su dueña vuelva de las vacaciones.

Estoy encantada leyendo “El pergamino de la seducción” de Gioconda Belli, que habla de la pasión de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Su nivel de narrativa es exquisito y ese tinte de erotismo no admite ni siquiera comparación alguna con “Sombras de Grey”. Háganme favor. Gioconda sabe escribir, además tiene la suficiente pericia para separar la voz de autor y convertirse en voz de personaje, permitiendo a Juana la Loca, princesa educada para ser reina, que nos cuente con sus propias palabras cómo fue su primera vez con Felipe el Hermoso. El placer estético se instala sobre el placer erótico. De pronto tengo antojo de un Carlos V. Son interesantes las relaciones entre conceptos en apariencia disímbolos.

En el bordado decido irme por orden. Hay dos puntadas que me están haciendo ruido desde ayer. Dos puntadas que han quedado aisladas entre una de la partes. Comenzaré por ahí y me iré por orden. Una detrás de otra emulando los movimientos de una podadora o de una bordadora regiomontana. ¿Llevas dos años con eso? Eunice pregunta. ¿Quieres más puntadas en la nariz? Le contesto alzando la aguja.

Tiene su chiste -vaya que si lo tiene- hacer las cosas como las hago ahora. Me toma más tiempo pero se ve más lindo. Vale la pena hacerlo mejor.

Eunice me ofrece unas galletas de limón, de esas que ahora son Emperador pero que en mi infancia se llamaban Piruetas y tenían forma circular. Supongo que todas las hacen bajo el mismo molde para ahorrar tiempo y recursos. Saben a muchas tardes de jugar al Uno con Celina, mi compañera de secundaria. ¿Qué será de ella? Tantas vidas que nos cruzan y de pronto no sabemos más. El limón como ingrediente en la cocina sigue siendo impresionante, pienso al tiempo que muerdo una galleta y mi sobrina deja caer gotas de limón sobre sus tamales. Nadie extraña la Rosca ni han preguntado por el chocolate.

Cuatro puntadas seguidas es todo un logro en este momento. Mamá cuenta que anoche balacearon a un sujeto en la calle de atrás. De alguna manera nos hemos ido acostumbrando a estas noticias. Dejo que se pierda mi vista entre tantas cosas que hay en casa, Manuela continúa su relatoría. Veo la puerta donde antes marcábamos nuestras estaturas, ahora pintada de verde botella. El rincón donde cada domingo me ponía a bolear los zapatos de todos mis hermanos. Una fila de zapatos, todos negros. Los míos, al final, quedaban como espejo. Parece que esto de ser rutinaria es una constante en  mi vida. Hay rutinas que ayudan a llevar orden, control, que son de beneficio y hay rutinas que atan. Espero tener siempre la sabiduría para distinguir la diferencia.

El pensamiento no está peleado con las acciones. Continúo bordando. Pienso también en el compromiso de publicar los propósitos, en el ejercicio de seleccionar los Top Ten Moments del 2012, los blogs pendientes, las crónicas, los poemas. Muchas letras que están garabateadas por ahí -hasta en la mente- y que ahora están pidiendo a gritos salir a la luz. Necesito esta rutina, esta disciplina para escribir.

Las puntadas siguen en el bordado. Cada una que hago es una menos que falta. Cada una que hago es para no repetirla. Me gusta irlo viendo cómo se completa. ¿Qué pasará cuando lo lave? Prefiero no investigar por ahora. Ahora sólo me resta avanzar, despacio, con mucho cuidado. Con mucho esmero. Con mucho amor. Ensarto un color que es la primera vez que lo uso y, por lo tanto, no tenía una aguja para él solo. A estas alturas aún estrenando colores. Vaya pues.

Esta temporada he recibido varios regalos y son muy pocos  los que he dado. Recibí una cámara fotográfica, una pijama, una jirafa, una bata de baño, una mascada, una bufanda, plumas, chocolates, mermelada y una agenda de Angry Birds. He estado en un momento de introspección, con muy pocas ganas de salir, literal y metafóricamente. Ahora que escribo y pienso esto me pregunto, en este diario del bordado, en estas crónicas, en estos textos ¿qué queda para la intimidad? Tal vez sólo quedan los silencios y el boceto del pensar. Eso queda. Eso quedará.

bordado enero 6

Lorena Sanmillán

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