Don Gabriel

La mayoría de los sábados de mi infancia, íbamos a casa de mi abuela. Por la tarde, don Gabriel -su segundo esposo- iba a la carnicería para comprar chicharrón de res recién hecho y tortillas de maíz. A veces había algún resto de salsa de tomate. Mis hermanos y yo nos sentábamos en la banqueta y con un Grapette -helado en hielo- disfrutábamos el banquete. Don Gabriel ponía una tripita, con un poco de sal, en una tortilla y nos iba dando a cada uno. Sentada en esa banqueta fui muy feliz. Cae la tarde lluviosa del sábado en mi estudio y de pronto me habitó este recuerdo. Gracias, don Gabriel, hasta donde esté. Nunca se me permitió llamarlo abuelo, mas nunca olvido sus ojos cuando me ofrecía aquella tortilla ni el carro de roles que hizo para pasearme. Es extraño ahora no recordar su voz. Tampoco olvido su aflicción genuina frente al féretro de mi abuela. Ella, tan hosca, tuvo un amor que descendió en lágrimas hasta el vidrio que impidió ese último beso que pretendió darle.

Lorena Sanmillán

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