Moscú ’80: Misha

Captura de pantalla 2016-07-27 a la(s) 17.37.58

Para los Juegos Olímpicos de Moscú tenía yo siete años. Ya agarraba más la onda, ya entendía un poco más de qué iba el asunto y creo que ya teníamos televisión de colores. Me desconcertaba -sigue desconcertándome- que sólo duraran algo así como dos semanas. Se me hacía muy poquitito tiempo. Las emociones intensas son así, duran muy poco. Con las cápsulas culturales que presentaban se intensificó en mí el deseo de viajar. No tenía la menor idea cuán lejos estaba Rusia.

De Moscú ’80 recuerdo la forma en que Nadia volvió a la pantalla. Creo que fue el momento en que se cayó de las barras asimétricas. Esta vez ganó menos medallas. Pierdo entre relojes el nombre de los demás atletas, aunque estuve muy pegada a la televisión viendo las repeticiones de las competencias. Después organizaba miniolimpiadas con los chavillos del barrio.

No comprendía mucho acerca de lo que hablaban los adultos refiriéndose a una “Guerra Fría” y el por qué Estados Unidos y muchos otros países no habían participado. El mismo Sol, el mismo cielo, la misma Luna nos cubre y, sin embargo, seguimos separados por estúpidas fronteras. Aprendí en ese momento lo que eran los husos horarios y me fascinó conocer el globo terráqueo que mis hermanos me explicaron por medio de una naranja. Después me regalaron el que ahora tengo en mi consultorio, comprado, por supuesto, en Selecciones.

Clausura de Moscú ’80. Despedida de Misha

Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo es la Ceremonia de Clausura. La belleza de la música, los mosaicos humanos formados por las personas en las gradas que me parecían el no va más de la creatividad. De pronto entró Misha, la mascota de los Juegos. Llevaba unos globos de Helio en sus garras. Empezó la despedida, dio una vuelta olímpica al estadio y con ello di rienda suelta a mi llanto. En un momento dado la soltaron, y comenzó a volar por el cielo. Cuando se perdió en la inmensidad, salí al patio de mi casa: quizá pasaría por ahí y podría verla. Estuve horas, muchas horas,  oteando el cielo de la Colonia Obrerista buscándola. Misha podría pasar en cualquier momento y yo no quería perdérmelo.

Ahora vuelvo a llorar, enternecida. También sonrío. Extraño mucho a esa niña y su inocencia infinita.  ¿Dónde estará? Quizá comparte el mismo cielo en el que vuela Misha. La fantasía permite volar alto, muy alto. La fantasía es un pasaporte expedito hacia esa eternidad que no precisa banderas ni requiere pasaporte.

Lorena Sanmillán

 

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